El próximo domingo, 18 de enero, la Iglesia Católica celebra en todo el mundo la “95ª Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado”. Las migraciones no son algo casual sino que responden a coyunturas económicas, políticas, culturales e incluso religiosas. Aunque “emigrar” es un derecho, también lo es el “no tener que emigrar”. Lamentablemente, la inmensa mayoría de los 200 millones de emigrantes y refugiados que hay en el mundo lo son por necesidad y como víctimas de un mundo con enormes desigualdades que son consecuencia de estructuras injustas.

La afirmación de que la tierra es patrimonio común de todos los seres humanos (no de unos pocos, sino de todos) forma parte de la conciencia colectiva de la humanidad y hacerla realidad es un anhelo compartido por la inmensa mayoría de personas. Como parte de ese anhelo cabe insertar el moderno “proceso de globalización” que vive el mundo de hoy y, al menos en principio, hay que saludarlo como una bendición para la humanidad entera, pues permite un mayor intercambio y disfrute de los variados bienes de la tierra. Queramos o no “el fenómeno de la globalización” se impone debido a la mayor facilidad de comunicación entre las diversas partes del mundo; las distancias se reducen y eso tiene efectos evidentes en campos muy diversos.

Normalmente el término “globalización” se utiliza para expresar el hecho de que la economía adquiere una dimensión planetaria. “El sistema de libre mercado” se mueve sin fronteras y la “localización económica” se ve sustituida y superada, hasta el punto que se unifica el mercado y “engloba” la economía mundial, creando una enorme interdependencia entre todos los pueblos de la tierra. Pero el fenómeno globalizador no se reduce sólo a este campo, pues abarca otras dimensiones de la vida social como las comunicaciones, la tecnología, los fenómenos culturales, las modas, las corrientes éticas e incluso en el modo de entender el sentido religioso del hombre. Por eso, aunque siempre se pone el acento en la globalización económica, no se debe perder de vista su influencia e interacción en los demás factores.

Actualmente podemos disfrutar por igual de productos provenientes del otro lado del planeta que de los que se producen cerca de casa. Los mercados de trabajo, de bienes de consumo, de servicios, de tecnología y de capitales han llegado a alcanzar tal grado de libertad de movimientos y de interrelación que el marco de referencia de la vida económica ya no es el mercado de cada nación, sino el mercado mundial. Se trata de un verdadero cambio cualitativo por el que acontecimientos, decisiones y actividades que tienen lugar en un punto del planeta acaban por tener importantes repercusiones sobre los individuos y los grupos humanos que viven muy lejos de allí. La actual crisis económica es una buena prueba de ello.

Don grandes protagonistas -las multinacionales y algunos Estados (el “G8”)- hacen de la globalización un proceso imparable (incluso incontrolable hasta por ellos mismos). Las multinacionales funcionan a nivel mundial como entidades anónimas y sin patria y los Estados más poderosos mantienen su hegemonía liberalizando mercados para imponer sus productos. Todo este proceso, aparentemente sólo económico, encierra un componente ideológico y unas valoraciones que dan prioridad a la libertad individual y a la competitividad. Ello, como “por ósmosis”, tiende a incorporarse a la vida de las personas como sistema de valores y, al globalizarse, transforma la cultura y modos de vida sociales, tanto en los países más desarrollados como en aquellos que son más pobres.

Es justo reconocer los logros alcanzados por la humanidad gracias a la globalización: el fomento de la eficiencia y el incremento de la producción, el desarrollo de las relaciones económicas entre los países favorece el proceso de unidad entre los pueblos con evidente repercusión en el crecimiento no sólo económico, sino también político, cultural y social. Nunca como ahora ha habido tantos medios técnicos y materiales y tantos conocimientos para solucionar los problemas del hambre y subdesarrollo en el mundo y es justo reconocer que, aunque aún queda mucho por hacer, hay mayor prosperidad, la esperanza de vida es mayor y ha descendido la mortalidad infantil, crecen las oportunidades de trabajo y la legislación laboral tiende a igualarse en los diversos países…

Pero no podemos cerrar los ojos ante la brecha —cada vez mayor— entre los países ricos y pobres. Nuestra sociedad globalizada no ha logrado resolver el problema económico de las dos terceras partes de la humanidad. ¿Qué está fallando en el proceso de globalización para que se produzca este resultado? ¿Porqué tantos millones de personas son pobres en medio de la abundancia y eficiencia globales del sistema? Los analistas lo atribuyen a algunos factores derivados del mismo sistema como el crecimiento a dos velocidades, las contradicciones del libre mercado, el dominio exclusivo de la tecnología, el mercado de la finanzas (¿mercado real o virtual?), el aumento de los flujos migratorios a causa de la pobreza en muchos países, el riesgo de fragmentación social (los ricos son más ricos, en cambio, los pobres son cada vez más pobres y más numerosos), la defensa a ultranza del Estado del Bienestar, el riesgo de una cultura homogénea y dirigida, el agotamiento de los recursos imprescindibles para la vida, el deterioro del medio ambiente, el predominio de los valores materiales y la cultura del consumismo que frenan las perspectivas humanizadoras y solidarias, etc.

 “La globalización”, sin duda, es un proceso complejo y, como toda actividad humana, puede tener consecuencias positivas y —al mismo tiempo— arrastrar consigo elementos que comprometen el bien integral de las personas. Hay que estar atentos y evitar los peligros que —para el desarrollo integral del hombre— pueden derivarse de la “la globalización”. Para ello es fundamental promover en todos los campos “un movimiento general de solidaridad”, “una solidaridad mundial más efectiva” (Pablo VI), es decir,  trabajar por  “la globalización de la solidaridad” (Juan Pablo II).

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense