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Tiempo de Gracia y Reconciliación. Año Jubilar con motivo del IV centenario de la fundación del Monasterio Santa Catalina de Siena

//Tiempo de Gracia y Reconciliación. Año Jubilar con motivo del IV centenario de la fundación del Monasterio Santa Catalina de Siena

 Queridos diocesanos:

Con motivo de la Celebración Jubilar del IV CENTENARIO de la Fundación del Monasterio de Santa Catalina de Siena en la Ciudad de San Cristóbal de La Laguna, que tuvo lugar el 23 de abril de 1611, el Santo Padre Benedicto XVI ha concedido la gracia de poder alcanzar el don de la Indulgencia Plenaria durante el año del Jubileo. Entre el 8 de mayo de 2011 y el 23 de abril de 2012, quienes visiten la iglesia de dicho Monasterio en los días señalados y cumplan las condiciones establecidas, podrán obtener la indulgencia.

El don de la Indulgencia puede lucrarse cualquier día de los señalados más arriba, aunque por parte del Monasterio se han elegido como días especiales los jueves, a las 6,30 de la tarde, y los domingos en la misa de las 11 de la mañana. Las parroquias, comunidades y grupos que lo deseen podrán gozar de la Indulgencia el día que elijan para peregrinar al Convento con la intención de celebrar el Jubileo, procurando avisar con tiempo a las Religiosas para ser debidamente acogidos. Asimismo, por concesión del Santo Padre, el día de la clausura impartiré la Bendición Papal, también con Indulgencia plenaria.

Con todo ello, me complace afirmar que, una vez más, se cumplen entre nosotros las palabras de la Virgen María en el Magnificat: “su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”. En efecto, con ocasión de esta efemérides, Dios Misericordioso nos ofrece, como pueblo suyo, un tiempo de gracia y reconciliación. El Padre nos alienta en Cristo para que volvamos constantemente a El, obedeciendo más plenamente al Espíritu Santo y nos entreguemos al servicio de todos los hombres (cf. Pref. Plegaria de la Reconciliación I).

Por otra parte, este Año Jubilar, nos da la oportunidad de renovar nuestra gratitud a Dios por haber dado a la Iglesia el carisma de las Religiosas Dominicas de Clausura y, particularmente, por su presencia en nuestra Diócesis durante cuatrocientos años, así como para reconocer —en todo su valor— la importancia de la vida contemplativa en la Iglesia. En la actualidad, siguiendo el sentir del Concilio Vaticano II, el monasterio facilita la participación de los laicos en la oración litúrgica de la comunidad y en la Eucaristía, compartiendo en la oración los gozos y esperanzas de la humanidad.

En su origen, el Monasterio de Santa Catalina de Siena es fruto de la iniciativa del capitán Juan de Cabrejas que, a comienzos del siglo XVII era Regidor de La Palma, y de su esposa María de Salas. Su única hija, Florencia, manifestó su decisión de consagrarse a Dios en un monasterio de monjas dominicas. Fervientes católicos y devotos de Santo Domingo de Guzmán, el matrimonio empleó sus bienes en la construcción de un monasterio de monjas en el que la joven pudiera profesar. El lugar elegido fue el emplazamiento actual, en la Plaza del Adelantado de La Laguna, sobre propiedades adquiridas a los herederos del propio Adelantado, Alonso Fernández de Lugo.

El monasterio se erigió canónicamente el 23 de abril de 1611 y comenzó su andadura con un grupo de monjas venidas de Sevilla. Al mismo se incorporaron María de Salas (ya viuda) y su hija Florencia. Ambas serían las primeras en recibir el hábito en el nuevo convento. A lo largo de sus cuatrocientos años de historia han formado parte del monasterio más de 500 monjas. De todas ellas, la más conocida es la Sierva de Dios, Sor María de Jesús León Delgado, natural de el Sauzal y popularmente llamada “la siervita”, que murió con fama de santidad y cuyo cuerpo se conserva incorrupto en el coro bajo del monasterio, siendo objeto de gran veneración por miles de devotos que a diario visitan la iglesia y, sobre todo, en el aniversario de su muerte, en que se abre el sarcófago y puede contemplarse a través de la reja del Coro en su urna de cristal.

Invito a todos los diocesanos a unirse a las Religiosas Dominicas en esta Celebración Jubilar, participando en los actos organizados, o peregrinando en grupos al monasterio según las circunstancias, y así acoger el don de la Indulgencia Plenaria concedida por el Papa, en los términos y condiciones establecidos (excluir cualquier apego al pecado, recibir el perdón en el sacramento de la penitencia, la comunión eucarística, y la oración por las intenciones del Papa). De paso podremos conocer mejor el convento, a las propias monjas y su carisma, así como expresar nuestra gratitud por el gran servicio que prestan a la misión de la Iglesia, con su oración y sacrificio, desde el silencio del claustro.

La indulgencia Plenaria consiste en la reconciliación o perdón abundante y generoso, derramado sobre los que se convierten e imploran la remisión total de sus culpas y la restauración de sus vidas y personas. Como nos enseña la Iglesia, en el pecador reconciliado permanecen algunas consecuencias del pecado, que necesitan curación y purificación. En este ámbito adquiere relevancia la indulgencia, que nos ayuda a cicatrizar definitivamente las heridas del pecado y nos libera de lo que llamamos “pena temporal”. La purificación de esta pena temporal nos abre a la comunión con Dios, con los hermanos y con nosotros mismos. Así mismo, las indulgencias nos enseñan que cada uno de nosotros puede ayudar mucho a los otros, vivos y difuntos, para estar unidos al Padre.

Cualquier “tiempo jubilar” que, con su autoridad, concede el Papa a los fieles, es un verdadero tiempo de gracia que Dios nos otorga, pues forma parte del “poder de las llaves” que el Señor concedió a Pedro y sus sucesores: “lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt. 16, 19). Por tanto, aquí se cumple lo que nos promete el Señor por boca de San Pablo: “En el tiempo favorable te escuché y en el día de salvación te ayudé. Mirad ahora el momento favorable; mirad ahora el día de salvación” (2Cor. 6,2). Por tanto, haciendo mías las palabras del propio San Pablo, les digo: “como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios! (2Cor. 5, 20).

Para ello, es fundamental meditar con frecuencia y profundidad la Palabra de Dios, así como renovar nuestra vivencia eucarística y penitencial, que son los sacramentos que han de alimentar y transformar nuestra vida de creyentes que debe, cada día más, producir el fruto de las buenas obras. También, hemos de mirar a la Madre de Dios, confiar más en Ella, conocerla mejor como modelo de vida cristiana e invocarla como Madre de nuestra reconciliación: “ruega por nosotros pecadores“.

Muy especialmente, les ruego que ésta sea, también, una ocasión privilegiada para orar por las vocaciones a la vida consagrada y sacerdotal, particularmente para que el Señor llame a muchas jóvenes y mujeres adultas a consagrarse en la vida monástica bajo el carisma fundado por Santo Domingo de Guzmán, apoyando con la oración el trabajo apostólico de los misioneros y predicadores del evangelio. Como ha señalado el Papa Benedicto XVI, “Santo Domingo, que inició algunos monasterios femeninos en Francia y en Roma, creyó hasta el fondo en el valor de la oración de intercesión por el éxito del trabajo apostólico. Sólo en el cielo comprenderemos hasta qué punto la oración de las monjas de clausura acompaña eficazmente la acción apostólica. A cada una de ellas dirijo mi pensamiento agradecido y afectuoso”. Estoy convencido que este tiempo que nos ha tocado vivir, en que debemos ofrecer a nuestra sociedad “una nueva evangelización”, la misión contemplativa y orante de las monjas de clausura es una necesidad de primer orden.

Confiando en la gracia salvadora del Señor Jesús, deseamos que la conmemoración del IV CENTENARIO de la fundación del Monasterio de Santa Catalina de Siena sea un tiempo de gracia y salvación, para las Religiosas y para cuantos participen en las celebraciones jubilares, alcanzando la INDULGENCIA PLENARIA concedida por el Santo Padre. Que sea para todos un año de renovación espiritual, de modo que se realice en cada uno la salvación obrada por Cristo, que se entregó por nosotros para rescatarnos de toda impiedad y nos enseñó a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, llevando a partir de ahora una vida sobria, honrada y religiosa (cf. Tit. 2,11-14).

Deseando que sean muchos los que aprovechen ésta efemérides para acercarse más a Cristo y beber de El, que es la fuente de la salvación, de todo corazón les bendice,

 

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense

2017-07-18T10:44:53+00:00 Noviembre 16th, 2015|De parte del Obispo|0 Comments