Queridos fieles de San Cristóbal de La Laguna y de la Diócesis entera:

Que la gracia, la paz y el amor de Dios Padre, manifestado en Jesucristo su Hijo, concebido por obra del Espíritu Santo y nacido de la Virgen María, sea con ustedes.

“Cuando se cumplió el tiempo envío Dios a su Hijo nacido de una mujer”. Así, con estas palabras, presenta San Pablo el nacimiento de Jesucristo. El evangelista San Lucas nos da algunos detalles más personales, seguramente conocidos de labios de la propia madre: Ella, una joven israelita de Nazaret llamada María, recibió la visita del ángel Gabriel que le comunicó la intención de Dios de hacerse hombre y de que ella era la elegida para engendrarlo en su seno y darlo a luz. Sorprendida por esa elección, pero confiada en que para Dios nada hay imposible, aceptó lo que se le proponía y concibió al Hijo de Dios por obra y gracia del Espíritu Santo.

“Por aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña”. Así, llevando ya en su seno al Hijo de Dios recién engendrado, María se apresura a visitar a su prima Isabel para echarle una mano, pues también está esperando un hijo (el futuro Juan Bautista), y se quedará con ella los tres meses que faltaban para el parto. El encuentro entre las dos futuras madres ha quedado plasmado en el Evangelio y constituye uno de los “misterios” más significativos de la vida de María y de su Hijo Jesucristo. En la oración del Rosario lo contemplamos como el segundo de los misterios gozosos: “la Visita de la Virgen María a su prima Isabel”.

Todos conocemos el relato de lo que pasó en aquel memorable encuentro. Isabel reconoce a su prima María como la Madre del Señor, la llama bendita entre las mujeres y la felicita por su fe. María, por su parte, con sus palabras anuncia que, en adelante la honrarán todas las generaciones porque el Señor ha hecho obras grandes en su persona. Se puede decir que aquel día comenzó “la devoción a la Virgen María”. Isabel, con su actitud y sus palabras, es la primera de todas las personas que, desde aquel día y  de generación en generación, no han dejado dellamar bendita y dichosa a María, tanto por su fe como por todo lo que el Señor ha hecho por medio del Ella.

  1. María nos visita

En mi saludo, al anunciarles la Visita de la Virgen de Candelaria a La Laguna, les decía que «el traslado de la venerada imagen de la Patrona de Canarias a la Ciudad de los Adelantados nos permite revivir en primera persona la Visita de María a su prima Isabel. Una visita que llenó de alegría y bendiciones divinas a aquella familia de las montañas de Judea. Como hizo entonces, María nos visita, ahora a nosotros, para ayudarnos en nuestras necesidades y mostrarnos a Jesús, “el fruto bendito de su vientre”. Y como hizo Isabel en aquella ocasión, también nosotros la recibimos con entusiasmo y le decimos: “Bendita tú entre todas las mujeres”, “dichosa tú porque has creído en Dios y grandes cosas ha obrado el Señor por medio tuyo”…Nos unimos así a la cadena ininterrumpida de creyentes que generación tras generación han perseverado en su devoción a la Madre de Dios».

Si nos acercamos a ella con fe, nuestro encuentro con  María puede ser tan real y sincero como lo fue el de su prima Isabel. ¿Cómo es posible esto? El “misterio de la visitación de la Virgen” fue un hecho histórico que ocurrió hace más de dos mil años y –como tal hecho histórico- ya no se vuelve a repetir. Lo que sí se repite desde entonces —en todo tiempo y lugar— es lo que este misterio significa: que Dios, por medio de Jesús y de su madre la Virgen María, sigue visitándonos y comunicándonos aquellos mismos bienes que comunicó a Isabel. La Virgen María conoce nuestras necesidades y nos visita para servirnos como hizo con su prima Isabel. Esta acción de la Virgen María en la vida de cada uno es posible porque ella no es una persona del pasado. María no es simplemente alguien de otra época de quien nos queda el recuerdo de una vida ejemplar, y que ahora admiramos o tratamos de seguir en sus enseñanzas y su forma de vida. Es mucho más que eso. Ella es contemporánea nuestra.

En efecto, la Virgen María desde su Asunción al Cielo trasciende el tiempo y el espacio, ella es una persona viva que, formando parte del Misterio de Cristo y de la Iglesia, unida para siempre a Cristo y a su obra de salvación, está presente en la vida y la historia de los hombres, también en la vida y la historia de nuestras Islas Canarias, para ayudarnos a vivir bien en este mundo y llegar a gozar de la vida eterna junto con ella en el cielo. Como rezamos en la liturgia de la misa: La Virgen María, “desde su asunción a los cielos, acompaña con amor materno a la Iglesia peregrina, y protege sus pasos hacia la patria celeste, hasta la venida gloriosa del Señor”.

Sí, hay que decirlo abiertamente: María, tras haber sido llevada en cuerpo y alma al cielo, junto a su Hijo, no deja de visitar la tierra. Los “misterios” de la vida de María durante su vida en la tierra marcaron su existencia para siempre. Ella, desde el cielo, sigue realizando la misma misión que realizó en los días de su vida mortal: darnos a Jesucristo para que, por El, alcancemos el perdón de nuestros pecados y seamos verdaderos hijos de Dios. Por eso María es para nosotros “Vida y esperanza nuestra”, como reza el lema elegido para esta visita a La Laguna.

  1. María, “vida nuestra”

Cuando rezamos “la Salve” la invocamos como “vida nuestra” porque Jesucristo vino al mundo por María. No es que Ella sea por sí misma la vida, pero sí es Aquella por la cual nos vino la Vida. El medio por el cual nos pusimos en comunicación con Dios, que es la fuente de la vida. Así como no existiría la lluvia benéfica que fecunda la tierra sin la nube que la condensa en su seno y la esparce suavemente,  así tampoco hubiéramos sido regenerados en la vida sobrenatural de la gracia, por medio de la Redención de Cristo primero, y de los Sacramentos después, si no existiera la Santísima Virgen o no hubiera dado su consentimiento al ángel cuando, al anunciarle que Dios la había elegido para ser Madre de su Hijo, ella respondió: “Hágase en mí según tu palabra”.

Además, su propio Hijo, ya crucificado y poco antes de morir, nos la dio como Madre y “Ella tomó como hijos a todos los hombres, nacidos a la vida sobrenatural por la muerte de Cristo”. María es “vida nuestra” porque, como dice San Alberto Magno, “Ella ha sido después de Dios, con Dios y por Dios, la causa eficiente de nuestra regeneración, porque ha engendrado a nuestro Regenerador y porque por sus virtudes mereció este honor incomparable”. Llamar a la Virgen María “vida nuestra” es reconocernos hijos suyos y acoger su maternidad espiritual sobre cada uno de nosotros.

Creemos que su Hijo Jesucristo, nuestro Señor, le encomendó la misión de ser nuestra Madre y que ella nos acepta como hijos. Por eso, el pueblo cristiano se dirige “con filial confianza a Aquella que está siempre dispuesta a acogerlo con afecto de madre y con eficaz ayuda de auxiliadora. No en vano, el Pueblo de Dios la invoca como Consoladora de los afligidos, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad, fuerza liberadora en el pecado. Todo ello porque Ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a esto: a vencer con enérgica determinación el pecado. Y, hay que afirmarlo nuevamente, dicha liberación del pecado es la condición necesaria para toda renovación de las costumbres cristianas” (Pablo VI, Marialis Cultus, 57).

  1. María, “esperanza nuestra”

También, en la oración de “la Salve” invocamos a María como “esperanza nuestra”, porque en ella, criatura humana como nosotros, vemos cumplidas plenamente las promesas que Dios ha hecho a la humanidad y que también nosotros, con su ayuda, esperamos alcanzar. Así se lo pedimos al final de la Salve: “Ruega por nosotros Santa Madre de Dios para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo”. Como decía Pablo VI: “En Ella se ha realizado ya el proyecto de Dios para la salvación de todo el mundo. Al hombre contemporáneo frecuentemente atormentado, turbado en el ánimo y dividido en su corazón, oprimido por la soledad, la Virgen le ofrece una palabra tranquilizadora: la victoria de la esperanza sobre la angustia” (Marialis Cultus, 57). Y en nuestro himno a la Virgen de Candelaria le cantamos: “clara estrella de esperanza nuestra”.

Por dos motivos principales podemos llamar a María “esperanza nuestra”. Primero, porque durante su vida, aquí en la tierra, alimentó constantemente la virtud de la esperanza, confió plenamente en el Señor, y “concibió creyendo y alimentó esperando” al Hijo de Dios anunciado por los Profetas. Y, segundo, porque habiendo subido al cielo se ha convertido en la “esperanza de los creyentes”, ayudando a los que desesperan, y siendo al mismo tiempo aliento, consuelo y fortaleza de los que acuden a Ella. Por estos dos motivos, nos dice el Concilio Vaticano II, la Virgen María “en esta tierra, hasta que llegue el Día del Señor, precede con su luz al Pueblo de Dios peregrinante como signo de esperanza segura y de consuelo” (LG 68).

Sí. María “esperanza nuestra”. Ella esperó contra toda esperanza superando a Abrahán, el padre de los creyentes. Con su fe y esperanza -nos dicen los Santos Padres- La Virgen María concibió a Cristo antes en su mente y corazón que en su seno. Porque esperaba de verdad pudo creer que para Dios nada hay imposible. Luego se entregó enteramente a la Obra del Salvador siendo su primera colaboradora y discípula. Ella se vio obligada a ejercer constantemente la esperanza. A lo largo de las vicisitudes que narra el Evangelio y, sobre todo, en la Pasión de su divino Hijo se nos muestra como nuestra Señora de la santa y dulce esperanza que nunca defrauda.

En este sentido María es “signo”, modelo de esperanza para todos los cristianos. Hemos de mirarnos en ella, no huyendo del esfuerzo de cada día, ni proclamándolo inútil. No “esperando sentados” a que pasen las calamidades sino, como Ella, poniendo el práctica el refrán popular, “a Dios rogando y con el mazo dando”, o mejor el consejo de los santos: Haz por tu parte todo lo que puedas como si nada esperases de Dios. Y espéralo todo de Dios como si nada hubieses hecho con tu esfuerzo. Así obró María en su viaje de Nazaret a Belén, en la búsqueda de Jesús en el templo y en todas sus acciones, especialmente al estar junto a su Hijo al pie de la cruz. Ella no sólo creyó en la inviolable fidelidad de Dios a sus promesas a favor de la humanidad, como proclamaría en el Magnificat ante su prima Isabel, sino que puso su vida a disposición de Dios para que esas promesas se realizaran en la historia.

“María, Vida y Esperanza nuestra”, hermoso referente para la Visita de Ntra. Sra. de Candelaria a La Laguna. Es un lema que refleja muy bien la función eficiente de Nuestra Señora en la Historia de la Salvación. Es un lema que nos invita a dirigirnos a María con mayor confianza y devoción al comprender mejor la oración de “la Salve” que, desde la infancia, hemos rezado miles de veces y donde llamamos a la Virgen “Vida, dulzura y esperanza nuestra”. A su poderosa intercesión hemos confiado siempre —y le confiamos también ahora— nuestras necesidades y anhelos, con la certeza de que Ella las toma sobre sí y las atiende favorablemente, alcanzándonos las gracias que necesitamos.

  1. Aprender de María

Además de su prima Isabel, nos habla el Evangelio de otra mujer que también practicó la devoción a la Virgen María. Una vez estaba Jesús hablando a la multitud como en tantas ocasiones. En esto una mujer emocionada en lo más profundo del corazón ante la enseñanza de Jesús, ante su figura amable, no pudo contener su admiración y, alzando la voz, gritó: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron” (Lc. 11,27). El Señor la debió mirar complacido y con agradecimiento. Jesús, recogiendo la alabanza, hace aún más profundo el elogio a su Madre: “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 11, 28). Ciertamente, María es bienaventurada por haber llevado en su seno al Hijo de Dios y por haberlo alimentado, pero lo es aún más por haber cumplido con fidelidad la Palabra de Dios.

Por eso, para que la Visita de la Virgen María Ntra. Sra. de Candelaria a La Laguna sea plenamente de su agrado, junto a nuestras alabanzas, nuestras oraciones y cualquier otra manifestación de afecto a la Virgen, hemos de poner nuestro deseo y firme propósito de vivir —como Ella— en permanente obediencia a la voluntad de Dios. No debemos olvidar, nos enseñaba el Papa Pablo VI, que “la finalidad última del culto a la bienaventurada Virgen María es glorificar a Dios y empeñar a los cristianos en un vida absolutamente conforme a su voluntad”. Como a la mujer del Evangelio, también a nosotros, que emocionados y agradecidos, gritamos ¡Viva la Virgen de Candelaria!, Cristo nos dice: “Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”. Es decir, nos pide que vivamos según los mandamientos de Dios. Sus palabras son como un eco de otras llamadas que Él mismo hizo en otras ocasiones: “No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7, 21) y “Vosotros sois amigos míos, si hacéis cuanto os mando” (Jn 15, 14).

A lo largo de los quince días de Visita de la Virgen de Candelaria a La Laguna, tenemos la oportunidad de meditar todo esto y así, fijándonos en María y apoyándonos en su intercesión, podremos avanzar hacia un más pleno cumplimiento de la voluntad de Dios es nuestra vida. María es la figura ejemplar para todo creyente por haber hecho siempre, y en todo, la voluntad de Dios. Para vencer el pecado y crecer en santidad debemos levantar los ojos hacia María, que brilla ante toda la comunidad cristiana como modelo de virtudes. Como nos enseña el Concilio Vaticano II: “La verdadera devoción no consiste ni en un afecto estéril y transitorio, ni en vana credulidad, sino que procede de la fe verdadera, por la que somos conducidos a conocer la grandeza y dignidad de la Madre de Dios y somos impulsados a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes” (LG 67). De María debemos aprender a:

  • Hacer de Dios el centro de nuestra vida: nada ni nadie puede anteponerse a Dios.
  • Buscar, conocer, aceptar y cumplir la voluntad de Dios sobre nosotros. Hacer siempre su voluntad por encima de nuestros gustos y deseos.
  • Ser fieles a Dios y vivir unidos a Él por la oración y los sacramentos.
  • Entregarnos responsable y generosamente al cumplimiento de nuestros deberes familiares, profesionales y cívicos.
  • Velar y trabajar por el bien común, especialmente de los más pobres y necesitados.
  • Ser humildes de corazón y sencillos en nuestro modo de vivir, como lo fue ella.
  • Vivir alegres y esperanzados en el Señor, a pesar de las pruebas y tribulaciones.

  1. Orar por medio de María, orar como María y orar a María

En estos días, oremos pidiendo a Dios que por la intercesión de la Virgen María, “vida y esperanza nuestra”, nos conceda fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor. Que nos ayude para orientar nuestra esperanza hacia los bienes de arriba, cumplir nuestra misión en este mundo y recibir un día los dones que la fe nos invita a esperar.

En estos días oremos, también, como María: escuchando la Palabra de Dios, diciendo a Dios “hágase tu voluntad”, ofreciéndonos a colaborar con Dios en la construcción de un mundo mejor para todos,  reconociendo y proclamando la obra del Señor en mí y en los demás…

Y en estos días, en fin, oremos a la Virgen María, con palabras del Papa Benedicto XVI, “Santa María, Madre Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia Cristo. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino”. (Spe salvi, 50 – final) y también: “Virgen María de Candelaria, como nos han enseñado desde niños te decimos: Virgen morenita, dulce Madre del Divino Amor, clara estrella de esperanza nuestra, luz que irradia del eterno Sol. A ti acudimos, Madre y Abogada nuestra; tú conoces las necesidades de tus hijos, los gozos y las esperanzas de los que te invocan; intercede ante tu Hijo Jesucristo, para que nunca nos falten los bienes materiales y espirituales que necesitamos para ser felices en esta vida y alcanzar la vida eterna”.

Que Dios les bendiga y, con la protección de María, les colme con toda clase de bienes.

† Bernardo Álvarez Afonso

         Obispo Nivariense