A los hombres y mujeres de la isla de la Gomera, donde quiera que se encuentren:

Que la gracia, la paz y el amor de Dios Padre, manifestado en Jesucristo su Hijo, concebido por obra del Espíritu Santo y nacido de la Virgen María, sea con ustedes.

Fiel a su cita quinquenal, el próximo 6 de octubre tendrá lugar la Bajada de la Virgen de Guadalupe desde su Santuario de Puntallana hasta la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción en la villa capitalina de San Sebastián de la Gomera. Se iniciarán así las “Fiestas Lustrales 2008” en honor de la Patrona de la Gomera que se prolongarán hasta el 13 de diciembre, fecha en la que la venerada imagen, después de peregrinar por toda la isla de La Gomera, retornará de nuevo a su histórico y centenario Santuario, construido a partir de una primitiva ermita erigida, a comienzos del siglo XVI, para albergar la imagen de la Virgen que providencialmente fue encontrada en aquel lugar.

En efecto, como nos ha transmitido una bella tradición de nuestros antepasados, un navío del siglo XVI, en ruta hacia América, pasó cerca de la isla de La Gomera. Sus tripulantes advirtieron en tierra muchas luces brillantes que salían de una cueva. Atraídos por ello descendieron a tierra y encontraron en la cueva una pequeña imagen de la Virgen María con su hijo Jesús en brazos. La trasladaron al barco. Pero, por más que lo intentaron, cuando quisieron emprender el viaje no podían navegar. Comprendiendo que todo aquello tenía algo de misterioso devolvieron la imagen al mismo lugar donde la encontraron. Se dirigieron al puerto cercano de San Sebastián de la Gomera e informaron a las autoridades y habitantes de lo que les había pasado. Todos fueron al lugar, llamado Punta Llana, totalmente despoblado y a unos siete kilómetros de distancia. Al llegar allí encontraron la imagen donde les habían dicho. Después de venerarla, decidieron que debía permanecer en aquel sitio y le improvisaron un rústico albergue que luego sería una ermita y posteriormente el actual Santuario donde ininterrumpidamente y con gran devoción se ha venido venerando aquella imagen por todas las generaciones de gomeros que se han sucedido desde entonces.

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? 

Hermanas y hermanos: Todos hemos oído alguna vez esta expresión. La pronunció por primera vez Isabel, ante la Virgen María, cuando ésta, después de varios días de camino, se presentó inesperadamente en su casa con la intención de acompañarla y servirla, pues Isabel era una mujer relativamente mayor y estaba embarazada de seis meses. Pero, aquella no era una visita cualquiera, su prima María también esperaba un hijo, ¡el Hijo de Dios!, concebido por obra del Espíritu Santo. La presencia de María en casa de Isabel llevando a Jesús en su seno produjo tal conmoción que incluso la criatura de Isabel (el futuro Juan Bautista) saltó en el vientre de la madre, que de paso se llenó del Espíritu Santo y se puso a felicitar a María con gran efusión. Es gratificante volver a leer el texto evangélico que nos relata aquel memorable hecho:

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito:

-“¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.”

María dijo:

-“Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí”. (Luc. 1,39-49)

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Isabel se sorprende, no sólo por lo inesperado de la visita, sino -sobre todo- por la persona que la visita: “La Madre del Señor”. Las palabras de Isabel son expresión de su humildad, pues aunque es mayor que su joven prima, reconoce la grandeza de María y que no es digna ni merece que la visite aquella que es ¡la Madre del Señor! Por su parte, la Virgen María también expresa su humildad y sencillez, pues -aunque es consciente de su grandeza y dignidad- no le importa dejar su casa para hacer de criada de Isabel durante tres meses y cuando su prima la felicita con grandes ponderaciones diciéndole: ¡Bendita tu entre todas las mujeres! ¡Dichosa tú que has creído!, ella, inmediatamente, atribuye todo a Dios –Poderoso y Salvador- que es quien ha hecho cosas grandes en su vida.

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? La visitación de la Virgen María a su prima Isabel es uno de los “Misterios del Rosario”, concretamente el segundo de los llamados “Misterios de gozo”. Este y los demás hechos de la vida de Jesús y de María se llaman “misterios” no porque sean algo inexplicable o incomprensible, sino porque en ellos se está manifestando y realizando la salvación que Dios -por medio de su Hijo Jesucristo- quiere para todos los hombres y mujeres del mundo. El “misterio de la visitación de la Virgen” fue un hecho histórico que ocurrió hace más de dos mil años y –como tal hecho histórico- ya no se vuelve a repetir, pero lo que si se repite desde entonces -en todo tiempo y lugar- es lo que este misterio significa: que Dios -por medio de Jesús y de su madre la Virgen María- sigue visitándonos y comunicándonos aquellos mismos bienes que comunicó a Isabel. La Virgen María conoce nuestras necesidades y nos visita para servirnos como hizo con su prima Isabel.

Todos los cristianos sabemos y creemos que la Virgen María, un ser humano como cualquiera de nosotros, fue elegida por Dios para ser la Madre de su Hijo y como tal la dotó de grandes privilegios, que no se le han concedido a ninguna otra criatura: fue concebida sin pecado original y preservada de todo pecado (Inmaculada) y una vez cumplidos los día de su vida en la tierra fue llevada al Cielo en cuerpo y alma (Asunción). María es la criatura humana más perfecta que existe porque en ella se realizó de un modo único y singular la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. La muerte y resurrección de Jesucristo, con anticipación, produjo como fruto primero y el más excelso esta persona singular que es la Virgen María. Todo lo que es y tiene María es regalo del Señor, que hizo maravillas en ella, como la propia María reconoció y proclamó ante su prima Isabel en la oración de alabanza que llamamos “Magnificat”. María es la realización plena del Señorío de Dios en la historia, aquel Señorío que da la vida en plenitud y que Dios quiere extender a todas las personas que, como María, acogen libremente su voluntad y la cumplen.

La Virgen María en el momento de la Encarnación, cuando por medio del Ángel Gabriel, Dios le pidió que fuese la madre de su Hijo, respondió: “Hágase en mí según tu palabra”, es decir, “sí”, que se haga en mí lo que el Señor quiera. Más tarde, cuando estaba al pie de la cruz de su Hijo, en el momento en que éste iba morir, también se le pidió que fuese “madre”. Leemos en el evangelio, “Jesús, viendo a su madre y al lado al discípulo, dice a su madre: -Mujer ahí tienes a tu hijo; después dice al discípulo: ahí tienes a tu madre”. Y también entonces, la Virgen María, acepto la maternidad, esta vez espiritual, de todos los discípulos de su Hijo, los que han sido, son y serán. También nosotros, como discípulos de Cristo que somos, hemos sido dados como hijos a la Virgen María y ella, dócil como siempre a la voluntad de Dios ha dicho para cada uno de nosotros: “Sí, que se haga en mí lo que el Señor quiera”, e inmediatamente se ha puesto a cuidarnos con amor materno; por eso creemos que no deja de visitarnos constantemente para cuidar de nosotros, especialmente cuando estamos más necesitados.

Esta acción de la Virgen María en la vida de cada uno es posible porque ella no es una persona del pasado. Ella no es simplemente alguien de otra época de quien nos queda el recuerdo de una vida ejemplar y que ahora admiramos o tratamos de seguir sus enseñanzas y su forma de vida. Es mucho más que eso, ella es contemporánea nuestra. En efecto, la Virgen María desde su Asunción al Cielo trasciende el tiempo y el espacio, ella es una persona viva que, formando parte del Misterio de Cristo y de la Iglesia, unida para siempre a Cristo y a su obra de salvación, está presente en la vida y la historia de los hombres, también en la vida y la historia de nuestra isla de La Gomera, para ayudarnos a vivir bien en esta vida y llegar a gozar de la vida eterna junto con ella en el cielo. Como rezamos en la liturgia de la misa: La Virgen María, “desde su asunción a los cielos, acompaña con amor materno a la Iglesia peregrina, y protege sus pasos hacia la patria celeste, hasta la venida gloriosa del Señor”.

Sí. Hay que decirlo abiertamente: María, tras haber sido llevada al cielo no deja de visitar la tierra. Los “misterios” de la vida de María durante su vida en la tierra marcaron su existencia para siempre. Ella, desde el cielo, sigue realizando la misma misión que realizó en los días de su vida mortal: darnos a Jesucristo para que, por El, alcancemos el perdón de nuestros pecados y seamos verdaderos hijos de Dios. Y, para hacernos este servicio, sin duda el mejor que puede hacernos, la Virgen María nos visita como visitó a su prima Isabel. Sabemos que Nuestra Señora se ha aparecido muchas veces y de muchas maneras en distintas épocas y lugares del mundo –siempre con sencillez, discreción y sin apabullar a nadie-, a fin de dar a los cristianos la confianza en el amor que Dios nos tiene. Ella siempre se ha manifestado como aquella que viene a socorrer a los débiles, a curar a los enfermos, a invitar a todos a la conversión, a darnos la esperanza de que, al final, podremos reunirnos con ella en el cielo. Hemos sido dados por Dios, como hijos, a la Virgen María, ella nos ha aceptado y ha asumido la responsabilidad de ser nuestra madre; estamos seguros que no nos abandona, más aún, a poco que ponemos nuestro corazón en ella la sentimos cerca y nos llenamos de alegría, de confianza y ganas de vivir haciendo el bien a todo el mundo. La Virgen María es como un perfume penetrante que te deja impregnado de su fragancia cuando te mojas con el, aunque sólo sean unas gotas. Esto es lo que le pasó a Isabel cuando recibió la visita de María y es lo que le pasa a quienes como Isabel reconocen en María a la madre del Señor y la veneran como tal: “Bendita tu eres entre todas la mujeres y bendito el fruto de tu vientre, Jesús”.

En el siglo XVI una imagen de la Virgen María, llevando en brazos al niño Jesús, fue encontrada en Puntallana, un lugar apartado y solitario de la isla de la Gomera. ¿Puede considerarse aquel hecho “una visita de la Virgen María” al pueblo Gomero de entonces? Se puede, ciertamente. Dejando a un lado el tema de cómo llegó la imagen a aquel lugar, cosa que nunca podremos saber con certeza, fijémonos en algunos detalles de esta hermosa tradición:

  1. La imagen es encontrada. Por tanto la iniciativa no parte del pueblo gomero, ni siquiera de los marinos. El hallazgo no es fruto de una búsqueda o investigación. Si los marinos, y las gentes de San Sebastián, van al encuentro de la imagen, es porque –antes- la imagen se les mostró a ellos: primero, mediante luces, a los marinos y luego, mediante el testimonio, a las gentes de la gomera. Se trata por tanto de “una visita” no pedida, inesperada y gratuita.
  2. Tanto los marinos como los gomeros reconocen en aquella imagen a la Virgen María con su hijo Jesús en brazos. De hecho, la invocaron como Nuestra Señora de Guadalupe, advocación con la que la Virgen ya era venerada en otros lugares.
  1. Los gomeros la veneran con sus oraciones y construyen una ermita (más tarde santuario) para guardar la imagen y poder ir a darle culto, cosa que perdura hasta hoy.

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? No sabemos si los gomeros de aquel tiempo lo dijeron con estas mismas palabras, pero, por las reacciones que se produjeron y por devoción constante, mantenida durante más de cuatrocientos años, podemos pensar que la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe que se venera en La Gomera, significó y sigue significando para los cristianos “una visita” de la Virgen María que, a través de esta venerada imagen, se manifiesta como madre de todos lo gomeros, los cuales –a su vez- a través de la propia imagen, veneran a María como Madre de Dios y Madre nuestra. Esta veneración no significa que la imagen reciba veneración y sea objeto de culto en sí misma, sino que la reverencia se dirige a quien la imagen representa, es decir, mediante la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe queremos encontrarnos y venerar a la persona viva que es la Virgen María, la cual, creemos por la fe, que habiendo subido al cielo, no deja de visitar la tierra para guiar y proteger los pasos de sus hijos. Todos hemos recibido de nuestros antepasados esta hermosa herencia: la fe en el amor maternal de la virgen María de Guadalupe. Dios quiera que sepamos cuidarla, vivirla cada vez con mayor autenticidad y trasmitirla fielmente a las nuevas generaciones, para que los niños y jóvenes de hoy experimenten el amor maternal de la Virgen María y la veneren con fe y devoción.

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? La celebración de nuevo, después de cinco años, de la Bajada de la Virgen de Guadalupe, encaja perfectamente con las reflexiones anteriores. La Bajada de la Virgen, nos recuerda que la persona viva que es María siempre viene a nuestro encuentro, significa que la Madre del Señor viene a visitarnos como visitó a su prima Isabel. La salida de la venerada imagen de su santuario de Puntallana, para acercarse a todas las parroquias de La Gomera, visibiliza la cercanía de María con todos sus hijos. Ojalá que, como Isabel, valoremos esta visita de la Virgen y con admiración y humildad exclamemos: ¿Quiénes somos nosotros para que nos visite la Madre de nuestro Señor? La Bajada, por parte nuestra, es una manifestación personal y comunitaria de amor y devoción a la Virgen María. Ojalá que de nuestro corazón y de nuestros labios salga una sincera y afectuosa alabanza: “Bendita tu eres entre todas la mujeres y bendito el fruto de tu vientre, Jesús”. Ojalá que le pidamos, con un profundo deseo en nuestro corazón, aquello que ella más quiere darnos, como le decimos en la oración de la Salve: “Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”. Y ojala, también, estemos atentos para escucharla, para escuchar aquellas palabras que nos repite sin cesar y que son las palabras más importantes que ella puede decirnos refiriéndose a Jesucristo: “Haced lo que El os diga”.

A lo largo de los más de dos meses de la Bajada de la Virgen, tenemos la oportunidad de vivir todo esto y así, fijándonos en María y apoyándonos en su intercesión podremos avanzar hacia un más pleno cumplimiento de la voluntad de Dios es nuestra vida. María es la figura ejemplar para todo creyente por haber hecho siempre, y en todo, la voluntad de Dios. Para vencer el pecado y crecer en santidad debemos levantar los ojos hacia María, que brilla ante toda la comunidad cristiana como modelo de virtudes. Como nos enseña el Concilio Vaticano II: “La verdadera devoción no consiste ni en un afecto estéril y transitorio, ni en vana credulidad, sino que procede de la fe verdadera, por la que somos conducidos a conocer la grandeza y dignidad de la Madre de Dios y somos impulsados a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes” (LG 67). De María debemos aprender a:

  • Hacer de Dios el centro de nuestra vida: nada ni nadie puede anteponerse a Dios.
  • Buscar, conocer, aceptar y cumplir la voluntad de Dios sobre nosotros. Hacer siempre su voluntad por encima de nuestros gustos y deseos.
  • Ser fieles a Dios y vivir unidos a El por la oración.
  • Entregarnos responsable y generosamente al cumplimiento de nuestros deberes familiares, profesionales y cívicos.
  • Velar y trabajar por el bien común, especialmente de los más pobres y necesitados.
  • Ser humildes de corazón y sencillos en nuestro modo de vivir, como lo fue ella.
  • Vivir alegres y esperanzados en el Señor, a pesar de las pruebas y tribulaciones.

Queridos hermanos y hermanas de la Gomera, fieles devotos de la Virgen de Guadalupe que se disponen a celebrar las fiestas principales en honor de la Patrona insular: Recojo, para concluir, unas palabras del Papa Pablo VI que nos recuerdan cual es la finalidad del culto y devoción a la Virgen María y, por tanto, cual debe ser la finalidad de estas Fiestas de la Bajada en honor de la Virgen María, Nuestra Señora de Guadalupe:

“Por si fuese necesario, quisiéramos recalcar que la finalidad última del culto a la bienaventurada Virgen María es glorificar a Dios y empeñar a los cristianos en un vida absolutamente conforme a su voluntad. Los hijos de la Iglesia, en efecto, cuando uniendo sus voces a la voz de la mujer anónima del Evangelio, glorifican a la Madre de Jesús, exclamando, vueltos hacia El: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron” (Lc 11, 27), se verán inducidos a considerar la grave respuesta del divino Maestro: “Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 11, 28). Esta misma respuesta, si es una viva alabanza para la Virgen, suena también para nosotros como una admonición a vivir según los mandamientos de Dios y es como un eco de otras llamadas del divino Maestro: “No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7, 21) y aquellas otras: “Vosotros sois amigos míos, si hacéis cuanto os mando” (Jn 15, 14). (Marialis cultus, 39).

La Bajada de la Virgen es una ocasión extraordinaria para acoger los dones de la salvación que Dios ofrece a todos, no dejemos pasar esta oportunidad. En su peregrinar, por los distintos lugares de nuestra isla, María es como el riachuelo del Cedro, una corriente de agua cristalina y fresca que sería una pena se perdiera sin aprovecharla para las personas y las plantas. Que pena que “el agua viva que es Cristo”, y que nos ofrece la Virgen María, caiga en saco roto, porque nuestros corazones le rechazan, están indiferentes o simplemente porque nos quedamos en la superficialidad de las cosas. Seguro que no será así. Seguro que serán muchos los que en la isla de la Gomera, con ocasión de esta Bajada de la Virgen de Guadalupe de 2008, verán la salvación de Dios.

Así lo deseo y de corazón les bendigo en el Señor, “todo de todos”,

 

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense