PALABRAS DEL NUEVO OBISPO 

DE SAN CRISTÓBAL DE LA LAGUNA, 

BERNARDO ÁLVAREZ AFONSO, 

EN SU ORDENACIÓN EPISCOPAL

A ti, Padre de inmensa majestad,

A ti, Hijo único y verdadero, digno de adoración,

A ti, Espíritu Santo, Defensor,

A ti, Trinidad Santa, único Dios, vivo y verdadero, 

se eleva mi mente y mi corazón en este momento.

Sí. Con tu pueblo aquí reunido, y con el corazón lleno de regocijo, 

proclamo:

A Ti, oh Dios, te alabamos.

A Ti, Señor, te reconocemos.

Hemos cantado tu alabanza y, con el salmista, lo repito:

Cantaré al Señor mientras viva,

tocaré para mi Dios mientras exista (Salmo 103).

Ya los ves, Señor, tu pueblo está contento, te han cantado de corazón y te han aplaudido con entusiasmo, porque, Tú, has estado grande con nosotros y estamos alegres.

Sí, todo este entusiasmo y toda esta algarabía, es por Tí, Señor.

Con la Virgen María, proclamamos tu grandeza porque, una vez más, has hecho grandes maravillas en favor de tu pueblo.

Sí,

A Ti, oh Dios, te alabamos.

A Ti, Señor, te reconocemos.

Tú eres quien obra todo en todos. Así que, “¡No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria, por tu amor, por tu verdad!” (Sal. 115,1).

 “Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder,

la gloria, el esplendor, la majestad,

porque tuyo es cuanto hay en cielo y tierra,

Tú eres rey y soberano de todo.

De ti viene la riqueza y la gloria, tú eres Señor del universo,

en tu mano está el poder y la fuerza,

Tú engrandeces y confortas a todos.

Por eso, Dios nuestro, nosotros te damos gracias,

alabando tu nombre glorioso” (1Cro. 29,10-13)

¿Por qué nuestra acción de gracias y nuestra alabanza?

Sencillamente por lo acontecido hoy, aquí, en mi persona y ante los ojos de todos.

Pero, ¿qué es lo que ha habido aquí hoy?

¿Una representación teatral? ¿Un espectáculo religioso?

Si fuera así, aplaudiríamos a los organizadores y los actores por la belleza de la representación. Pero, no. Hemos cantado y aplaudido a Dios, no a los hombres, por eso decimos:

A Ti, oh Dios, te alabamos.

A Ti, Señor, te reconocemos.

Excmo. Sr. Nuncio de su Santidad el Papa Benedicto XVI, en España.

Mis queridos D. Felipe y D. Damián, obispos eméritos de nuestra Diócesis.

Eminentísimos Señores Cardenales.

Excelentísimos Señores Arzobispos y Obispos,

Sacerdotes del Colegio de Consultores y del Cabildo Catedral.

Queridos sacerdotes concelebrantes y diáconos.

Excelentísimas Autoridades Civiles y Militares, y representantes de otras instituciones públicas y privadas

Estimados Seminaristas y miembros de los institutos de vida consagrada,

Representantes de distintas confesiones cristianas.

Queridos familiares.

Hermanas y hermanos todos en el Señor, amigos y cualquier persona que me escuche en este momento, gracias por estar aquí participando directamente en este acto, o siguiendo en la distancia este acontecimiento a través de la radio o de la televisión. Un saludo especial para los ancianos y enfermos, y para cuantos deseando estar aquí no han podido hacerlo, pero, que sé, que me están viendo y oyendo; a muchos de ustedes incluso les conozco personalmente y en este momento tengo sus rostros ante mí; gracias por sus oraciones y por compartir conmigo el gozo de este día. Un saludo, especialmente agradecido, para quienes han venido de las otras islas y de los lugares más distantes de Tenerife. Mi reconocimiento, también, a quiénes están por fuera de este templo catedralicio, gracias por venir y por soportar la incomodidad de estar a la intemperie.

¿Qué es lo que ha acontecido hoy, aquí, en mi persona y ante los ojos de todos?

Leemos en el Evangelio de San Lucas (cf. Lc. 4,16-22) que, en una ocasión, Jesús volvió a su pueblo de Nazaret, donde se había criado; que fue un sábado a la sinagoga y, estando allí, durante la celebración se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías, lo desenrolló y se puso a leerlo. ¿Qué fue lo que leyó Jesús?

Justamente, el mismo texto de Isaías que hoy hemos escuchado aquí, en la primera lectura, y que comenzaba diciendo, “el Espíritu de Dios está sobre mí, porque el me ha ungido y me ha enviado a anunciar la buena noticia…” etc.

Nos dice también el evangelista que, cuando Jesús terminó la lectura, devolvió el libro al ayudante, se sentó y que, en la sinagoga, todos los asistentes, estaban con los ojos fijos en él.

Jesús se había marchado de su pueblo y llevaba ya algún tiempo, recorriendo las aldeas y poblaciones de Palestina, predicando el Evangelio y haciendo milagros. Todo eso le iba dando una cierta fama. No es de extrañar, por tanto, que al volver a su pueblo, donde lo conocían desde pequeño y donde ya tenían noticia de las cosas que hacía, a la gente le pique la curiosidad y “todos estén pendientes de él” y de lo que les va a decir.

Tenemos, pues, a Jesús en la sinagoga, sentado, acaba de hacer la lectura de Isaías, y los ojos de todos están fijos en Él.

Exactamente igual que todos ustedes ahora.

En efecto, en este momento, también ustedes están expectantes y tienen los ojos fijos en mí. Yo, aquí, en medio de las gentes de mi diócesis, de ustedes, que me conocen de siempre como un sacerdote normal, con cualidades y defectos como cualquier otro, y, de pronto, soy el OBISPO. Ya saben de mis andanzas en distintos lugares de la diócesis y me han oído hablar muchas veces; pero, hoy, es un día singular. Acabo de ser ordenado Obispo y es lógico que mis primeras palabras despierten la curiosidad de todos, y que, en este instante, ustedes estén con los ojos fijos en mí, pendientes de lo que les voy a decir.

Y, LO PRIMERO que les digo es que, así –como están ahora- es como me gustaría verles siempre, con “los ojos fijos”. “No en mí”, sino en El, en Jesucristo, como lo estaban los ojos de las gentes de Nazaret. Porque es gracias a Él, y en su nombre, que soy Obispo y que puedo presentarme ante ustedes como vicario y legado suyo. Si merezco que se fijen en mí no es por mis cualidades, ni porque sea canario o por cualquier otra relación familiar, de amistad o de afecto que puedan tener conmigo. Si merezco que fijen sus ojos en mí es porque “soy el Obispo”; es decir, porque Jesucristo en persona me ha elegido para realizar, a través de mi ministerio episcopal, su obra de salvación en esta Iglesia diocesana de San Cristóbal de La Laguna, que peregrina en La Gomera, El Hierro, La Palma y Tenerife. Como nos enseña el Concilio Vaticano II, “en los Obispos, a quienes asisten los presbíteros, Jesucristo nuestro Señor está presente en medio de los fieles como Pontífice Supremo” (LG 21). Por tanto, nada de quedarnos en la persona de Bernardo, sino con mirada de fe, ver siempre en mí al Obispo que, con mi ministerio, hago presente en esta Diócesis a Jesucristo, Cabeza y Pastor de Iglesia. Todo en la Iglesia, también el Obispo, no es sino un medio o instrumento para ayudarnos a fijar la mirada en Cristo. Así que, como dice un hermoso canto religioso: “No pongáis los ojos en nadie más que en El”.

LO SEGUNDO que quiero decirles tiene que ver, también, con lo que pasó en la sinagoga de Nazaret, ese día que Jesús hizo la lectura de Isaías. Decíamos que, al terminar la lectura, se sentó y que todos estaban pendientes de lo que les iba a decir. Pues bien, ¿qué fue lo que dijo Jesús? Sencillamente dijo: “Esta palabra que acabáis de oír, hoy se cumple entre vosotros” (Lc. 4, 21).

Pues bien, esas mismas palabras que pronunció Jesús, son lo más importante que hoy tengo decirles: “la palabra de Dios que hemos escuchado en las tres lecturas de esta celebración se cumple hoy entre ustedes”.

En efecto, en el Evangelio hemos oído que Jesús eligió a los doce y los constituyó Apóstoles, los vinculó a su persona y los envió a predicar con poder para luchar contra el mal. Pues, bien, también a mí, me ha elegido el mismo Señor Jesucristo y, hoy, por el sacramento de la Ordenación Episcopal, me ha hecho antológicamente partícipe de su vida y de su misión, y me ha constituido sucesor del ministerio apostólico.

Asimismo, el texto del profeta Isaías de la primera lectura, ese mismo que leyó Jesús en la sinagoga, “el Espíritu de Dios está sobre mí…” etc. Esas palabras se cumplen hoy plenamente en mi persona; es decir, “sobre mí está el Espíritu del Señor”, y me ha ungido para lo mismo que lo estaba en Jesús: “para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor, etc.

En efecto, “la especial efusión del Espíritu Santo que recibieron los Apóstoles por obra de Jesús resucitado, ellos la transmitieron a sus colaboradores con el gesto de la imposición manos” (PG 6) y, a lo largo de los siglos, a través de la cadena ininterrumpida de sucesión apostólica, el mismo don del Espíritu Santo que ellos recibieron se ha venido transmitiendo hasta este día de hoy, en el que, ante los ojos de todos ustedes, por la imposición de manos del ordenante principal y de los obispos aquí presentes, el Espíritu ha descendido sobre mí y me ha ungido. Aquí y ahora, como un día hizo con los Apóstoles, hoy, el Señor Jesús ha soplado con su aliento sobre mí y me ha dicho: “recibe el Espíritu Santo”, “como el Padre me envió, así también te envío yo”. Eso es lo que ha sucedido. Acabamos, por tanto, de vivir el misterio de la sucesión apostólica y ustedes han sido testigos.

En fin, se cumplen, también hoy, aquí entre nosotros, las palabras de la segunda lectura, tomadas de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios, en las que se contiene mi lema episcopal, “omnibus omnia factus sum” (me he hecho todo a todos) (1Cor. 9,22). Palabras que se cumplen, sobre todo, en Jesucristo nuestro Señor, que es quien de verdad nos ha dado muestras infinitas de amor y generosidad, “haciéndose todo a todos” hasta dar la vida para salvar a todos. Hoy, el mismo Señor, a través de mi ministerio episcopal quiere seguir haciéndose “todo a todos”, “todo de todos”, “todo para todos”. Él es el Buen Pastor que no abandona nunca su rebaño, sino que lo custodia y protege mediante aquellos que Él elige. Por eso me ha constituido Obispo y ha derramado sobre mí su Espíritu, porque quiere seguir siendo entre nosotros, “el Salvador que se hizo todo para todos: pan para los hambrientos, agua para los sedientos, resurrección para los muertos, médico para los enfermos y redención para los pecadores” (CIRILO DE JERUSALÉN, Homilía sobre el paralítico, 10). Por eso el “lema episcopal” vale, simultáneamente, tanto para ustedes, como para mí. Para ustedes, porque refleja la memoria permanente de lo que el Señor quiere hacer a través de mí para el bien de todos y, por tanto, aquello que ustedes pueden esperar y pedir que yo sea en mi ministerio episcopal. Y el lema vale también para mí, porque resume aquello que, con la gracia de Dios, estoy llamado a ser de aquí en adelante como obispo: “ser todo para todos”; como dice un himno de la Liturgia de las Horas: “ser pastor y forma del rebaño, luz para el ciego, báculo del pobre, padre común, presencia providente, todo de todos”.

Si, hermanas y hermanos, esto es lo más importante que quería decirles, estas son mis convicciones sobre todo lo que estamos viviendo, ustedes y yo, aquí, esta tarde. No lo duden, “hoy se cumple ante ustedes la Palabra de Dios que acabamos de oír”. Con toda mi fe proclamo que hoy, por la Ordenación Episcopal, he sido constituido Sucesor del Ministerio Apostólico, no de parte de los hombres sino por voluntad de Dios.

Por eso, hemos cantado y les invito a cantar siempre, conmigo: A Ti, oh dios, te alabamos. A Ti, Señor, te reconocemos.

Reconozco agradecido que he sido elegido por Dios. Él, que conoce bien “mis entradas y salidas”, a pesar de mis defectos, cuenta conmigo y me ha escogido para la difusión del Evangelio. Él, y nadie más que Él, es quien “me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia” (Gal 1,15), primero a ser su hijo en Cristo por el bautismo, más tarde al ministerio presbiteral y ahora a la plenitud sacerdotal en el episcopado. Así que, como San Pablo, puedo decir: “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (1Cor 15,10). Por eso, con palabras del salmo 62, le digo al Señor:

Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios.
Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote
 (Salmo 62).

Pido a Dios que me conceda mantener siempre fresca esta conciencia y vivir constantemente en dependencia radical de Cristo, siendo transparencia suya ante la Iglesia y el mundo, con una vida totalmente entregada a la adoración de Dios y al servicio de los hombres, aportando así mi granito de arena para que “Dios sea todo en todo” (1Cor 15,28).

Señor Nuncio, mi profunda gratitud por estar en nuestra Diócesis y por haber aceptado presidir mi Ordenación Episcopal. Gracias por su mensaje en la homilía y  mi reconocimiento, también, por la parte de confianza que ha puesto en mi al proponerme para el episcopado. Excelencia, a través de su persona, nos sentimos en profunda comunión con el Papa, a quien usted representa ante nuestras Iglesias diocesanas y ante el Estado Español. En su presencia y de los fieles de mi diócesis, reitero una vez más, mi gratitud al Santo Padre por su confianza al considerarme apto y designarme para formar parte del Colegio Episcopal; asimismo, me ratifico en la más firme adhesión de mi corazón a la persona de su santidad el Papa Benedicto XVI y la plena comunión con su ministerio, así como mi voluntad de vivir en permanente fidelidad y obediencia incondicional a la Sede de Pedro.

Señores cardenales, arzobispos y obispos, en nombre propio y de toda la Diócesis de San Cristóbal de La Laguna, gracias por honrarnos a todos con su cualificada presencia. En estos momentos soy “el benjamín” de los obispos españoles. Gracias por la entrañable acogida en el colegio episcopal que me han dispensado, tanto ustedes aquí presentes, como el resto del episcopado mediante cartas y llamadas telefónicas. Permitidme que, además de además de mi paisano D. Elías Yanes, mencione expresamente a nuestro metropolitano, el Sr. Cardenal-Arzobispo de Sevilla, siempre muy cercano, atento y servicial con nuestra diócesis; gracias D. Carlos. También mi gratitud especial para al Sr. Cardenal-Arzobispo de Guatemala, que ha querido unirse a nosotros, para seguir manteniendo vivos aquellos lazos que estableció para siempre, entre nuestras dos orillas, “un canario de Guatemala, el Santo Hermano Pedro de Betancur; gracias D. Rodolfo por su deferencia y por honrarme con su amistad. Asimismo, mi gratitud al Sr. Presidente de la Conferencia Episcopal Española, a la que próximamente me incorporaré; gracias D. Ricardo, por su participación en mi ordenación y por su magisterio eclesiológico de siempre, del que tanto he aprendido.

También quiero hacer singular mi gratitud a D. Ramón Echarren, Obispo de la hermana Diócesis Canariense, que ha venido con un gran número de sacerdotes de su presbiterio. A todos ustedes, gracias por este gesto de comunión eclesial, y, con permiso de D. Ramón, aprovecho este momento para enviar una saludo afectuoso y agradecido a todos los canarios de Lanzaronte, Fuerteventura y Gran Canaria, que sé que participan también de nuestro gozo. Asimismo, a cuantos sacerdotes y amigos han venido desde otros lugares de España, mi mayor agradecimiento por estar aquí; doy gracias a Dios por vuestro cariño y amistad.

Y, ¡como no!, mi más entrañable gratitud para quienes han sido no sólo mis obispos, sino también mis padres y maestros, nuestros obispos eméritos, D. Felipe Fernández García y D. Damián Iguacen Borau aquí presentes, a los que uno —en la memoria— a D. Luis Franco Cascón, que en gloria esté. Doy gracias a Dios por todo el bien que ha realizado en nuestra diócesis a través de ellos. Recibo una Iglesia diocesana organizada y viva, con miles de personas comprometidas en la misión de Iglesia y trabajando por el Reino de Dios. Es la herencia que dejan mis antecesores en el episcopado, a quienes siempre he reconocido y reconoceré como pastores “de feliz memoria”. De todos he aprendido muchísimo. De usted, D. Damián, se valió Dios para comenzar a orientar mi vida hacia este momento que hoy vivimos; fue usted quien me “echó el ojo” y me fue introduciendo en las más variadas tareas y servicios eclesiales, que luego se han continuado y ampliado con D. Felipe. Para ambos, mi agradecimiento por la inmerecida confianza que siempre me mostraron y perdón, porque no siempre supe corresponder con la generosidad debida. Antes y ahora, siempre me he sentido sobrevalorado por ustedes dos.

Querido D. Damián: su predicación, su vida, sus consejos,… han sido decisivos en mi vida cristiana y sacerdotal, doy gracias a Dios por haber podido disfrutar de su magisterio y de su entrañable afecto. D. Damián, gracias por estar hoy a mi lado y por haber compuesto la “plegaria a Santa María, Madre del Buen Consejo” y dedicármela, con motivo de mi ordenación episcopal. Un magnífico regalo que comparto con todos los presentes y que les será entregado al final de este acto.

Querido D. Felipe: hoy termina su ministerio episcopal al frente de ésta, su querida Diócesis de San Cristóbal de La Laguna, por la que se ha gastado y desgastado durante 14 años de intensa actividad apostólica, en actitud de generosa y ejemplar entrega. D. Felipe, su gesto al regalarme el anillo episcopal, que el Sr. Nuncio, como ordenante principal, me ha entregado hoy, y que en adelante siempre llevaré en mi mano derecha, es para mí una llamada a vivir, con fidelidad, mi unión nupcial con la Iglesia, y a entregarme por ella con el mismo sacrificio, constancia y paciencia con que usted lo hecho, siguiendo el ejemplo de Cristo, que “se entregó a sí mismo por la Iglesia para presentarla ante sí, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada” (Ef. 5,27). D. Felipe, una vez más, gracias por todo. Que el Señor le bendiga, le de fortaleza y le colme de gozo espiritual. Sólo me resta pedirle, que, como hizo el profeta Elías con Eliseo, “coloque su manto en mis espaldas” y “me dé dos partes de su espíritu”, para que, igual que usted lo ha hecho, yo sepa llevar el “dificilísimo ministerio episcopal”, como me dice el Papa en el nombramiento. Sé que lo hará, desde su retiro, con su oración constante por mí y por toda la Diócesis.

Saludo, ahora, con afecto paternal, a todos los cristianos de nuestra Diócesis: a los fieles laicos en general, especialmente a aquellos que están comprometidos en la misión de la Iglesia, a los sacerdotes, a los miembros de los institutos de vida consagrada, a nuestros misioneros y misioneras en distintos países del mundo, a los seminaristas, a quiénes están comprometidos en los Consejos Pastorales y de Economía, tanto diocesanos como parroquiales, a quienes militan en los movimientos, a los que pertenecen a hermandades, cofradías, esclavitudes… y a otras asociaciones de fieles, a los profesores de enseñanza religiosa,… a todos sin excepción. Ustedes son la porción del pueblo de Dios que el Señor, por mano del Romano Pontífice, Benedicto XVI, me ha encomendado para que les apaciente con la cooperación de los presbíteros. He sido constituido obispo para servirles a ustedes. Mi vida está totalmente expropiada e hipotecada a favor de ustedes. Desde este momento soy “de” y “para” todos los diocesanos. A todos, gracias por la acogida que me están dispensado, gracias por la oración y por tantos detalles de generosidad que están teniendo para conmigo. Cuento con todos para difundir la fe en Jesucristo y su Evangelio y así  seguir edificando, más y mejor, la Iglesia de Dios, aquí en nuestra Diócesis y en todo el mundo.

De modo especial doy las gracias a todos los sacerdotes de la diócesis por la madurez de su fe, al acogerme, por encima de los criterios humanos, como aquel que viene de parte del Señor. El Obispo, necesariamente, ha de ejercer su ministerio “con la cooperación del presbiterio”. Ustedes, tanto como yo, saben cuanta verdad hay en aquellas palabras que pronunció Juan Pablo II en la clausura el Sínodo sobre los Obispos: “una diócesis funciona bien sólo si su clero está unido jubilosamente, en fraterna caridad, alrededor de su obispo”. Tengo la confianza de que con la gracia de Dios, y el esfuerzo de todos, esas palabras se van a cumplir entre nosotros.

Particularmente, agradezco el esfuerzo de los sacerdotes, y de cuantas personas han colaborado con ellos, en la preparación, espiritual y física, de mi ordenación episcopal, tanto desde el Obispado y del Cabildo Catedral, como desde las parroquias y comunidades de toda la diócesis; y, particularmente aquí, en esta Iglesia de La Concepción y su entorno, poniendo todo a punto para la celebración. Unos y otros, cada uno con su responsabilidad, se han desvivido para que todo lo necesario estuviera a tiempo. Gracias por tanta disponibilidad.

Hago extensivo mi agradecimiento al coro Epifanía que ha llevado el canto en esta celebración, y a todas las personas que, en distintos cometidos, han puesto todo de su parte para el buen desarrollo de este acto. Y, aprovecho este momento, para dar las gracias a todos MCS: prensa, radio y televisión, por la cobertura informativa que han prestado, desde hace dos meses, a este momento histórico de cambio de Obispo que vive la diócesis. Envío un saludo, y doy las gracias, a todos los que ahora mismo están haciendo posible que este acto se difunda a través la TV Canaria, de Popular Televisión y de COPE Tenerife, y a quienes recaban información para cualquier otro medio para su posterior difusión.

También quiero resaltar y agradecer la extraordinaria y generosa colaboración del Excmo. Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna, que ha puesto personas y recursos, tanto para adornar el recorrido procesional, como para el montaje de la infraestructuras necesarias, y que, al final de esta celebración, en un gesto de hospitalidad que honra a esta ciudad, nos obsequiará a los obispos, sacerdotes, autoridades y familiares, con una recepción oficial en honor del Nuevo Obispo. A usted, Sra. Alcaldesa, y a toda la corporación municipal que usted preside, gracias por todo ello y gracias por honrarnos con su presencia en esta celebración.

Con todo respeto envío, también, un saludo a quienes viviendo en el territorio de nuestra Diócesis, no son —o no se sienten— parte de la Iglesia católica. La Iglesia también se interesa por ustedes y está abierta al diálogo y la mutua colaboración para llevar adelante cualquier obra buena, especialmente, en lo que se refiere a la defensa de los más débiles. Mi gratitud a los representantes de las comunidades cristianas no católicas (anglicanos y protestantes), aquí presentes. Dentro del espíritu ecuménico que nos anima, por nuestra parte, queremos continuar trabajando para que se cumpla el deseo de Cristo, de que todos seamos un solo rebaño bajo un solo pastor.

Mi saludo respetuoso y agradecido a las autoridades civiles, académicas y militares que nos acompañan, así como a los representantes de instituciones públicas y privadas aquí presentes. Especialmente, agradezco el esfuerzo realizado por el Sr. Presidente de nuestra Comunidad Autónoma para estar con nosotros. Asimismo, agradezco su participación al Sr. Presidente del Parlamento de Canarias, los Sres. Delegado y Subdelegado del Gobierno del Estado, a los Sres. Diputados y Senadores, a los Sres. Presidentes de los cuatro Cabildos Insulares de nuestra Diócesis y a los Sres. Alcaldes, venidos también de las cuatro islas.

Mi satisfacción y agradecimiento, también, por la presencia del General Jefe del Mando y Zona Militar de Canarias y de los otros mandos que le acompañan, así como de los representantes de las fuerzas de seguridad.  A todos, nuestra gratitud por el servicio que, cada cual en su ámbito, prestan al bien común de todos los ciudadanos y, particularmente, por su respeto y colaboración con la Iglesia. Espero y deseo que, como ha sucedido hasta ahora con mi predecesor, D. Felipe Fernández, podamos continuar manteniendo con los poderes públicos unas relaciones basadas, por una parte, en la independencia y la autonomía y, por otra, en la generosa colaboración y entendimiento al servicio de las personas.

Asimismo, quiero agradecer la presencia del Exmo. Sr. Rector de la Universidad de la Laguna, institución que nació vinculada a la Iglesia y con la que, aún hoy, mantenemos muy buenas relaciones de colaboración mutua.

Un saludo especial y agradecido para el Sr. Alcalde de Breña Alta, mi pueblo natal en La Palma y con él, a todas las gentes de aquel municipio aquí presentes, y a todos lo que quedaron allá; si Dios quiere nos veremos el próximo domingo en la Iglesia parroquial de San Pedro Apóstol, en cuya pila bautismal nací a la vida de Dios y a la fe, el 14 de agosto de 1949. Asimismo, un saludo afectuoso al Sr. Presidente del Cabildo de La Palma y en él a todos los palmeros que tanto se han honrado con mi nombramiento y tanto cariño me están mostrando.

Por último, mi afecto y mi agradecimiento a ustedes, mi querida familia, de la que tanto he recibido y a la que tanto debo, particularmente a mis hermanos Milagros y Celso, aquí presentes, con mi cuñada y mis sobrinos, y que hago extensivo a mi tía Antonia, a mis tíos Leoncio y Jaime, y a todos mis primos. De todos he recibido y con todos estoy en deuda. Deuda con los que viven y con los que ya han partido de entre nosotros, pues, todo lo que yo soy en este momento se ha venido tejiendo a través de una larga herencia familiar, en la que se han combinado armoniosamente los valores naturales y los valores de la fe, fruto del esfuerzo de muchas generaciones. Especialmente, doy gracias a Dios por mis padres que, desde el cielo, contemplan con gozo, los frutos de la familia cristiana (‘Iglesia doméstica’) que ellos fundaron en la tierra; y doy gracias por mi hermano mayor, Fernando, que tanto contribuyó, con su trabajo, para que yo pudiera estudiar y con el que pude contar siempre que lo necesité, que el Señor se lo premie y le acoja en su Reino.

Y, junto con mi familia natural, también doy las gracias a Dios, por tantas y tantas personas, hombres y mujeres, que a lo largo de mi vida, me han tratado y me sigue tratando como a su familia. Su afecto, su amistad y su ayuda, han sido y siguen siendo decisivos en mi vida. De ellos, algunos ya han muerto; permitidme que recuerde, sólo, a los sacerdotes que más han significado en mi vida, por orden de fallecimiento: D. Esteban Santos, D. Juan Rodríguez Díaz, D. Luis Van de Walle, D. Onésimo Bethencourt, D. Andrés de las Casas, D. Manuel Díaz Luján y, los dejo para el final, mis primos Miguel y Juan Pérez Álvarez.

En fin, se alarga mi discurso y ya he abusado bastante de la benevolencia de ustedes.

Para terminar, volvamos a Nazaret, a aquél sábado, al que antes hacíamos referencia, con Jesús en la sinagoga y la gente con “los ojos fijos en Él”.  Dice el evangelio que, a medida que Jesús iba hablando, “la gente estaba admirada de las palabras que salían de sus labios” (Luc. 4,22), pero que luego también dijo cosas que no les gustaron tanto y que llegado un momento, “todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle” (Luc. 4,28-29).

Si esto le pasó a Jesús con la gente de su pueblo, qué puedo esperar yo, que no le llego ni a la altura del betún. Ahora, especialmente hoy, todo son parabienes y felicitaciones, pero yo no soy ingenuo. Todos lo saben y todos me lo dicen, hasta el Papa, como hemos escuchado en el nombramiento: el ministerio episcopal es un asunto dificilísimo. Soy consciente de ello y tomo buena nota. Como decía San Gregorio Magno, cuya fiesta celebramos ayer, “acepto el oficio de pastor de la Iglesia con la perspectiva no de la tranquilidad, sino de la fatiga” (Epist. II, 2,3).

Y siento, como dirigidas a mí, unas palabras de San Juan de Ávila a un obispo electo de su época, donde habla del episcopado “como a muy pesada cruz, donde el prelado es crucificado, andando hecho esclavo de tantos y tan malos de contentar” y, con afecto, le dice: “Compasión muy entrañable me ha causado vuestra señoría, porque se me traslucen los muchos gemidos que esta pesada carga le ha de hacer dar… quien tiene que ser cabeza de los fieles los ha de llevar siempre sobre sí, y ¿quién podrá con esta carga? Más ya no hay que hablar en esto, pues está hecho el casamiento, sino entender en cómo se llevarán las cargas del matrimonio” (SAN JUAN DE ÁVILA).

Tiene razón el Santo Patrono del Clero Español,  “el casamiento ya está hecho”. Ahora toca entender cómo llevar las cargas del ministerio que se me ha encomendado. ¿Quién podrá con esta carga?

Consciente de mi debilidad, postrado ante la imagen de Cristo crucificado, que veneramos en esta ciudad con el excelso nombre de Santísimo Cristo de La Laguna, le suplico me conceda fortaleza para negarme a mi mismo, tomar la cruz cada día y seguir sus pasos hasta las últimas consecuencias. ¡Señor mío Jesucristo, no permitas que jamás me separe de Ti!

Confiado en el amor materno de la Madre del Señor, que estuvo con Él, al pie de la cruz, pongo el Ministerio Episcopal que hoy inicio en esta Diócesis, bajo el manto protector de la Virgen María, Madre de la Iglesia, Reina de los Apóstoles y Madre del Buen Consejo, y que es invocada por nosotros como Ntra. Sra. de Candelaria, patrona de las Islas Canarias, y las patronas insulares Ntra. Sra. de las Nieves, Ntra. Sra. de Guadalupe y Ntra. Sra. de los Reyes. Me encomiendo, también, a nuestros más cualificados testigos de la fe, al Santo Hermano Pedro, al Beato José de Anchieta, y a los Beatos Mártires de Tazacorte.

Y, porque creo que Dios, que es quien me ha llamado, no me deja solo, sino que es fiel y es quien lo realizará (cf. 1Tes. 5,24), lo pongo todo en manos y termino haciendo mías estas palabras de San Pablo: «A Aquel que tiene poder para realizar todas las cosas, incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones y todos los tiempos. Amén» (Ef. 3,20-21).

San Cristóbal de La Laguna, 4 de septiembre de 2005

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense