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Semana Santa 2013

//Semana Santa 2013

Queridos diocesanos:

De nuevo “la Semana Santa”. ¿Qué sentido tiene celebrarla cada año? ¿Para qué estar repitiendo siempre las mismas celebraciones y procesiones? ¿Merece la pena tanto esfuerzo? ¿Qué queremos expresar y qué buscamos con todo ello?

En el culmen de la Semana Santa, la Vigilia Pascual, al renovar las promesas del bautismo se nos pregunta: ¿Renunciáis a creer que ya estáis convertidos del todo; a quedaros en las cosas, medios, instituciones, métodos, reglamentos, y no ir a Dios? Se nos pide esta renuncia porque siempre necesitamos “ir a Dios”, es decir, acercarnos personalmente a Dios para obtener de Él la redención, el perdón de los pecados. “Buscad al Señor  y vivirá vuestro corazón”, nos dice el salmo 69. No podemos quedarnos en “hacer” ritos litúrgicos y procesiones. Tenemos que “celebrar” con alma, corazón y vida, el amor de Dios manifestado en Cristo nuestro Señor y Salvador. Tenemos que ir a Dios.

En las celebraciones que a lo largo del año se realizan en la vida de la Iglesia, se van desplegando los distintos aspectos de la salvación que, por medio de su Hijo Jesucristo, Dios ha realizado en favor de la humanidad. En efecto, los cristianos creemos que “tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo”, no para condenarlo y destruirlo, sino para que el mundo se salve por Él (cf. Jn. 3,16-17).

En la Liturgia celebramos los acontecimientos más significativos de la vida de Cristo, no como un mero recuerdo o representación teatral de unos hechos pasados, sino como el medio por el cual participamos en los “frutos de la redención” que Él nos ha conseguido con su vida, muerte y resurrección. Todo lo acontecido en la vida de Jesucristo tiene que ver con nosotros, con nuestra vida actual y con nuestro destino futuro. Todo lo hizo “por nosotros y por nuestra salvación”.

En la Navidad hemos celebrado que, por nosotros y por nuestra salvación, “Dios envió a su Hijo nacido de una mujer”; lo hemos contemplado en la fragilidad de un niño recién nacido, “envuelto en pañales y recostado en un  pesebre” y, sin embargo, presentado por los ángeles como “el Salvador, el Mesías, el Señor”. Así lo reconocen los Magos que se postran ante Él y lo adoran; así lo reconoce, a los cuarenta días de su nacimiento, el anciano Simeón cuando al ver el niño con María, su madre, bendice a Dios por permitirle ver “al Salvador…, luz para alumbrar a las naciones”.

También, como Salvador, lo reconoce y presenta Juan el  Bautista, cuando ya Jesús es adulto, diciendo de Él: “Es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Y como Salvador se presentó Jesús a sí mismo, tanto por sus acciones, pues pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal, como con sus palabras, afirmando que vino a “buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc. 19,10).

Ahora, nosotros, con las celebraciones de Semana Santa, nos disponemos a proclamar y celebrar  nuestra fe en Jesucristo, “Hijo único de Dios, que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo… y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día” (palabras del Credo). Es lo que llamamos el Misterio Pascual de Cristo: muerte y resurrección. El paso (=pascua) de Cristo de la muerte a la vida. Como proclamamos en la liturgia de la misa: “Él mismo se entregó a la muerte y resucitando restauró la vida”. Todo ello, por nosotros y por nuestra salvación.

En uno de los pasos procesionales de la Semana Santa, contemplamos a Jesús en brazos de María su madre. No ya niño, sino adulto y muerto, después de ser bajado de la cruz en la que entregó su vida “en rescate por todos”. Cada uno de nosotros, como hizo el anciano Simeón cuando Jesús fue llevado al templo, debemos bendecir a Dios dándole gracias por haber conocido y creído en el amor que Él nos tiene y que nos ha manifestado en la entrega de su Hijo Jesucristo en la cruz; pues, como nos dice San Pablo, “la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rom. 5,8); y, con la carta a los Hebreos, creemos que “Jesús se ha manifestado para destruir el pecado por el sacrificio de sí mismo” (Heb. 9,26), por eso, con gratitud le decimos: “Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, pues por tu Santa Cruz redimiste al mundo”.

En la Semana Santa, con la liturgia, las procesiones y otros actos de piedad, celebramos la “memoria viva” de los últimos días de la existencia histórica de Jesucristo, es decir, los días de su pasión salvadora, de su muerte y sepultura y de su gloriosa resurrección. Decimos “memoria viva”, porque no se trata de un mero recuerdo o representación estética de aquellos sucesos, sino de la meditación y contemplación de los mismos “cómo si presente me hallase” pues, para un corazón creyente, recordar la vida de Jesucristo es entrar en relación personal con Él.

Con la Semana Santa lo que buscamos no es una puesta en escena, cada vez más bonita, de las celebraciones litúrgicas y de las procesiones. Todo eso, aun siendo importante y necesario, no son sino “medios” para algo infinitamente superior: “Ir a Dios”. Lo más importante de la Semana Santa es que cada uno nosotros, en la actual situación de nuestra vida -con su luces y sombras- pongamos los ojos en Jesucristo y nos aprovechemos de todo lo que Él nos ofrece: de su palabra, de su amor, de su perdón, de su fortaleza, de su paz, de su mansedumbre, de su paciencia, de su compasión, de su gracia santificadora… Cristo es el manantial de donde brota la salvación y la plenitud de la vida para los seres humanos.

Celebrar la Semana Santa es “ir a Dios” y para ello es necesario acercarse a Cristo, la “fuente de agua viva”, y “sacar agua con gozo de la fuente de la salvación” para limpiarnos por dentro y llegar a ser hombres nuevos. “Beber de Cristo” para crecer y madurar como cristianos, para hacer posible, cada vez más, que en adelante ya no vivamos para nosotros mismos, sino para Él que por nosotros murió y resucitó.

El mismo Jesucristo dijo: “Quien tenga sed que venga a mí y beba” y, también, “a todo el que venga a mí yo no lo echaré fuera”. Por eso la mejor forma de celebrar la Semana Santa es tener un encuentro personal con Jesucristo, que está allí donde dos o más se reúnen en su nombre: en celebraciones litúrgicas, en las vigilias de oración y la “hora santa”, en los “via crucis” y en las procesiones. Encontrarnos con Jesucristo y “beber” de Él allí dónde se proclama su palabra, allí donde se celebran los sacramentos, allí donde se reza. Encontrarnos, también, con Cristo en el amor y servicio a todas las personas que sufren por cualquier causa, especialmente en los que viven en la pobreza, en los enfermos y los necesitados de atención especial, en los que son víctimas de la injusticia; con todos ellos se identifica Cristo: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

Dios quiera que, en este Año de la Fe, al celebrar la Semana Santa, se haga más fuerte nuestra confianza y relación con Cristo, el Señor. Solo en Él tenemos la seguridad necesaria para mirar al futuro con esperanza y la garantía de un amor auténtico y duradero que nunca defrauda. Aunque seamos infieles, Él permanece fiel. Por eso, su amor infinito es fuente inagotable de salvación para cuantos creen en Él. La Semana Santa es una ocasión preciosa para una auténtica y renovada conversión al Señor,único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, ha revelado en plenitud el amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Benedicto XVI, Porta fidei, 6).

Aunque hayamos dado la espalda a Dios y nuestros pecados sean rojos como la grana, siempre podemos volvernos confiadamente hacia Él con la seguridad de que no seremos rechazados. Por la fe, sabemos que esto ocurre en el sacramento del perdón de los pecados: nos presentamos ante el sacerdote, que representa a Cristo, le confesamos nuestros pecados y por su mano recibimos el perdón  de Dios. Se cumple plenamente lo que dice el salmo 31: “Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: confesaré al Señor mi culpa, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado”.

Dios quiera que todos nosotros, como San Pablo, podamos proclamar: “la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal. 2,20) y esto hasta el punto de poder decir “no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal. 2,20).

De todo corazón, esto es lo que pido a Dios para vosotros y para mí.

 

 

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense

2017-07-18T10:44:52+00:00 Noviembre 23rd, 2015|De parte del Obispo|0 Comments