Queridos hermanos:

De nuevo, un año más, nos disponemos a celebrar la Semana Santa. Son los días santos en que la Iglesia celebra los misterios de la salvación actuados por Cristo en los últimos días de su vida, comenzando por su entrada mesiánica en Jerusalén.

El núcleo central de la Semana Santa es el TRIDUO PASCUAL. Éste se inicia el Jueves Santo, a partir de la misa vespertina “en la Cena del Señor”, que continúa durante el Viernes de la Pasión, Muerte y Sepultura del Señor, seguido del silencio del Sábado Santo, tiene su centro en la Vigilia Pascual y acaba con la misa vespertina del domingo de la Resurrección del Señor.

Este triduo del crucificado, sepultado y resucitado, se llama “Triduo Pascual” porque en su celebración se hace presente y se realiza el misterio de la Pascua. Es decir, el tránsito del Señor de este mundo al Padre. En las celebraciones, por medio de los signos litúrgicos y sacramentales, y de otras expresiones de religiosa piedad, la Iglesia se une en íntima comunión con Cristo para obtener de Él “los frutos de su Redención”.

Para vivir la Semana Santa con mayor sinceridad y provecho espiritual, desde el miércoles de Ceniza y a lo largo de toda la Cuaresma, con el deseo de nuestra renovación personal y comunitaria, nos venimos preparando mediante la oración, los ejercicios de penitencia y las obras de caridad.

Ahora, al llegar la Semana Santa, cuando son muchos los que sólo ven en ella una ocasión para entregarse al ocio, ir de vacaciones y hacer turismo, nosotros, miembros de la Iglesia, debemos vivirla en su verdadero sentido. No debemos permitir que nos roben la Semana Santa dejando que, por nuestra indiferencia o desidia, se convierta en lo que “no es”.

Los fieles católicos estamos invitados a celebrar con fe viva y devoción ardiente estos días santos. Debemos entregarnos a la reflexión y la oración, a la conversión del corazón y a obtener el perdón de nuestros pecados en el sacramento de la penitencia. Así se cumplirá en nosotros aquella promesa de Jesús a sus discípulos en la Última Cena: “Ustedes ahora están tristes, pero yo los volveré a ver, y tendrán una alegría que nadie les podrá quitar” (Jn. 16,22).

La Semana Santa, es un tiempo de gracia, un tiempo propicio para conseguir lo que más necesitamos. Es la gran oportunidad para morir con Cristo y resucitar con Cristo. Para morir a nuestro egoísmo y resucitar al amor, para abrir enteramente el corazón a Dios y a los hermanos, especialmente a los más necesitados. Como decía San Pablo a los Corintios y se nos recordaba al comienzo de la Cuaresma: “Éste es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación” (1Cor. 6,2).

Son, también, días para descansar junto al Señor, que nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo los aliviaré” (Mt. 11,28). Son días propicios para volver a despertar en nosotros un deseo más intenso de unirnos a Cristo y seguirle viviendo con fidelidad su mensaje, conscientes de que nos ha amado hasta dar su vida por nosotros. Son días para la contemplación del Amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, “entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitado para nuestra salvación” (Rom 4, 25).

El punto central de la Semana Santa, como de toda la vida de la Iglesia, es que Cristo vive y es el Señor Glorioso, vencedor del pecado y de la muerte. Como Él mismo nos dice: «No temas, soy yo, el Primero y el Último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del Abismo» (Ap 1, 17-18).

En efecto, Cristo es “el que vive”: murió, pero ahora vive para siempre. Él es Alfa y Omega (principio y fin). Él, “es el mismo ayer, hoy, y lo será siempre” (Heb. 13,8). Esa es la raíz de toda la fe, esperanza y dinamismo de la comunidad cristiana. Después de dos mil años, Cristo sigue vivo, es contemporáneo nuestro, sigue presente a su comunidad, que es la Iglesia por Él fundada, guiándola y animándola por su Espíritu.

Junto a las celebraciones litúrgicas, toda la “escenificación” de la Pasión de Cristo que suponen los pasos y desfiles procesionales de la Semana Santa, así como el esplendor de los Monumentos, son “signos de fe” que nos ayudan a vivir el encuentro personal con Cristo, “que vive y reina por los siglos de los siglos” y puede transformar nuestras vidas para que lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios.

Pero, para ello es necesario participar activamente en la liturgia y que las procesiones sean verdadera expresión de la profunda religiosidad de nuestro pueblo y manifestaciones de piedad y fervor, evitando convertirlas en meras manifestaciones culturales o espectáculos de “interés turístico”, como algunos pretenden.

Lamentablemente, a veces, se percibe en la Semana Santa una especie de paralelismo celebrativo, que limita las posibilidades de un verdadero y fructífero encuentro con Cristo. Como si fueran cosas diferentes aparecen, por un lado, las celebraciones litúrgicas en los templos, y por otro, los ejercicios específicos de piedad popular, sobre todo las procesiones. Esta diferencia se debería orientar a una correcta armonización entre las celebraciones litúrgicas y los ejercicios de piedad. El amor y el cuidado de las manifestaciones de piedad, tradicionalmente estimadas por el pueblo, deben llevar necesariamente a valorar y participar en las acciones litúrgicas que, sin duda, también se enriquecen por los actos de piedad popular.

A propósito de esto, en 2011, el arzobispo de Sevilla, en su mensaje para la Semana Santa de aquel año, decía estas palabras que también iluminan nuestra situación:

«Ni las procesiones, ni las sagradas imágenes, ni sus pasos, suplen la riqueza de la liturgia del Triduo Pascual. Es más, tienen sentido si son consecuencia de la participación en la liturgia y la suponen, si contribuyen a una celebración auténtica y fervorosa, personal y comunitaria, de la Pascua del Señor muerto y resucitado, que es nuestra Pascua.

Desde esta perspectiva, no celebrarán la Semana Santa como la Iglesia desea, quienes se limiten a participar activa o pasivamente en las procesiones si no penetran en el núcleo profundo de lo que la Iglesia celebra y actualiza. De la misma forma, cuando las manifestaciones de la religiosidad popular apartan, desvían o distraen de la celebración litúrgica del misterio de la Pascua del Señor o sólo se busca su interés turístico, cultural o costumbrista, pierden su razón de ser y se convierten en mero espectáculo sin meollo, cuando no en una adulteración de los misterios santos que en estos días celebramos».

Los católicos estamos llamados a defender, vivir y manifestar la genuina identidad de la Semana Santa, que es una fiesta esencialmente religiosa en la que celebramos que Jesucristo, “por nosotros y por nuestra salvación, padeció, murió, fue sepultado y resucitó”. Lo celebramos a Él, que estuvo muerto, pero ahora está vivo por los siglos de los siglos. A Él, no a nosotros, con gratitud le queremos dar la gloria y honor, con nuestro corazón, con nuestros labios y con nuestra vida.

Dios quiera que vivamos estos días de Semana Santa con hondura. Dios quiera que nos sirvan para renovar nuestra vida cristiana personal y comunitaria.

Es lo que, con mi bendición, les deseo de todo corazón.

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense