Los días santos de su pasión salvadora y de su resurrección gloriosa”

 

El verdadero sentido de la Semana Santa lo encontramos expresado en una oración del Misal Romano, concretamente en el Prefacio 2º de la Pasión del Señor: “Son los días santos de su pasión salvadora y de su resurrección gloriosa; en ellos celebramos su triunfo sobre el poder de nuestro enemigo y renovamos el misterio de nuestra redención”.

Son unos “días santos” porque en el centro está Aquél de quien decimos: “sólo tú eres Santo, sólo tú Señor, sólo tú Altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre”. Sí, toda la Semana Santa está centrada en la persona de Cristo muerto y resucitado.

Son “días santos” porque en ellos somos santificados. En la Semana Santa, “por toda la tierra, los que confiesan su fe en Cristo son arrancados de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y son agregados a los santos” (Pregón Pascual). En efecto, estos días, los fieles que así lo desean, mediante la oración y el sacramento de la penitencia son purificados de sus pecados y participando en la eucaristía con un corazón limpio son renovados y rejuvenecidos por el Espíritu Santo. Esto que es una posibilidad para todos, es también un deber de todo cristiano que en ningún momento debe permanecer en pecado y mucho menos acercarse a la comunión sin estar en gracia de Dios.

Son los días de “su pasión salvadora”. Esta es la dimensión dramática y más estremecedora de la Semana Santa. Es la parte más visible, la que más nos entra por los ojos. Gracias a los pasos procesionales y a las representaciones de la Pasión y Muerte del Señor, cada vez más extendidas en distintos lugares de nuestra Diócesis, los fieles cristianos, y también quienes no lo son, pueden conocer y rememorar la historia de los últimos días de la vida histórica de Jesucristo. La historia de Aquel que siendo Dios se rebajó a sí mismo sometiéndose a la muerte y muerte de cruz. Una historia llena de amor, mansedumbre y perdón para quienes les despreciaron y torturaron.

Decimos “su pasión salvadora”, porque en la pasión de Cristo se manifiesta el amor y el perdón de Dios a cada uno de nosotros. Como dijo el propio Jesús: “Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Y san Pablo proclama en la carta a los Romanos: “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rom. 5,8). Por eso hacía esta afirmación que puede hacer suya cualquier cristiano: “Cristo me amó y se entregó por mí” (Gal. 2,20).

Los pasos procesionales y las representaciones de la Pasión del Señor son un anuncio del evangelio y deben servir a todos, creyentes o no, para dejarse penetrar interiormente por los hechos y actitudes que las imágenes representan. Más allá de las imágenes y escenas, debemos ver la historia real que ocurrió entonces y que sigue repitiéndose hoy en millones de personas que en todo el mundo son víctimas de la injusticia, el odio y la violencia, como lo fue Jesús. No podemos olvidar las palabras del propio Cristo: “los que hacéis a uno de estos, mis humildes hermanos, a mi me lo hacéis” (Mt. 25, 40).

Ante la Pasión de Cristo, contemplada y meditada, no se puede permanecer neutral, como tampoco se puede uno quedar indiferente ante la debilidad y el dolor humano. Ni entonces, ni ahora, la Pasión y Muerte de Jesucristo es un espectáculo para representar y ver. Su pasión nos interpela y pone al descubierto nuestra parte de culpa en el sufrimiento ajeno, así como la mezquindad de las pasiones que anidan en nuestro corazón. Si no queremos ser meros espectadores, fijándonos en Cristo y en los que le rodean en su pasión, tenemos que hacernos estas preguntas: ¿De parte de quién estoy yo? En relación a Cristo, ¿con qué personajes de la pasión me identifico yo en este momento de mi vida?

La Semana Santa incluye, también, los días de “su resurrección gloriosa”. Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, padeció, murió, fue sepultado y al tercer día resucitó. Cuando las mujeres fueron al sepulcro y lo encontraron vacío, se les apareció un ángel y les dijo: «Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho» (Mt. 28,5-6). La resurrección de Cristo no sólo es el culmen de la Semana Santa, sino la verdad culminante de nuestra fe en Él.

Cuando San Pablo dice que “si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también nuestra fe” (1Cor. 15,14), está llamando la atención de aquellos cristianos que no le dan importancia a la resurrección de Jesucristo. Así como la Semana Santa histórica que vivió Cristo no terminó el viernes con su sepultura, sino con su resurrección gloriosa el primer día de la semana judía (nuestro domingo actual). Así, tampoco, nuestra Semana Santa actual, que rememora y celebra aquella que vivió Jesús, puede concluir el Viernes Santo. Quienes se quedan ahí, celebran una Semana Santa mutilada y son personas que tienen una fe “vana”, insuficiente o inmadura.

Cuesta comprender cómo puede haber cristianos que después de celebrar con recogimiento y devoción el Jueves y Viernes Santo, ignoren la importancia de la resurrección del Señor y no participen en las celebraciones de la Vigilia Pascual y del Domingo de Pascua. La resurrección constituye la acreditación de que todo lo que Cristo hizo y dijo es verdadero. Es la confirmación de que su pasión y muerte no son una tragedia sin sentido, un fracaso y el final de todo. El mismo se entregó a la muerte y resucitando destruyó la muerte y nos dio nueva vida. Esta es la verdad central de nuestra fe cristiana y tenemos que vivirla, proclamarla y celebrarla.

Por eso, en los días de Semana Santa, “celebramos su triunfo sobre el poder de nuestro enemigo y renovamos el misterio de nuestra redención”. Los cristianos no celebramos la Semana Santa como algo distante y del pasado, sino como un acontecimiento que tiene que ver con nuestra vida actual, pues creemos que Cristo, con su muerte, destruyó nuestro pecado y, al resucitar, nos dio nueva vida. Esa es la raíz de toda la fe, esperanza y dinamismo de la comunidad cristiana que estamos llamados a renovar y celebrar cada Semana Santa.

Después de dos mil años, Cristo sigue vivo, es contemporáneo nuestro. Fiel a su promesa sigue presente entre nosotros, entregándose a sí mismo por la Iglesia, para purificarla y santificarla. Él no cesa de animarnos y renovarnos por su Espíritu hasta que cada uno alcancemos la victoria final. Por Cristo, con Él y en Él, pidamos a Dios Padre poder celebrar de tal modo esta Semana Santa que experimentemos constantemente en nosotros los frutos de la Redención.

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense