Santa María, Madre de nuestra Esperanza. Bajada La Palma 2015

//Santa María, Madre de nuestra Esperanza. Bajada La Palma 2015

Queridos fieles de la Isla de la Palma y de la Diócesis entera:

“Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer…” (Gal. 4,4). Así expresa San Pablo el acontecimiento central de la historia humana:  Dios  en persona viene al mundo naciendo de una mujer. Esa mujer es María y la llamamos “la Virgen María” porque, en Ella, Dios se hizo hombre por el poder del Espíritu Santo y sin intervención de varón.

También los fieles cristianos consideramos a la Virgen María como Nuestra Madre,  porque Jesús, clavado en la cruz y a punto de morir, nos entregó a María por Madre. Desde entonces, como hizo el apóstol San Juan, los cristianos de cualquier tiempo y lugar acogemos a María en nuestra casa, es decir, en nuestro corazón y en nuestra vida, y la veneramos en todos los rincones del mundo con los sentimientos y las expresiones propias de cada lugar.

Al dulce nombre de “María”, le añadimos adjetivos para resaltar la excelencia de su personalidad y su papel en la Historia de la Salvación que Dios realiza en favor de toda la humanidad: María Virgen, María Madre de Dios, María Inmaculada, María Madre nuestra, María Reina… Son muchos los títulos y advocaciones que el pueblo cristiano emplea para nombrar a la única Virgen María, aquella de la que nació Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.

Creemos que Jesucristo, nuestro Señor, le encomendó a la Virgen María la misión de ser nuestra Madre y que ella nos acepta como hijos. Por eso, el pueblo cristiano se dirige “con filial confianza a Aquella que está siempre dispuesta a acogerlo con afecto de madre y con eficaz ayuda de auxiliadora. No en vano, el Pueblo de Dios la invoca como Consoladora de los afligidos, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad, fuerza liberadora en el pecado. Todo ello porque Ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a esto: a vencer con enérgica determinación el pecado. Y, hay que afirmarlo nuevamente, dicha liberación del pecado es la condición necesaria para toda renovación de las costumbres cristianas” (Pablo VI, Marialis Cultus, 57). A María le pedimos constantemente: “Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.

La Virgen María de las Nieves

Detrás de cada uno de los títulos que damos a la Virgen María, siempre hay una razón, teológica, histórica, espiritual o devocional, que explica por qué la llamamos así. En el caso de la Isla de la Palma, tenemos como Patrona a la “Virgen María de Las Nieves”. ¿Cuál es el origen de esta advocación? ¿Por qué llamamos: “de las nieves”?

El origen es muy antiguo. Se remonta a  la época del Papa <Liberio (352 – 366). Había un matrimonio cristiano de la nobleza patricia de <Roma, sin hijos,  que mostraba gran caridad hacia los demás. La tradición católica cuenta que la Virgen se manifestó ante ellos y les indicó que, allá donde Ella señalara, se le construyese un templo. Entonces, en pleno verano, en la mañana de un <5 de agosto, amaneció nevado el <monte Esquilino de Roma, hecho extraordinario que el matrimonio interpretó como el signo del que la Virgen le había hablado. Y, así, se lo hizo saber al <Papa. Allí se construyó una iglesia dedicada a la Virgen María, con el título de “Las Nieves”, por ese prodigio de la “nieve en agosto”.

Con el paso del tiempo aquella iglesia fue destruida y, en su lugar, fue levantada la que, en la actualidad, es la <Basílica de Santa María la MayorEn ella se venera un cuadro a la Virgen María,  como patrona de Roma, con el título de Nuestra Señora de las Nieves “SALUS POPULI ROMANI” que significa “salud del pueblo romano”. El actual Papa Francisco, que tiene una gran devoción a la Virgen María, va con frecuencia a orar ante esta imagen, especialmente antes y después de sus viajes apostólicos.

El Papa San Pío V le regaló una copia de esta imagen a Ignacio de Acevedo. Él la llevaba entre sus manos cuando fue martirizado,  junto con 39 compañeros jesuitas (nuestros Mártires de Tazacorte), frente a la costa del sur de La Palma;  así aparece en los cuadros que representan aquel dramático acontecimiento.

El Papa Juan Pablo II mandó hacer una copia de la misma para llevarla por todo el mundo, junto con la Cruz, con motivo de las Jornadas Mundiales de la Juventud. En nuestra  diócesis, y también en la isla de la Palma, se pudo venerar en 2011 cuando tuvo lugar la JMJ de Madrid.

No está claro cómo llegó a la isla de La Palma el culto a la Virgen María bajo este título de “Las Nieves”.  Quizá tiene que ver con la pureza y belleza de la nieve que en invierno cubre la cumbre que se levanta por encima del Santuario. Lo cierto es que se remonta a los orígenes mismos, si no antes, de la incorporación de la isla a la Corona de Castilla y es, por tanto, una de las devociones marianas más antiguas de Canarias. La imagen que la representa, una talla de terracota  aparece, como la de Roma, con el Niño Jesús en los brazos y, desde el siglo XVI, se representa vestida con bellos ropajes y adornada con joyas ofrecidas por los fieles, tal como la contemplamos actualmente.

El culto a la Virgen María de las Nieves en La Palma

La devoción de los palmeros a la Virgen María se ha mantenido constante a lo largo de más de quinientos años. Desde los primeros tiempos de nuestra historia, la venerada imagen de la Virgen de las Nieves ha sido una mediación privilegiada a través de la cual los fieles han acudido a la Madre del Señor para suplicarle en los momentos de dificultad y para darle gracias por los beneficios recibidos.

Como es sabido, esta devoción fue conocida y muy valorada por el Obispo Bartolomé García Ximénez, hasta el punto que, en 1676, determinó que en adelante, cada cinco años, se hiciera fiesta en honor a la Virgen de la Nieves “bajando” la venerada imagen en procesión desde su ermita en el monte hasta la capital de la Isla, y así se ha venido haciendo desde 1680.

A lo largo de 335 años, de generación en generación, los palmeros hemos mantenido viva la celebración de “La Bajada de la Virgen”. Una fiesta en la que procuramos poner a los pies de Ntra. Sra. de las Nieves lo mejor de nosotros mismos y, gracias a eso, con el paso del tiempo, la hemos enriquecido con singulares actos de gran arraigo y popularidad,  siempre  en honor de la Virgen María. “La Procesión”, “Los Enanos”, “El Carro”, “El Minué”, “La Romería”, “El Novenario” , y tantos otros actos (religiosos, culturales, deportivos y lúdicos),  no son sino hermosos adornos que le ponemos a la Virgen para decirle: “Bendita tú, entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre, Jesús”. Nos unimos así a la cadena ininterrumpida de cristianos que, desde los comienzos de la Iglesia, generación tras generación, han perseverado en su devoción a la Madre de Dios

Fieles a nuestra centenaria tradición, los días 11 y 12 de julio de este año 2015, los palmeros celebramos en Santa Cruz de La Palma la 68º  Bajada de la Virgen de las Nieves, portándola en procesión desde su Santuario al pie del monte hasta la parroquia Matriz de El Salvador. Las citadas fechas corresponden a los dos días centrales y culminantes de las “Fiestas de la Bajada” en honor de la Virgen María. Una fiestas que se inician el 28 de junio con la “bajada del trono” y concluyen el 5 de agosto, fecha en la que la venerada imagen retornará de nuevo a su histórico y centenario Santuario, construido a partir de una primitiva ermita erigida ya a comienzos del siglo XVI (ca. 1517).

En sí misma, “la Bajada de la Virgen”, la fiesta principal de la isla de La Palma, se ha convertido para los palmeros en un acontecimiento en el que revivimos la historia y la vida de nuestro pueblo. Una historia y una vida llenas de fe y tradición cristiana, llenas de costumbres y valores culturales, llenas de trabajo y esperanza en el futuro,  llenas de amor a lo nuestro y de apertura al mundo. Una historia de la que nos sentimos muy orgullosos y en la que, también, ha sido protagonista Virgen de Las Nieves con su amparo y protección.

Sí. La Virgen María, en su advocación de Las Nieves, ha puesto su mano en nuestra historia y ha contribuido a configurar nuestra identidad. María ha sido, y es,  bendición para todos los palmeros, pues, por mediación de Ella, “el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres” (Salmo 125). Por todo ello, con reconocimiento y gratitud por su protección, con alegría y satisfacción, celebramos la fiesta de “La Bajada” en honor de la Virgen María.

Un lema para nuestra Bajada de la Virgen de 2015

Para la Bajada de este año 2015, hemos elegido el lema “María, Madre de nuestra esperanza”, para contemplar en Ella, plenamente cumplida, la verdadera esperanza cristiana y pedirle: “Santa María de la Esperanza, mantén el ritmo de nuestra espera”. En nuestro tiempo, envueltos en una crisis generalizada y ante la abundancia de dificultades, corremos el riesgo de vivir desorientados, inseguros, sin esperanza y con un cierto miedo a afrontar el futuro. La imagen del porvenir que se nos presenta resulta incierta y poco alentadora. Con frecuencia, más que desear el futuro se le teme  y, a menudo, experimentamos la tentación del “presentismo”, es decir, de instalarnos en la comodidad irresponsable del “comamos y bebamos que mañana moriremos” y de situarnos en la indiferencia o evasión ante los problemas, lo que  empuja al vacío interior y a la pérdida del sentido de la vida que atenaza a muchas personas.

El Papa Francisco dice con frecuencia: “Quisiera repetirles a todos ustedes: no se dejen robar la esperanza. Pero también quiero decir: no robemos la esperanza, más aun, hagámonos todos portadores de esperanza”.

En la vida de la Virgen María, pese a las enormes dificultades que tuvo que padecer, se ven realizados estos tres deseos del Papa. Ella, que no dejó que le robaran la esperanza, tampoco robó la esperanza a nadie sino que, por el contrario, fue y sigue siendo portadora de esperanza para todos. Como decía el Papa Benedicto XVI, María es la  “Estrella de la Esperanza”. Con el fin de que también nosotros llevemos a la práctica este llamamiento del Papa,  y  partiendo del lema “María, Madre de nuestra esperanza”, comparto algunas reflexiones sobre el sentido y la importancia de la esperanza en nuestra vida, así como del papel de María,  para que, como decía San Pablo, «no vivamos como gente sin esperanza» (cf. 1Tes. 4,13).

“La esperanza es lo último que se pierde”

Esta frase, que oímos y decimos con frecuencia, es una expresión popular que encierra gran realismo y sabiduría. Afirmar que  “la esperanza es lo último que se pierde”  indica  que si no hay esperanza, no hay nada, que todo se acabó. En efecto, si se pierde la esperanza, se pierde todo interés, todo deseo, toda posibilidad de empeño y de lucha. Si ante el futuro, bien para liberarnos de un mal, bien para conseguir un bien, se pierde la esperanza, entonces “se tira la toalla”, se queda uno como paralizado porque  piensa que no hay nada que hacer, que no hay remedio y que es inútil cualquier esfuerzo. Nosotros, criaturas humanas, necesitamos la esperanza para vivir, igual que el oxígeno para respirar.

Se dice que “mientras hay vida,  hay esperanza”, pero también es cierto al revés: “mientras hay esperanza,  hay vida”. Mientras hay vida,  la persona tiene interés y voluntad para luchar, para conseguir un bien o evitar un mal. Esto es así porque la esperanza es un fenómeno universal que se encuentra inscrito en la naturaleza humana y se basa en tres elementos: la tensión hacia la consecución de algo que se desea, la confianza en que se conseguirá y la paciencia y  perseverancia hasta que se alcanza. Sin embargo, las dificultades de la vida generan en nosotros inseguridad y los altibajos nos entristecen. Todo esto, con bastante frecuencia, nos lleva a la desesperanza.

El Papa San Juan Pablo II, en la exhortación apostólica “La Iglesia en Europa” (nn. 7-10), describía así la situación de nuestra época en relación con la esperanza: «El hombre no puede vivir sin esperanza: su vida, condenada a la insignificancia, se convertiría en insoportable. Frecuentemente, quien tiene necesidad de esperanza piensa poder saciarla con realidades efímeras y frágiles. De este modo la esperanza, reducida al ámbito intramundano cerrado a la trascendencia, se contenta, por ejemplo, con el paraíso prometido por la ciencia y la técnica, con las diversas formas de mesianismo, con la felicidad de tipo hedonista, lograda a través del consumismo o aquella ilusoria y artificial de las sustancias estupefacientes, con ciertas modalidades del milenarismo, con el atractivo de las filosofías orientales, con la búsqueda de formas esotéricas de espiritualidad o con las diferentes corrientes de New Age. Sin embargo, todo esto se demuestra sumamente ilusorio e incapaz de satisfacer la sed de felicidad que el corazón del hombre continúa sintiendo dentro de sí. De este modo permanecen y se agudizan los signos preocupantes de la falta de esperanza, que a veces se manifiesta también bajo formas de agresividad y violencia” (nº. 10).

La esperanza es una fuerza de propulsión hacia delante, un impulso interior que nos empuja a la consecución de lo que se espera. La vida humana es incomprensible sin una tensión hacia el futuro, sin proyectos y sin algo por lo que luchar, pero también está envuelta en desilusiones que pueden conducir a la desesperación. Por eso, hay gente que “está viva” y, sin embargo, vive sin esperanza,  o se equivoca  al poner la esperanza en cosas que defraudan, y cae en la frustración. Esto significa que la esperanza no es una realidad estática que se posee de manera automática, sino que es una actitud del alma que es necesario generar, cultivar, proteger y orientar debidamente.

Con su habitual agudeza, el Papa Benedicto XVI dice al comienzo de la encíclica “Salvados en Esperanza”: «Se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino. Ahora bien, se nos plantea inmediatamente la siguiente pregunta: pero, ¿de qué género ha de ser esta esperanza?».

La esperanza cristiana, una virtud teologal

Para los cristianos,  la esperanza, además de estar inscrita en nuestra naturaleza humana, es una de las tres virtudes teologales que se infunden en nuestro ser al recibir el sacramento del Bautismo: fe, esperanza y caridad. Esto quiere decir que la esperanza humana está penetrada y transformada por la gracia de Dios. Nuestra confianza en Él  hace más segura y firme nuestra esperanza, porque superando el mero deseo, las previsiones y el cálculo de probabilidades, y, más allá de las apariencias en contra, sabemos que Dios es fiel y cumple su promesa de darnos en abundancia aquello que más deseamos y esperamos: la felicidad plena.

Una felicidad,  cuyo contenido somos incapaces de comprender, que desborda nuestros propios deseos. San Pablo dice: “Nadie vio ni oyó y ni siquiera pudo pensar, aquello que Dios preparó para los que lo aman” (1Cor. 2,9). Ni siquiera nuestro corazón puede comprender, con todos sus sueños, aspiraciones y deseos, aquel bien sin límites, que Dios nos prepara, que es el objeto de nuestra esperanza: algo que está más allá de nuestras aspiraciones y de todo deseo. El contenido de la esperanza cristiana es aquel del que Dios nos llena y nos llenará, si nos fiamos totalmente de Él.

Por eso, para un cristiano, esperar es vivir totalmente abandonados en los brazos de Dios, que engendra en nosotros la virtud de la esperanza, la acrecienta y la fortalece. Gracias a esta virtud,  Abraham, la Virgen María, y otros tantos,  “esperaron, contra toda esperanza”, es decir, alcanzaron de Dios lo que humanamente era imprevisible e incluso imposible  alcanzar. Se apoyaron en la palabra de Dios, aun cuando no existían  motivos humanos para esperar. En ellos tenemos un ejemplo de la fuerza y el dinamismo que encierra la virtud de la esperanza cuando se arraiga en nuestro interior.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que “la esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos, no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo” (nº. 1817).

El propio Catecismo, nos describe cómo esta virtud se inserta en la esperanza humana y, sin destruirla ni sustituirla, la eleva y le da un dinamismo nuevo: “La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad”.

Se puede decir que la virtud de la esperanza, entendida como estado de ánimo, como capacidad de proyectarse hacia delante, tiene algo de misterioso. Es como el milagro de la vida que nace abierta a miles de posibilidades. El efecto de la esperanza cristiana aparece magníficamente descrito en este texto del profeta Isaías:

«Los jóvenes se fatigan y se agotan, los muchachos tropiezan y caen. Pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, despliegan alas como las águilas; corren y no se agotan, avanzan y no se fatigan». 

(Is. 40,30-31)

Pero no nos engañemos. Por sí sola, la esperanza no arregla los problemas. Tampoco es un bálsamo o calmante para no sentir el dolor. Estas palabras están situadas en un contexto de dificultad para el pueblo de Israel, tentado por la desesperación. Por medio del profeta Isaías, Dios no promete eliminar las dificultades ni los motivos de desaliento, pero sí da la esperanza. La situación sigue siendo la misma, pero la esperanza en Dios da fuerza para elevarse por encima de ella. Dios da fuerza al cansado y multiplica el vigor del fatigado, aunque no desaparezcan ni el cansancio ni la fatiga. Es realmente como poner alas para sobreponerse a los obstáculos. A veces pensamos que la solución es “no tener problemas”, pero estos existen siempre, bien por razones personales, pues somos limitados y débiles, o bien por circunstancias externas. Lo ideal es tener la fortaleza para permanecer firmes en la tribulación, fortaleza que tienen “los que esperan en el Señor”.

Esta profecía de Isaías se ve plenamente cumplida en la Virgen María. La clave está en esperar en el Señor: “Mi alma espera en el Señor, mi alma espera en su palabra, mi alma aguarda al Señor, porque en Él está la salvación” (Salmo 129). María confió plenamente en Dios y puso en Él su esperanza, por eso aun en los momentos más duros, como en la crucifixión de su Hijo, cuando todos vacilaban, ella siguió esperando. Aparentemente María fue decepcionada en su esperanza. Ella esperó hasta el final que se descubriera el error, que fuera reconocida la inocencia de su Hijo, que Dios interviniera para poner fin a aquella injusticia. Esperó hasta que llegó el momento de desvestirlo para crucificarlo, e incluso después. Sin embargo,  nada. Su Hijo murió crucificado. Aun así, María siguió confiando en la palabra de Dios que,  por boca del ángel, le había dicho en el momento de la Anunciación: “Su Reino no tendrá fin”. Esperó el triunfo de Jesús sobre la muerte y su esperanza no fue defraudada.

Un texto del libro del Apocalipsis, seguramente inspirado en el anterior de Isaías, aplica,  de modo simbólico,  a la Iglesia y la Virgen María, la imagen de “las alas de la esperanza”: «El Dragón, al verse precipitado sobre la tierra, se lanzó en persecución de la Mujer que había dado a luz al hijo varón. Pero la Mujer recibió las dos alas de la gran águila para volar hasta su refugio en el desierto, donde debía ser alimentada durante tres años y medio, lejos de la Serpiente» (Apoc. 12, 13-14). Igual que a la Virgen María, a todos los cristianos que formamos el cuerpo de Cristo que es la Iglesia, se nos dan las grandes alas de la esperanza para poder escapar siempre de los ataques del mal y superar con renovado impulso las dificultades.

Nuestra esperanza es Cristo, nacido de la Virgen María

Para los cristianos, la ESPERANZA, con mayúsculas, tiene un fundamento, un punto de referencia: Jesucristo. Nuestra esperanza es que nosotros viviremos siempre con Él.  Estaremos como “hijos en el Hijo”, en la gloria del Padre. Este es el centro y la meta de la esperanza cristiana.  Las palabras “Dios” y “el Señor”  que  aparecen en el Antiguo Testamento (“Espera Israel en el Señor”; “mi alma espera en el Señor”); “espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor”), se identifican más adelante  con “Cristo”.

Por eso, en el Nuevo Testamento, se define a los cristianos como “los que han esperado en Cristo” (1Cor. 15,19 y Ef. 1,12). Cristo mismo es llamado “nuestra esperanza” (Col. 1,27 y 1Tim. 1,1); aquél “en quien esperan las gentes” (Rom. 15,12). El fundamento de la esperanza es Cristo y lo que Él ha realizado con su muerte y resurrección. Cristo resucitado aparece como aquel que nos da fuerza para esperar, que mantiene viva la esperanza,  que es Él mismo, con su Espíritu, como una fuente de esperanza viva y abundante en lo más profundo de nuestro corazón.

Jesucristo, el Hijo de Dios nacido de la Virgen María, es nuestra esperanza, nuestra salvación, nuestra redención, nuestra certeza. La esperanza en Él nos sostiene en los caminos difíciles de la vida y nos permite superar, día a día, las pequeñas y grandes crisis  personales y de la sociedad, en la seguridad de que “los que esperan en el Señor no quedan defraudados” (Salmo 24).

Porque se fio de Dios, la Virgen María vivió de la esperanza. En ella se compendian todas las esperanzas de Israel; todos los anhelos y los suspiros de los profetas resuenan en su corazón. Nadie esperó la Salvación más que ella, y en ella precisamente comienzan a cumplirse las promesas divinas.

No es extraño, pues, que llamemos a la Virgen María, “Madre de nuestra esperanza” y le mostremos nuestro agradecimiento y reverencia por haber traído al mundo al que es la “esperanza de las naciones”, permitiendo así  que Dios cumpliera sus promesas, “según lo había predicho desde antiguo por boca de los santos profetas” y tal “como lo había prometido a nuestros padres en favor de Abraham y su descendencia para siempre”.

La participación de la Virgen María en el cumplimiento de las promesas de Dios no es algo ocasional, circunscrito a un momento de la historia de Cristo, ni se reduce a la simple maternidad natural. Si así fuera, María sería simplemente alguien de otra época de quien nos queda el recuerdo de una vida ejemplar, a quien admiramos o tratamos de imitar. Sin embargo, es mucho más que eso. María es contemporánea nuestra y, por medio de Ella, Dios interviene en nuestra vida.

En efecto, la Virgen María, desde su Asunción al Cielo, trasciende el tiempo y el espacio; ella es una persona viva que, formando parte del Misterio de Cristo y de la Iglesia, unida para siempre a Cristo y a su obra de salvación, está presente en la vida y la historia de los hombres, también en la vida y la historia de nuestra isla de La Palma, para ayudarnos a vivir bien en este mundo y llegar a gozar de la vida eterna junto con ella en el cielo. Como rezamos en la liturgia de la misa: La Virgen María, “desde su asunción a los cielos, acompaña con amor materno a la Iglesia peregrina, y protege sus pasos hacia la patria celeste, hasta la venida gloriosa del Señor”.

Sí, hay que decirlo abiertamente: María, tras haber sido llevada en cuerpo y alma al cielo, junto a su Hijo, no deja de acompañarnos en la tierra. Ella es una persona viva. Los “misterios” de la vida de María durante su vida en la tierra marcaron su existencia para siempre. Ella, ahora desde el cielo, sigue realizando la misma misión que realizó en los días de su vida mortal: darnos a Jesucristo para que, por Él, alcancemos el perdón de nuestros pecados y seamos verdaderos hijos de Dios. Por eso, confiadamente, le pedimos con insistencia: “Muéstranos a Jesús”, y no dudamos en llamarla con toda verdad: “María, madre de nuestra esperanza”, como reza el lema elegido para esta Bajada de la Virgen 2015.

María, Madre de nuestra Esperanza”

“Dios te salve, Reina y Madre de misericordia. Vida, dulzura y esperanza nuestra”… En la oración de “la Salve” invocamos a María como “esperanza nuestra”, porque en ella, criatura humana como nosotros, vemos cumplidas plenamente las promesas que Dios ha hecho a la humanidad, unas promesas que también nosotros, con su ayuda, esperamos alcanzar. Así se lo pedimos al final de la Salve: “Ruega por nosotros,  Santa Madre de Dios,  para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo”.

Como decía el Beato Pablo VI: “En Ella se ha realizado ya el proyecto de Dios para la salvación de todo el mundo. Al hombre contemporáneo, frecuentemente atormentado, turbado en el ánimo y dividido en su corazón, oprimido por la soledad, la Virgen le ofrece una palabra tranquilizadora: “la victoria de la esperanza sobre la angustia” (Marialis Cultus, 57). Y en la liturgia proclamamos: “La Virgen, Madre de Dios, es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada; Ella es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra” (Fiesta de la Asunción de María).

Por dos motivos principales podemos llamar a María “Madre de nuestra esperanza”. Primero, porque durante su vida, aquí en la tierra, alimentó constantemente la virtud de la esperanza, confió plenamente en el Señor, y “concibió creyendo y alimentó esperando” al Hijo de Dios anunciado por los Profetas. Y, segundo, porque habiendo subido al cielo, se ha convertido en la “esperanza de los creyentes”, ayudando a los que desesperan, y siendo al mismo tiempo aliento, consuelo y fortaleza para los que acuden a Ella. Por estos dos motivos, nos dice el Concilio Vaticano II,  la Virgen María “en esta tierra, hasta que llegue el Día del Señor, precede con su luz al Pueblo de Dios peregrinante como signo de esperanza segura y de consuelo” (LG 68).

Sí. “María, Madre de nuestra esperanza”. Ella esperó contra toda esperanza,  superando, incluso, a Abrahán, el padre de los creyentes. Con su fe y esperanza -nos dicen los Santos Padres- la Virgen María concibió a Cristo antes en su mente y corazón que en su seno. Porque esperaba de verdad pudo creer que para Dios nada hay imposible. Luego se entregó enteramente a la Obra del Salvador y fue su primera colaboradora y discípula. A lo largo de las vicisitudes que narra el Evangelio y, sobre todo, en la Pasión de su divino Hijo, se nos muestra como nuestra Señora de la santa y dulce esperanza que nunca defrauda.

En este sentido,  María es “signo”, modelo de esperanza, para todos los cristianos. Hemos de mirarnos en ella, sin huir del esfuerzo de cada día y sin considerarlo  inútil. No podemos “esperar sentados” a que pasen las dificultades sino, como Ella, debemos poner en práctica el refrán popular  “a Dios rogando y con el mazo dando”, o,  mejor,  el consejo de los santos: “Haz por tu parte todo lo que puedas como si nada esperases de Dios; y espéralo todo de Dios como si nada hubieses hecho con tu esfuerzo”. Así obró María en su viaje de Nazaret a Belén, en la búsqueda de Jesús en el templo y en todas sus acciones, especialmente al estar junto a su Hijo al pie de la cruz. Ella no sólo creyó en la inviolable fidelidad de Dios a sus promesas en favor de la humanidad, como proclamaría en el Magníficat ante su prima Isabel, sino que puso su vida a disposición de Dios para que esas promesas se realizaran en la historia.

“María, Madre de nuestra esperanza”, hermoso referente para nuestra Bajada de la Virgen de las Nieves. Es un lema que refleja muy bien la función eficiente de Nuestra Señora en la Historia de la Salvación. Es un lema que nos invita a dirigirnos a María con mayor confianza y devoción, pues comprendemos mejor la oración de “la Salve” que, desde la infancia, hemos rezado miles de veces y en la que llamamos a la Virgen “Vida, dulzura y esperanza nuestra”. A su poderosa intercesión hemos confiado siempre —y le confiamos también ahora— nuestras necesidades y anhelos, con la certeza de que Ella las toma sobre sí y las atiende favorablemente, alcanzándonos de Dios las gracias que necesitamos.

 

María, estrella de la esperanza

En su encíclica “Salvados en Esperanza”, el Papa Benedicto XVI dice que la Virgen María es para nosotros “estrella de esperanza”, y nos invita a aprender a vivir en esperanza contemplando su vida. En la propia encíclica (nº. 50) nos ofrece este hermoso retrato que les transcribo aquí y que recorre la vida de la Virgen María en clave de esperanza:

Santa María, tú fuiste una de aquellas almas humildes y grandes en Israel que, como Simeón, esperó «el consuelo de Israel» (Lc2,25) y esperaron, como Ana, «la redención de Jerusalén» (Lc 2,38).

Tú viviste en contacto íntimo con las Sagradas Escrituras de Israel, que hablaban de la esperanza, de la promesa hecha a Abrahán y a su descendencia (cf. Lc 1,55).

Así comprendemos el santo temor que te sobrevino cuando el ángel de Dios entró en tu aposento y te dijo que darías a luz a Aquel que era la esperanza de Israel y la esperanza del mundo.

Por ti, por tu «sí», la esperanza de milenios debía hacerse realidad, entrar en este mundo y su historia. Tú te has inclinado ante la grandeza de esta misión y has dicho «sí»: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).

Cuando llena de santa alegría fuiste aprisa por los montes de Judea para visitar a tu pariente Isabel, te convertiste en la imagen de la futura Iglesia que, en su seno, lleva la esperanza del mundo por los montes de la historia.

Pero junto con la alegría que, en tu Magníficat, con las palabras y el canto, has difundido en los siglos, conocías también las afirmaciones oscuras de los profetas sobre el sufrimiento del siervo de Dios en este mundo.

Sobre su nacimiento en el establo de Belén brilló el resplandor de los ángeles que llevaron la buena nueva a los pastores, pero al mismo tiempo se hizo de sobra palpable la pobreza de Dios en este mundo.

El anciano Simeón te habló de la espada que traspasaría tu corazón (cf. Lc 2,35), del signo de contradicción que tu Hijo sería en este mundo.

Cuando comenzó después la actividad pública de Jesús, debiste quedarte a un lado para que pudiera crecer la nueva familia que Él había venido a instituir y que se desarrollaría con la aportación de los que hubieran escuchado y cumplido su palabra (cf. Lc11,27s).

No obstante toda la grandeza y la alegría de los primeros pasos de la actividad de Jesús, ya en la sinagoga de Nazaret experimentaste la verdad de aquella palabra sobre el «signo de contradicción» (cf. Lc 4,28ss).

Así has visto el poder creciente de la hostilidad y el rechazo que progresivamente fue creándose en torno a Jesús hasta la hora de la cruz, en la que viste morir como un fracasado, expuesto al escarnio, entre los delincuentes, al Salvador del mundo, el heredero de David, el Hijo de Dios. Recibiste entonces la palabra: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn 19,26).

Desde la cruz recibiste una nueva misión. A partir de la cruz te convertiste en madre de una manera nueva: madre de todos los que quieren creer en tu Hijo Jesús y seguirlo. La espada del dolor traspasó tu corazón. ¿Había muerto la esperanza? ¿Se había quedado el mundo definitivamente sin luz, la vida sin meta?

Probablemente habrás escuchado de nuevo en tu interior en aquella hora la palabra del ángel, con la cual respondió a tu temor en el momento de la anunciación: «No temas, María» (Lc 1,30). ¡Cuántas veces el Señor, tu Hijo, dijo lo mismo a sus discípulos: no temáis! En la noche del Gólgota, oíste una vez más estas palabras en tu corazón. A sus discípulos, antes de la hora de la traición, Él les dijo: «Tened valor: Yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). «No tiemble vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14,27). «No temas, María».

En la hora de Nazaret el ángel también te dijo: «Su reino no tendrá fin» (Lc 1,33). ¿Acaso había terminado antes de empezar? No, junto a la cruz, según las palabras de Jesús mismo, te convertiste en madre de los creyentes. Con esta fe, que en la oscuridad del Sábado Santo fue también certeza de la esperanza, te has ido a encontrar con la mañana de Pascua.

La alegría de la resurrección ha conmovido tu corazón y te ha unido de modo nuevo a los discípulos, destinados a convertirse en familia de Jesús mediante la fe. Así, estuviste en la comunidad de los creyentes que en los días después de la Ascensión oraban unánimes en espera del don del Espíritu Santo (cf. Hch 1,14), que recibieron el día de Pentecostés.

El «reino» de Jesús era distinto de como lo habían podido imaginar los hombres. Este «reino» comenzó en aquella hora y ya nunca tendría fin. Por eso tú permaneces con los discípulos como madre suya, como Madre de la esperanza.

Como María, verdaderos testigos de Cristo y de su Evangelio

La Fiesta de la Bajada de la Virgen de las Nieves es una oportunidad para  avivar nuestra fe y nuestra esperanza de la mano de María, Madre de nuestra Esperanza. Ella nos da a Cristo, nuestra esperanza santa; Ella nos muestra a Jesús y nos conduce hacia Él; Ella es el camino seguro para llegar a Cristo, para encontrarnos con Él, único Señor y Salvador. Ella nos ayuda para fortalecer, avivar o recuperar la fe y la esperanza en Cristo.

La devoción a la Virgen María está profundamente arraigada en nuestra tierra. Pero, para que esta devoción no se quede en mero sentimiento o en mera tradición, nuestro recuerdo y veneración de la Virgen María de las Nieves piden que vivamos y testimoniemos,  de un modo claro y coherente, nuestra fe en Cristo en el seno de nuestra comunidad eclesial y en la vida cotidiana. Nuestra devoción a María nos llama a vivir y manifestar nuestra identidad cristiana en un mundo cada vez más secularizado y consumista, desesperanzado e insolidario.

Una vez estaba Jesús hablando a la multitud, como en tantas ocasiones; en esto, una mujer, emocionada en lo más profundo del corazón ante la enseñanza de Jesús, ante su figura amable, no pudo contener su admiración y, alzando la voz, gritó: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron” (Lc. 11,27). El Señor debió de mirarla complacido y con agradecimiento. Pero, Jesús, recogiendo la alabanza, hace aún más profundo el elogio a su Madre: “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 11, 28). Ciertamente, María es bienaventurada por haber llevado en su seno al Hijo de Dios y por haberlo alimentado, pero lo es aun más por haber cumplido con fidelidad la Palabra de Dios.

Por eso, para que las fiestas de la Bajada de la Virgen de las Nieves sean plenamente de su agrado, junto a nuestras alabanzas, nuestras oraciones y actos en su honor, hemos de poner nuestro deseo y firme propósito de vivir —como Ella— en permanente obediencia a la voluntad de Dios. No debemos olvidar, como enseñaba el Beato Pablo VI, que “la finalidad última del culto a la bienaventurada Virgen María es glorificar a Dios y empeñar a los cristianos en un vida absolutamente conforme a su voluntad”.

Como a la mujer del Evangelio, también a nosotros, que emocionados y agradecidos, gritamos ¡Viva la Virgen de las Nieves! Cristo nos dice: “Dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”. Es decir, nos pide que vivamos según los mandamientos de Dios. Sus palabras son como un eco de las llamadas que Él mismo hizo en otras ocasiones: “No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7, 21) y “Vosotros sois amigos míos, si hacéis cuanto os mando” (Jn 15, 14).

Durante a Bajada de la Virgen a Santa Cruz de la Palma, tenemos la oportunidad de meditar todo esto y, así, fijándonos en María y apoyándonos en su intercesión, podremos avanzar hacia un  pleno cumplimiento de la voluntad de Dios es nuestra vida. María es la figura ejemplar del verdadero creyente por haber hecho siempre, y en todo, la voluntad de Dios. Para vencer el pecado y crecer en santidad debemos levantar los ojos hacia María, que brilla ante toda la comunidad cristiana como modelo de fe, esperanza y caridad. Como nos enseña el Concilio Vaticano II: “La verdadera devoción no consiste ni en un afecto estéril y transitorio, ni en vana credulidad, sino que procede de la fe verdadera, por la que somos conducidos a conocer la grandeza y dignidad de la Madre de Dios y somos impulsados a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes” (LG 67). De María debemos aprender a:

  • Hacer de Dios el centro de nuestra vida: nada ni nadie puede anteponerse a Dios, reconociendo y proclamando su grandeza.
  • Buscar, conocer, aceptar y cumplir la voluntad de Dios sobre nosotros. Hacer siempre su voluntad por encima de nuestros gustos y deseos.
  • Ser fieles a Dios y vivir unidos a Él por la oración y los sacramentos.
  • Entregarnos responsable y generosamente al cumplimiento de nuestros deberes familiares, profesionales y cívicos.
  • Velar y trabajar por el bien común, especialmente de los más pobres y necesitados.
  • Ser humildes de corazón y sencillos en nuestro modo de vivir.
  • Vivir alegres y esperanzados en el Señor, a pesar de las pruebas y tribulaciones, seguros de que Dios es fiel y cumple sus promesas.
  • Engendrar a Cristo en nuestro corazón y presentarlo al mundo, con nuestras palabras y nuestras obras, para que otros lo conozcan y le sigan.

 

Orar por medio de María, orar como María y orar a María

Durante la Bajada de la Virgen debemos intensificar la práctica de nuestra oración. Oración a Dios, para que, por los méritos y la intercesión de la Virgen María, “Madre de nuestra esperanza”, nos conceda fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor; que nos ayude para orientar nuestra esperanza hacia los bienes de arriba, para cumplir nuestra misión en este mundo y para que un día podamos recibir los bienes que la fe nos invita a esperar;  que la Iglesia sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando; que siembre en nuestro corazón la preocupación por compartir en la caridad las angustias y las tristezas, las alegrías y las esperanzas de los hombres, y así poder mostrarles el camino de la salvación.

Debemos orar, también, como María: escuchando la Palabra de Dios, diciendo a Dios: “Hágase tu voluntad”, ofreciéndonos para colaborar con Dios en la construcción de un mundo mejor para todos,  reconociendo y proclamando la obra del Señor en mí y en los demás…

Y, en estos días, en fin, oremos a la Virgen María, con palabras del Papa Benedicto XVI, “Santa María, Madre Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia Cristo. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino”.

Y también les propongo esta oración, que es un canto religioso:

Santa María de la esperanza,
mantén el ritmo de nuestra espera,
mantén el ritmo de nuestra espera.

Nos diste al esperado de los tiempos,
mil veces prometido en los profetas.
Y nosotros de nuevo deseamos
que vuelva a repetirnos sus promesas.

Brillaste como aurora del gran día,
plantaba Dios su tienda en nuestro suelo.
Y nosotros soñamos con su vuelta,
queremos la llegada de su Reino.

Esperaste, cuando todos vacilaban,
el triunfo de Jesús sobre la muerte.
Y nosotros esperamos que su vida
anime nuestro mundo para siempre.

Queridos hermanos y amigos, tenemos ante nosotros una gran fiesta, la Fiesta de la Bajada de la Virgen, que estamos llamados a celebrar con espíritu participativo, alegre y fraterno. Conducidos por la gracia de Dios, confiando en sus promesas y animados por el testimonio de María, miremos al futuro con esperanza. Que Dios los bendiga y, con la protección de la Virgen María de Las Nieves, los colme con toda clase de bienes.

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense

2017-07-26T08:48:56+00:00 noviembre 26th, 2015|De parte del Obispo|0 Comments