“NECESITAMOS A LOS SACERDOTES, AYUDEMOS A PREPARARLOS”

— Carta Pastoral ante el Día del Seminario 2006—

Queridos diocesanos:

Coincidiendo con la fiesta de San José, Esposo de la Virgen María, en torno al 19 de marzo, todos los años celebramos en nuestra Diócesis el Día del Seminario. El Seminario es una institución de primer orden y de gran repercusión en el presente y futuro de nuestra Iglesia Diocesana. No en vano, con palabras del Concilio Vaticano II, al Seminario se le da el apelativo de “corazón de la Diócesis”.

El Seminario es el ámbito —físico y humano— en el que se preparan los futuros sacerdotes. Ante todo, está formado por los seminaristas (adolescentes, jóvenes y adultos) que han sentido la llamada de Dios a ser sacerdotes y, en un ambiente de estudio, oración, vida comunitaria, etc., ayudados por los formadores y profesores, buscan fundamentalmente dos cosas: verificar que es Dios quien les llama y, al mismo tiempo, prepararse para ser pastores de la Iglesia, a imagen de Cristo el Buen Pastor.

No todos los que pasan por el Seminario llegan a ser sacerdotes, porque una cosa es “sentir la llamada” o “tener ganas de ser cura” y otra que la persona tenga cualidades para ello y que el Señor le llame. Ahí está precisamente la gran tarea de los formadores del Seminario: ayudar a cada uno personalmente a discernir su vocación y ofrecerle los medios adecuados para responder libre, consciente y responsablemente a la llamada de Dios.

Por eso, la misión del Seminario, al mismo tiempo que importante, es peculiar y difícil. No es un centro de formación equiparable a otros, no es un centro para formar personas que han elegido una profesión eclesiástica. El sacerdocio, antes que una opción personal, es ante todo una llamada de Dios que es quien toma la iniciativa y elige a quien Él quiere. Por tanto, desde el punto de vista de la persona, la vocación sacerdotal es una cuestión de disponibilidad, de ofrecimiento, de respuesta generosa y confiada a una llamada del Señor a seguirle y servirle en su Iglesia.

Así se comprende el lema elegido este año en nuestra Diócesis para el Día del Seminario: “Aquí estoy Señor. ¿Qué debo hacer?”. Tomado de la experiencia que tuvo San Pablo, cuando el Señor le llamó, el lema tiene forma de oración y expresa la actitud fundamental con la que siempre tenemos que situarnos ante Dios. No con planes personales previos, sino con entera disponibilidad y confianza en que lo que el Señor quiere de mi es lo mejor para mi vida. Les aseguro, por experiencia personal, que cuando uno se pone de verdad ante Dios con una actitud así, el Señor nos muestra con claridad lo que quiere de nosotros.

            Como reiteradamente les digo a los jóvenes cristianos cuando les administro el sacramento de la Confirmación, antes que decir: “quiero ser esto o aquello, Señor ayúdame a conseguirlo”, el verdadero discípulo de Jesucristo dice: “Aquí estoy, Señor, háblame. ¿Qué quieres que haga?” Sólo con una actitud así, puede ser oída y aceptada la llamada que Dios hace al sacerdocio o a cualquier otra vocación específica en la Iglesia. Pero para ello es necesario que nuestros niños, adolescentes y jóvenes conozcan y crean en Jesucristo. El problema de la falta de vocaciones, fundamentalmente, es un problema de falta de fe o de una fe poco personalizada. Si disminuye el número de sacerdotes no es porque Dios no llame ni necesite “obreros para su mies”, sino porque su llamada no es escuchada y si lo es, no encuentra respuesta positiva en aquellos que Él llama.

Pero, además, junto al problema de la crisis de fe que afecta a muchos cristianos de todas las edades, hay que considerar otra cuestión. ¿Por qué siendo tan importante y necesario que haya sacerdotes en la Iglesia, a veces, da la sensación de que no nos importa ni nos preocupa la escasez de vocaciones? ¿No será porque, justamente, lo que nos falta es esa convicción de que los sacerdotes son necesarios? Es claro que cada uno promueve, cuida y apoya aquello que valora, y cuanto más lo valora, más empeño pone en defenderlo.

Quiero decir que nuestro afecto, preocupación y colaboración por el Seminario está en relación directa con la importancia que cada uno da al sacerdocio en la Iglesia. En los documentos del Concilio Vaticano II se pide a los obispos que expongan con frecuencia a los fieles la necesidad, naturaleza y excelencia de la vocación sacerdotal” (OT 5). Por eso, quiero aprovechar esta sencilla carta con motivo del Día del Seminario, para recordar a todos los diocesanos —y en primer lugar a los propios seminaristas— algunas cuestiones relativas al sacerdocio que forman parte de nuestra fe católica, con el deseo que ello nos impulse a estimar cada vez más el sacerdocio católico y a trabajar con todos los medios, especialmente colaborando con el Seminario, para que tengamos muchos y buenos sacerdotes.

La liturgia para la Ordenación Sacerdotal nos dice que Dios todopoderoso, origen, camino y meta de todo” (Rom. 11,35), para llevar a cabo la obra de la salvación, no sólo envió al mundo y constituyó sacerdote de la Alianza nueva y eterna a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo, sino que también determinó perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio mediante dos formas:

  1. Confiriendo el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, es decir, a todos los cristianos. Es lo que llamamos “el sacerdocio común” que corresponde a todos los fieles por el hecho de estar bautizados.
  2. Eligiendo a hombres concretos de este pueblo, para que por la imposición de manos participen de su sagrada misión. Es lo que llamamos “el sacerdocio ministerial” que todos identificamos con los “presbíteros” (“sacerdotes” o “curas”) que presiden nuestras parroquias y comunidades.

Aunque cada cual participa de forma peculiar del único sacerdocio de Cristo, ambas formas de sacerdocio se ordenan mutuamente la una a la otra; es decir, los fieles necesitan del sacerdocio ministerial para realizar su vocación cristiana y, a su vez, los sacerdotes tienen razón de ser y existen para servir al pueblo de Dios, imitando a Cristo “el Buen Pastor” que entregó su vida por la salvación de todos.

De modo que, por voluntad de Dios, los fieles cristianos reciben los dones de la salvación mediante el ministerio de los sacerdotes y, por su parte, los sacerdotes realizan su vocación específica de “curas” (los que “cuidan”) poniendo su vida a disposición de Cristo y de su cuerpo que es la Iglesia, para que Él se haga presente en medio de su pueblo y actúe su salvación.

Porque, en efecto, Jesucristo sigue siendo el que habla, el que perdona, el que santifica, el que preside y dirige la vida de su pueblo. Tal como nos prometió, Él está con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo”, Él es contemporáneo nuestro en todo tiempo y lugar, vive en la historia y desde dentro de ella sigue realizando la obra de la salvación por medio de su Iglesia, en la que Él, como Cabeza, Señor y Fuente de vida, actúa visiblemente por medio de discípulos escogidos, consagrados y enviados que en los comienzos fueron los Apóstoles y son ahora los Obispos, junto con los Presbíteros y Diáconos.

Así pues, Nuestro Señor Jesucristo eligió, y sigue eligiendo, a hombres concretos para que se entreguen totalmente a difundir y a mantener encendida la luz de su palabra y de su testimonio, a lo largo de los siglos y en todos los lugares de la tierra; hombres que, con su vida y ministerio, prolonguen en el mundo, en nuestros pueblos y ciudades, la presencia y la presidencia, la predicación y la misericordia de Jesucristo, Redentor y Salvador de todos los hombres.

Por eso, el ministerio de los sacerdotes no es “un oficio” cualquiera del que se podría prescindir o cambiar por otra cosa, sino un servicio sacramental insustituible que participa de forma especial y con carácter indeleble de la potencia del sacerdocio de Cristo, Cabeza, Maestro y Pastor de la Iglesia. Una participación que el mismo Cristo da a algunos hombres mediante el sacramento del Orden, para que ejerciten en su nombre y con su mismo poder las funciones de enseñar, santificar y dirigir pastoralmente la comunidad eclesial.

Es así, como debemos entender el sacerdocio ministerial, por eso -entre católicos- no es admisible decir sin más, como a veces se oye, “el cura es un hombre cualquiera” o “yo no creo en los curas”, porque un sacerdote es, sí, un hombre como otros, pero un hombre especialmente elegido, consagrado y enviado por Dios para “hacer presente” a Cristo Pastor que, por su medio, instruye, santifica y gobierna constantemente a su pueblo. Por eso, los católicos “creemos en el sacerdocio”, es decir, creemos que por mediación de los sacerdotes el mismo Cristo nos dirige su Palabra de Vida, nos perdona los pecados y nos reconcilia con Dios, nos entrega su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía, nos guía y sostiene a todos por el camino de la caridad…

No creer en el sacerdocio, o prescindir del ministerio que realizan los sacerdotes, es privarnos de esta presencia singular de Cristo Maestro, Sacerdote y Pastor de su Iglesia, que se halla sólo a través de la persona del sacerdote ordenado. Como lo vemos en la experiencia diaria, cuando se rechaza el sacerdocio, o cuando faltan sacerdotes por la escasez de vocaciones, son los propios fieles los primeros perjudicados en su vida de fe y la comunidad cristiana pierde su identidad y consistencia, con el consiguiente peligro de disgregarse como un rebaño sin pastor.

En consecuencia, prestar al Seminario nuestro apoyo espiritual, moral y económico, es invertir en el futuro de nuestra Diócesis, es proteger nuestra propia fe y la de los que vienen detrás de nosotros, es hacer posible la voluntad de Cristo el Buen Pastor que, por medio de los sacerdotes, una y otra vez, quiere apacentar a sus ovejas y llevarlas a reposar, buscar la que está perdida, recuperar a la descarriada, curar la que está herida y confortar a la enferma (cf. Ez. 34, 15ss).

Quede, pues, patente mi llamamiento de Obispo a todos los diocesanos. Por mandato del Señor soy vicario y legado de Cristo en esta Diócesis (cf. LG 27). Como si Dios mismo exhortara por medio nuestro, en nombre de Cristo les suplicamos (cf. 2Cor. 5,20): considerad el Seminario como algo propio y prestadle vuestro apoyo en todos los sentidos (oración, cercanía con los seminaristas, estima del sacerdocio, ayuda económica…). Y muy especialmente, con palabras del Concilio, pido “que todos los sacerdotes consideren el Seminario como el corazón de las diócesis y le presten gustosa ayuda” (OT 5).

 

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense