Queridos diocesanos:

La fiesta de San José, esposo de la Virgen María, es la fecha elegida por la Iglesia para celebrar el “Día del Seminario”. Es un día en el que recordamos, de manera especial, nuestro Seminario Diocesano y a los jóvenes que allí se forman para el sacerdocio y rezamos por ellos. En nuestra Diócesis, dado que el 19 de marzo es día laboral, esta celebración la adelantamos al sábado 16 y domingo 17 de marzo, para facilitar así la participación de los fieles.

Es una jornada en la que hacemos presente a toda la diócesis que “el Seminario existe” y que todos estamos llamados a prestarle nuestro apoyo con la oración y con nuestra ayuda económica. Es una jornada en la que pedimos a los fieles que sean conscientes de la creciente necesidad de las vocaciones sacerdotales para garantizar el servicio pastoral de nuestras parroquias, hospitales, centros educativos, casas de mayores, tanatorios, centros penitenciarios, etc. y, en consecuencia, les pedimos que se comprometan a orar por las vocaciones sacerdotales y colaborar económicamente para el sostenimiento del Seminario.

Inmersos como estamos en la celebración del “Año de la Fe”, el lema elegido para el Día del Seminario, “Sé de quién me he fiado”, nos sitúa en la perspectiva desde la que hemos de hacerlo todo en la vida: LA FE. Una fe que es confianza en Dios y en sus promesas; una fe que nos hace sentir seguros en manos de Dios y protegidos por Él; una fe por la que podemos acoger la llamada de Dios y dedicarnos a hacer su voluntad. Una fe que nos estimula a promover todo lo bueno y a evitar lo malo; una fe que nos hace fuertes ante los problemas que rodean nuestra vida y nos permite mantenernos siempre firmes en el seguimiento de Cristo.

Por la fe, San Pablo acogió la llamada de Dios y fue hecho apóstol de Jesucristo. Esa misión le acarreó muchas satisfacciones y, también, muchos problemas, hasta el punto de sufrir la persecución. Sin embargo, por la fe y desde la cárcel, San Pablo le escribe a su amigo Timoteo: “He sido constituido heraldo, apóstol y maestro del Evangelio, y ésta es la razón de mi penosa situación presente; pero no me siento derrotado, pues sé de quién me he fiado y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día el encargo que me dio” (2Tim. 1,12).

“Sé de quién me he fiado”. ¿De quién se ha fiado San Pablo? ¿Por qué tiene esa confianza? Pablo se fía de Dios y esa confianza se apoya, no en una teoría o suposición, sino en la experiencia vivida por él: Dios se fio primero de él y le eligió gratuitamente, sin ningún mérito por su parte, más bien lo contrario, pues Pablo era perseguidor de los cristianos. Esta conciencia la expresó abiertamente en otra de las cartas a Timoteo: “Doy Gracias a Cristo Jesús, Nuestro Señor, que me hizo capaz, se fio de mí, y me confió su obra. Eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí. El Señor derrochó su Gracia en mí, dándome la fe y el amor en Cristo Jesús… Dios se compadeció de mí: para que en mí, el primero, mostrara Cristo Jesús toda su paciencia y pudiera ser modelo de todos los que creen en Él” (1Tim. 1,12-14.16).

Esta declaración de San Pablo es paradigma de toda vocación cristiana y, especialmente, de la vocación sacerdotal que anima la vida de los seminaristas y sacerdotes. Lo primero es que Dios se fía de los que llama al sacerdocio. Tiene una intención-ilusión y una misión para cada uno de ellos. Además, es Dios mismo el que los hace capaces y les confía su obra, la obra de la salvación del mundo.

Inicialmente, no importa que el elegido no esté a la altura de la grandeza de la vocación a la que se le llama, tampoco San Pablo lo estaba al comienzo. Pero Dios le dio la fe y el amor; por eso, él dirá que su elección es un acto de compasión de Dios y un derroche de bondad. En su carta a los corintios les dice: “Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que otros. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1Cor. 15,10).

Así se sienten también los seminaristas y sacerdotes. Elegidos y llamados por Dios sin merecerlo, pero conscientes y confiados de que Dios con su poder les hace capaces de ser mensajeros del Evangelio, incluso en momentos y circunstancias adversas. Cada uno siente que se puede fiar de Dios, porque Dios se fía de él y le confía su obra. Y esa confianza en Dios es lo que le lleva a perseverar en el camino de la vocación sacerdotal y a trabajar para que la gracia de Dios no se frustre en su vida, sino que por su medio produzca abundantes frutos.

“Sé de quién me he fiado”. Todos debemos hacer nuestra esta afirmación y repetirla con frecuencia interiormente. Así todo lo haremos sostenidos “por la fe” en Dios. Por la fe, los niños, adolescentes y jóvenes descubren la llamada de Dios y deciden ir al Seminario. Por la fe, los seminaristas van madurando su vida cristiana y su vocación, mediante la oración, el estudio, la vida comunitaria y el testimonio apostólico. Por la fe, los que son llamados al sacerdocio dicen definitivamente “sí” a la llamada de Dios, aceptan poner su existencia totalmente al servicio de su Reino y son ordenados sacerdotes.

También, por esta misma fe y sabiendo de quién se han fiado, son muchas las personas que apoyan al Seminario y a los seminaristas con sus oraciones y sus limosnas. Asimismo, por la fe, son muchos los que oran por las vocaciones sacerdotales en particular o comunitariamente, como se hace en muchas parroquias y capillas. Por tantos hombres y mujeres de fe, no podemos menos que dar gracias a Dios y exclamar, como Jesús le dijo a la madre que pedía la curación para su hija: “mujer, ¡qué grande es tu fe!

Sí, hermanos y amigos. Sabemos que Dios nos escucha y atiende a nuestras súplicas, especialmente cuando le pedimos aquello que Cristo mismo nos recomendó. Pero tenemos que desearlo ardientemente y pedírselo con fe e insistencia. Así, por ejemplo, el Señor nos dijo: “La mies es mucha y los trabajadores pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Lc 10, 2). Esta súplica la hacemos con verdad cuando sentimos la necesidad de los sacerdotes y deseamos tenerlos. Nadie pide así lo que no desea profundamente. El sacerdocio, que es una vocación al servicio exclusivo de Cristo en su Iglesia, es don inestimable de la bondad divina que todos debemos desear, don que es preciso implorar con insistencia, confianza y humildad.

“Sé de quién me he fiado”. Movidos por la fe que nos sostiene, no dejemos de orar por el aumento de las vocaciones sacerdotales y por los seminaristas. Todos sabemos que, gracias a la oración constante de los fieles y las comunidades cristianas, son muchos los que han respondido y siguen respondiendo con generosidad a la llamada del Señor. También, movidos por la fe, debemos ser generosos en nuestra ayuda económica al Seminario, especialmente necesaria en estos tiempos de crisis. Gracias, de antemano, por vuestras donaciones que hacen posible que el Seminario cumpla su misión de formar a los futuros sacerdotes. Así ha sido a lo largo de la historia y esperamos que también lo sea ahora y en el futuro con la colaboración de todos.

Que el Señor les bendiga y acreciente vuestra fe,

 

 

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense