EL ANTÍDOTO PARA LA CRISIS, LA FRATERNIDAD
95º JORNADA MUNDIAL DEL EMIGRANTE Y DEL REFUGIADO

Inmersos en una pandemia a la que los especialistas del ramo han designado como “crisis global” no es extraño que todos los “laboratorios” se afanen por buscar una vacuna que sea eficaz y lleve a paliar las consecuencias dolorosas de una enfermedad que a todos afecta; pero que tiene, como toda epidemia, una especial incidencia en aquellos que están en situación de vulnerabilidad, más indefensos, más desprotegidos ante la magnitud de dicha enfermedad.

Nuestra Iglesia, a la que por lo general se le critica mucho y se le reconoce poco, quizá porque no va alardeando de cada acción que realiza y porque sigue la máxima evangélica de que “tu mano derecha no sepa lo que hace tu izquierda”, lleva muchos siglos poniendo su granito de arena ante cada “enfermedad” que va surgiendo; ahora ante este problema de dimensiones insospechadas. Este virus que a todos nos amenaza y al que podemos llamar “crisis”, está afectando a muchos sectores de nuestra sociedad, de forma especial a aquellos que se encuentran más desprotegidos por tener menos garantías en sus derechos, en su estabilidad o incluso en su subsistencia; y entre ellos, no cabe duda, están muchos de nuestros hermanos inmigrantes.

Por ello un año más, y digo que van noventa y cinco, la Iglesia celebra la Jornada de las Migraciones haciéndonos caer en la cuenta de que toda enfermedad tiene su tratamiento paliativo y también, sin lugar a duda, con un poco de esfuerzo por parte de todos, una vacuna eficaz que vaya haciendo remitir los nefastos efectos que ya produce esta afección.

La respuesta paliativa y de cura que la Iglesia nos regala ante la situación actual nos viene dada por el lema con el que este año celebramos la citada jornada: “Ante la crisis, comunidades fraternas”. Se nos invita, como comunidades cristianas, a reconocer con generosidad todo lo que los inmigrantes han venido aportando a nuestra sociedad y a nuestras parroquias con su trabajo y su servicio; y, también, a no cerrarnos sobre nosotros mismos en este tiempo de recesión donde ellos, los más desprotegidos, están siendo los primeros en ser abandonados a su suerte.

Es una llamada a renovar y reforzar nuestro servicio de Iglesia en la atención a nuestros hermanos inmigrantes, refugiados y víctimas de cualquier forma de abuso o explotación y a hacerlo desde la fraternidad como signo que nos identifica. Un reto continuo que, desde la fe, se ha de transformar para nosotros en compromiso fraterno que nace, sobre todo, de la comunión con el Señor que nos ha amado hasta dar la vida por nosotros y que nos ha mandado a hacer lo mismo; ya que cuanto más unidos estamos a Cristo, tanto más solícitos hemos de mostrarnos con el prójimo y, cuánto más nos identificamos con ÉL, más debe llevarnos a amar y servir a nuestros hermanos.

Nadie ha dicho que sea fácil asumir que, en parte, la solución de los grandes problemas del mundo pasa por lograr transformar nuestro entorno, por cambiar nuestros “chips” y abrirnos a la llamada que nos hace la Iglesia a la fraternidad… pero hemos de recordar que lo verdaderamente valioso no suele estar al alcance de la mano, o en palabras de Jesús: “Allí donde está tu tesoro, está tu corazón”. Por lo que podemos afirmar que el antídoto lo tenemos, está en nuestro corazón, está en la fraternidad vivida y compartida; pero… ¿estamos dispuestos a producir esa vacuna que nace en nuestro interior y construir así un mundo distinto?

ACCIÓN DE GRACIAS

La Jornada de Las Migraciones este año nos invita, como se nos ha indicado en estas fechas, a construir verdaderas comunidades fraternas, unidas, donde no haya diferencias. Ante la realidad de la crisis en la que estamos inmersos, debe abrirnos los ojos para reconocer que estamos llamados a vivir según el estilo de Jesús, teniendo a Dios como Padre común de todos y, por tanto, sintiéndonos auténticamente hermanos los unos de los otros, seamos de la raza, color, lengua que seamos.

Como responsable de la Delegación Diocesana de Migraciones, quiero proclamar hoy y aquí que los inmigrantes no son, ni mucho menos, un problema o una amenaza para nuestras Islas Canarias. Quiero afirmar que son uno de los mejores regalos que Dios nos está haciendo para enriquecer nuestra sociedad y nuestra Iglesia, para rejuvenecerla y llenarla de nuevos retos, donde la fraternidad ha de ser nuestra nota identificativa. Tengamos en cuenta que, ante la crisis, está en juego su dignidad y la de sus familias y, por tanto, nada, ni los brotes de violencia esporádicos, ni la delincuencia, ni las mafias que trafican con seres humanos… pueden ser pretexto para abandonar la solidaridad verdadera, porque contra la crisis sólo hay un remedio: fraternidad.

Queremos agradecer desde aquí la acogida del Arciprestazgo de la Cuesta, de su equipo de sacerdotes, de D. Norberto y D. Celso, como párroco y diácono de la Comunidad Parroquial de Ntra. Sra. de Las Nieves que hoy nos acoge en esta Celebración del Día de las Migraciones. Agradecer igualmente a nuestro Obispo, D. Bernardo, su presencia y presidencia en la Eucaristía y sus, siempre, acertadas intervenciones en prensa, radio, etc. en cuanto se refiere a la realidad de la Migración en nuestras tierras. Gracias por el ánimo y apoyo que manifiesta a la Delegación de Migraciones en todo momento… y gracias también, como Delegado, al Equipo de la Delegación por su esfuerzo y dedicación en este campo de la Pastoral. ¡Dios Sabrá recompensar la labor realizada!

Por último gracias a la misma comunidad parroquial y de forma especial a quienes no naciendo en Canarias os sentís familia en esta o cualquier otra Parroquia y nos estáis invitando continuamente a recordar, con vuestra presencia, que la fe no tiene fronteras y que la Iglesia es un regalo universal del que podemos disfrutar si abrimos el corazón a Dios y al hermano, venga de donde venga, y vivimos en fraternidad. GRACIAS