El próximo sábado 23 de febrero tendrá lugar la “Séptima peregrinación a Candelaria en oración por la paz”. Un acto que, como siempre, lo hacemos con el fin de despertar la conciencia de todos sobre el valor de la paz (y de los peligros que la amenazan) y, al mismo tiempo, pedir a Dios que todas las personas, familias, pueblos y naciones de la Tierra disfruten de una paz estable y duradera.

Han pasado ya seis años desde que, en enero de 2002, el entonces Papa Juan Pablo II, enormemente preocupado ante un posible conflicto bélico en Irak, pidió a todos los católicos que hiciéramos encuentros de reflexión y oración a favor de la paz. Ya ese año, el último sábado de enero, organizamos en nuestra Diócesis una “peregrinación a Candelaria en oración por la paz” uniéndonos al profundo deseo del Papa de impedir la guerra en Irak. Lamentablemente, al año siguiente, en marzo de 2003, se inició la guerra de Irak: un terrible conflicto —aún sin resolver— que está dejando tras de sí una pérdida continua de vidas humanas y una degradación cada vez mayor de las condiciones de vida para el conjunto de la población, situación que, a su vez, genera nuevos enfrentamientos —incluso entre los propios irakíes— en una espiral de violencia que no parece tener fin.

A esta —ya crónica— situación de Irak hay que unir todos los demás conflictos bélicos y acciones terroristas que perviven en diversos países de los cinco continentes (se habla de 30 conflictos armados y más de 40 grupos terroristas en activo en todo el mundo), sin olvidar, además, el peligro de nuevos conflictos por intereses de poder (ideológicos, estratégicos y económicos) y la amenaza que siempre supone para la paz la miseria y las injusticias en las que viven millones de personas. Cuando falta la justicia y el respeto a los derechos humanos es imposible la paz, pues como dice la Biblia, “la justicia y la paz se besan” y “la paz es el fruto de la justicia”.

Este año, en consonancia con el Mensaje del Papa Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Paz, nuestro lema es “Familia humana, comunidad de paz”. Haciendo un parangón con la familia natural, el Papa nos recuerda que para la construcción de una humanidad pacificada es necesario partir del hecho de que los seres humanos no formamos sólo una agrupación de ciudadanos, sino una comunidad de hermanos y hermanas, llamados a formar una gran familia sobre la base del reconocimiento de “Dios como fuente de la propia existencia y la de los demás”. Todos tenemos un “Padre común”, por eso, “los pueblos de la tierra están llamados a establecer entre sí relaciones de solidaridad y colaboración, como corresponde a los miembros de la única familia humana”. Para la consecución del ideal de la paz, el Papa considera fundamental la protección de la familia, pues “la negación o restricción de los derechos de la familia, al oscurecer la verdad sobre el hombre, amenaza los fundamentos mismos de la paz”. La familia “es la principal «agencia» de paz”, por tanto, el debilitamiento de la institución familiar es una amenaza para la paz.

Resulta muy iluminador el Mensaje del Papa, por cuanto nos pone ante los ojos la defensa de la familia como una tarea de primer orden para construir la paz de la comunidad en todas sus dimensiones (local, nacional, internacional). La familia es una realidad que nos toca a todos muy de cerca, y en la que todos estamos insertos, por tanto, trabajando por el bien de la familia estamos trabajando por la paz. El mismo Benedicto XVI nos dice en su Mensaje algunos aspectos a tener en cuenta: “Todo lo que contribuye a debilitar la familia fundada en el matrimonio de un hombre y una mujer, lo que directa o indirectamente dificulta su disponibilidad para la acogida responsable de una nueva vida, lo que se opone a su derecho de ser la primera responsable de la educación de los hijos, es un impedimento objetivo para el camino de la paz. La familia tiene necesidad de una casa, del trabajo y del debido reconocimiento de la actividad doméstica de los padres; de escuela para los hijos, de asistencia sanitaria básica para todos. Cuando la sociedad y la política no se esfuerzan en ayudar a la familia en estos campos, se privan de un recurso esencial para el servicio de la paz” (n. 5).

Los cristianos, como seguidores de Jesucristo, estamos llamados a “trabajar por la paz” de todas la formas posibles. Primero, siendo nosotros mismos personas pacíficas de tal modo que, en todas nuestras relaciones familiares y sociales, nunca recurramos a ninguna forma de violencia (física, verbal o moral) contra las personas. Para ser “constructores de la paz”, ante todo, debemos ser nosotros mismos justos y honrados con los demás (sin aprovecharse ni abusar de nadie), ser responsables en nuestro trabajo, ser solidarios con los más débiles, no extorsionar ni amenazar a nadie,… Además, los cristianos debemos ser siempre “constructores de la paz” —orando y trabajando— para que en una humanidad dividida por las guerras, las enemistades y las discordias, los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano y los pueblos busquen el común entendimiento. Cada vez que celebramos la Misa le pedimos a Dios que “nos conceda la paz y la unidad”, por medio del sacerdote recibimos “la paz del Señor” y, también, “nos damos fraternalmente la paz” como expresión de nuestra voluntad de reconciliación y de comunión con todas las personas en la vida diaria y, al mismo tiempo, como compromiso de ser “instrumentos de paz” donde quiera que nos encontremos.

Sin duda, la paz entre los individuos y los pueblos, la capacidad de vivir unos con otros —aunque seamos diferentes— estableciendo relaciones de justicia y solidaridad, supone un esfuerzo permanente, un esfuerzo que debe comenzar por desterrar de uno mismo cualquier sentimiento de discordia y división. Y aquí es donde todos experimentamos una enorme fragilidad, pues instintivamente somos propensos al rencor, el odio y la venganza cuando sentimos que los demás nos hacen daño. Por eso, la paz que todos deseamos, la paz del corazón que hace posible una verdadera convivencia —sin ver en los demás un rival o un peligro para mi vida— es una paz que va más allá de la ausencia de guerras o conflictos. Es una paz que los cristianos creemos que “sólo Dios nos puede dar”, porque sólo El puede sanar los corazones heridos por el odio y los deseos de venganza, como rezamos en la liturgia, “con tu acción eficaz consigues, Señor, que el amor venza al odio, la venganza deje paso a la indulgencia, y la discordia se convierta en amor mutuo”. En un mundo herido por los conflictos, la divisiones y los intereses egoístas, sólo Dios pues iluminar las mentes y mover las voluntades para buscar y realizar el camino que conduce a la paz.

Nuestra “peregrinación a Candelaria en oración por la paz” se apoya en la certeza de que la paz es posible porque “es Dios quien nos da la paz”. Como decía Juan Pablo II: «Con la fuerza vivificante de su gracia, Dios puede abrir caminos a la paz allí donde parece que sólo hay obstáculos y obstrucciones; puede reforzar y ampliar la solidaridad de la familia humana, a pesar de prolongadas historias de divisiones y de luchas» (Juan Pablo II).

Peregrinamos a Candelaria, en oración por la paz, el próximo 23 de febrero. Pueden unirse a nosotros todos los que quieran. Salimos a las 6 de la mañana de la iglesia de Santo Domingo de La Laguna; a las 10’30 nos concentramos al inicio de la “avenida de las Caletillas”; a las 11’30 celebramos la Misa en la Basílica de Candelaria. Orar por la paz significa orar por el pleno desarrollo de la familia. Orar por la paz significa orar por la justicia, por un adecuado ordenamiento en la vida interna de las naciones y en las relaciones entre ellas. Quiere decir también rogar por la libertad, especialmente por la libertad religiosa, que es un derecho fundamental —humano y civil— de todo individuo y cuyo sano ejercicio contribuye enormemente a la causa de la paz en el mundo. Orar por la paz significa abrir el corazón a la acción renovadora de Dios para que haga de nosotros “instrumentos de su paz”.

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense