María, ternura de Dios

//María, ternura de Dios

Carta del Obispo con motivo de la LXIX Bajada de la Virgen de las Nieves. Año 2020


 

A los hombres y mujeres de la isla de La Palma, donde quiera que se encuentren:

Que la gracia, la paz y el amor de Dios Padre, manifestado en Jesucristo su Hijo, concebido por obra del Espíritu Santo y nacido de la Virgen María, sea con ustedes.

Los palmeros, fieles a una tradición que comenzó hace 340 años, los días 11-12 de julio de 2020 festejamos a la Virgen María de la Nieves celebrando la 69ª Bajada desde su Santuario Insular a Santa Cruz de la Palma. Una vez más, la comunidad cristiana y con ella toda la sociedad, queremos honrar a nuestra Madre de la Nieves por su constante protección y ayuda a lo largo de la historia de la Isla de La Palma. Una isla que, junto con Tenerife, La Gomera y El Hierro, desde hace 200 años, forma parte de la Diócesis de San Cristóbal de La Laguna o Nivariense.

Las fechas citadas, son los dos días centrales y culminantes de las “Fiestas de la Bajada”, que se inician el 28 de junio y concluyen el 5 de agosto, fecha en la que la venerada imagen, retornará, de nuevo, a su histórico y centenario Santuario al pie del monte. En esta ocasión, con el lema “María, ternura de Dios”, queremos celebrar a la Virgen María como signo e instrumento de la ternura de Dios para toda la humanidad. La Virgen María, de la que nació Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, no es simplemente un personaje del pasado que recordamos con admiración, y mucho menos una imagen hecha con nuestras manos. Ella es una mujer viva, de hoy, que tiene mucho que ver con nuestra vida presente. Ésta es una verdad que, por libre beneplácito de Dios, forma parte integrante del misterio de la salvación realizada por Cristo y así lo creemos en la Iglesia Católica.

«Después de haber participado en el sacrificio redentor de Cristo, y ello en modo tan íntimo que mereció ser proclamada por Él Madre, no sólo del discípulo Juan, sino del género humano representado de alguna manera por él. Ahora, desde el cielo, continúa cumpliendo su maternal función de cooperadora en el nacimiento y en el desarrollo de la vida divina en cada una de las almas de los hombres redimidos» (Pablo VI, Signum Magnum 8).

María, una persona viva que camina con nosotros

Las imágenes de las distintas advocaciones de la Virgen, en este caso, la bella imagen de Nuestra Señora de las Nieves, es un medio visible mediante la cual elevamos nuestra mente y nuestro corazón a María, la Madre del Señor y Madre nuestra. Una mujer elegida por Dios para darnos a su Hijo Jesucristo y que, habiendo vivido en este mundo hace dos mil años, completada su existencia terrena fue llevada al cielo en cuerpo y alma. Desde allí, viviendo para siempre junto a Dios, ejerce su papel de Madre de todos nosotros, tal como se lo encomendó el Señor cuando estaba junto a Él al pie de la cruz: “Ella, al recibir junto a la cruz el testamento de tu amor divino, tomó como hijos a todos los hombres, nacidos a la vida sobrenatural por la muerte de Cristo”.

Así expresa el Concilio Vaticano II la fe de los cristianos en el protagonismo de la Virgen María en obra de la salvación realizada por Cristo en favor de toda la humanidad:

[La Virgen María] «Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en el templo al Padre, padeciendo con su Hijo mientras Él moría en la Cruz, cooperó en forma del todo singular, por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad en la restauración de la vida sobrenatural de las almas. Por tal motivo es nuestra Madre en el orden de la gracia.

Y esta maternidad de María perdura sin cesar, desde el momento en que prestó fiel asentimiento en la Anunciación, y lo mantuvo sin vacilación al pie de la Cruz, hasta la consumación perfecta de todos los elegidos. Pues una vez recibida en los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la eterna salvación.

Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz» (Lumen Gentium 61-62).

Como proclamamos en la liturgia de la Iglesia, “la Virgen María, desde su asunción a los cielos, acompaña con amor materno a la Iglesia peregrina, y protege sus pasos hacia la patria celeste, hasta la venida gloriosa del Señor”. Y el Papa Francisco nos recuerda que, “María, como una verdadera madre, camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios. A través de las distintas advocaciones marianas, ligadas generalmente a los santuarios, comparte las historias de cada pueblo que ha recibido el Evangelio, y entra a formar parte de su identidad histórica” (Evangelii Gaudium, 286).

Así ha sido y sigue sucediendo en nuestra Isla de La Palma. A la Virgen María la sentimos cerca y la vemos como una persona presente en nuestra vida, transmisora de esperanza y alegría, llena de amor para nosotros, interesada en nuestro bien; sin duda, después de Jesucristo, la que más nos ama y busca nuestra felicidad. Como decimos en un canto litúrgico: “Mientras recorres la vida, tú nunca solo estás; contigo por el camino, Santa María va”. Esta convicción de fe -la presencia viva y protectora de María entre nosotros- es lo que nos mueve a celebrar esta LXIX Bajada de la Virgen de la Nieves.

Lo hacemos para dar gloria a Dios por habernos dado a María como Madre y para honrarla a Ella, que es “Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra”. Y lo hacemos, también, porque queremos seguir acogiéndonos a su protección amorosa y suplicarle: “Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre, oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María”. En estas expresiones de la Salve a la Virgen se habla de “la dulzura de María”. Así se entiende la elección de nuestro lema, “María, ternura de Dios”.

María, ternura de Dios

En efecto, María es, sin duda, una manifestación de la ternura del corazón de Dios. Y esto por dos razones. La primera porque en Ella todo es fruto de la bondad de Dios y así lo proclamó ante su prima Isabel, cuando dijo, “me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí”; y la segunda, porque al asociarla Cristo en la obra de nuestra salvación, ella es instrumento de la ternura de Dios en favor nuestro.

En la Biblia, palabras como amor, misericordia, ternura, clemencia, compasión, bondad… son cercanas en su significado y expresan sentimientos que nacen del corazón, que “salen de las entrañas”; por eso, en el evangelio se habla de “la entrañable misericordia de nuestro Dios” (Luc. 1,78). La ternura de Dios para con nosotros nace de lo más íntimo de su ser.

Algunos textos bíblicos lo ponen de manifiesto como este del profeta Oseas: “Yo enseñé a andar a Efraín, lo llevé en mis brazos. Con cuerdas de amor los atraía, con cuerdas de cariño. Fui para ellos como quien alza una criatura a las mejillas, me inclinaba y le daba de comer […]. ¿Cómo podré dejarte, Efraín, entregarte, Israel…? Me da un vuelco el corazón, se me conmueven las entrañas” (Os. 11,3-4.8), y también este otro del profeta Isaías: “¿Podrá una madre olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré. Mira, en mis palmas te llevo tatuado” (Is. 49, 15-16). Y el salmo 103: “Como la ternura de un padre con sus hijos es la ternura del Señor con sus fieles”.

Y como no recordar, en la “parábola del hijo pródigo”, la imagen emocionante del padre que siente en sus entrañas la lejanía y el vacío del hijo insensato que lo abandonó a él y se alejó del calor del hogar. El padre no deja de quererlo y espera que vuelva. Y cuando regresa, en el encuentro, lo primero que brilla es la ternura; el padre llena de besos al hijo que le había despreciado. Luego vendrán múltiples gestos de ternura: vestido nuevo y sandalias nuevas, un anillo, la fiesta, la música, el banquete (Cf. Lc. 15, 11-24). Así es Dios, que a la ternura añade el perdón, la comprensión de nuestra debilidad y la ayuda que necesitamos para recuperarnos.  Sus entrañas le reclaman buscar al hombre y ofrecerle su amistad. Por eso, compadecido del extravío de los hombres, quiso nacer de la Virgen María y, hecho hombre, tiende la mano a todos. Como dice el Papa Francisco: “Ocurra lo que ocurra, hagamos lo que hagamos, tenemos la certeza de que Dios es cercano, comprensible, dispuesto a conmoverse por nosotros”.

La Virgen María experimentó la misericordia divina en su propia vida y acogió en su seno la fuente misma de esta misericordia: Jesucristo. Ella, que ha vivido siempre íntimamente unida a su Hijo, sabe mejor que nadie lo que Él quiere: que todos los hombres se salven, que a ninguna persona le falte nunca la ternura y el consuelo de Dios. Así se comprende lo que nos dice el Papa Francisco: “Ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno […] En los santuarios puede percibirse cómo María reúne a su alrededor a los hijos que peregrinan con mucho esfuerzo para mirarla y dejarse mirar por ella. Allí encuentran la fuerza de Dios para sobrellevar los sufrimientos y cansancios de la vida”.

La devoción a la Virgen de las Nieves en La Palma

En la Isla de La Palma, a lo largo de los siglos, miles y miles de fieles cristianos han peregrinado hasta el Santuario de las Nieves para honrar a la Madre de Dios, presentarle sus necesidades, cumplir las promesas realizadas, darle gracias por los favores recibidos, hacerle ofrendas…  Fieles, devotos de la Virgen, que han   experimentado como Ella dirige sus ojos misericordiosos a las preocupaciones de quienes la invocan con fe y les ha obtenido la gracia de resolver problemas difíciles. Prueba de ello son “las prendas” y “los vestidos” que adornan la imagen, así como “los exvotos” ofrecidos a la Patrona de La Palma, y que actualmente se pueden contemplar en el “camarín” de la Virgen. “Prendas y exvotos” que son la memoria visible de la fe y devoción de los palmeros a la Virgen de las Nieves, y de cómo han experimentado que “María, como una verdadera madre, camina con nosotros y lucha con nosotros” (Papa Francisco).

Todo ello pone de manifiesto la verdad del lema elegido para esta 69ª Bajada de 2020, “María, ternura de Dios”, porque, ciertamente, detrás de cada objeto ofrecido a la Virgen está el cumplimiento de una promesa o el agradecimiento por un favor recibido; es decir, está una parte de la historia de personas que, confiando en la protección de Nuestra Señora de la Nieves, le encomendaron alguna situación personal, familiar o social, y acompañaron su oración con una ofrenda o exvoto que dejara constancia visible del protagonismo de la Virgen de las Nieves en sus vidas. Sería hermoso conocer la situación que, en su momento, vivieron quienes han ofrecido los exvotos y prendas a la Virgen, y como experimentaron la ternura de la Madre de Dios para con ellos. Así podríamos comprobar el arraigo de la fe y devoción de los palmeros a Nuestra Señora de las Nieves y, también, comprenderíamos mejor su incidencia en la historia de La Palma.

María, ternura de Dios. Cada uno, con poco que nos paremos a pensarlo, podemos decir “es verdad, yo lo he vivido”. Sí, porque, incluso sin que se lo hayamos pedido, la Virgen María cuida con amor materno de cada uno de nosotros. Con frecuencia sucede como en las Bodas de Caná, sin que nadie se lo pidiera, ella está atenta a lo que pasa y -ante una necesidad- suplica a su Hijo Jesucristo para que intervenga en favor de aquella familia. Como dice el Papa Francisco: “Ella es la amiga siempre atenta para que no falte el vino en nuestras vidas. Ella es la del corazón abierto por la espada, que comprende todas las penas” (EG 286).

Cuántas veces en nuestra vida nos encontramos con auténticos regalos, con situaciones agradables que no se deben a nosotros o con problemas que se solucionan sin que hayamos hecho nada. A veces, se oye decir, “fue una suerte”; como si la vida fuera una lotería. La experiencia nos dice que “detrás de un efecto siempre hay una causa” y que las cosas no ocurren por casualidad.

Dios actúa por medio de la Virgen María

Los creyentes sabemos que “en Dios, vivimos, nos movemos y existimos” (Hech. 17,28) y que Dios es “Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos” (Ef. 4,6). Esto quiere decir que todos los bienes de nuestra vida vienen de Dios y son expresión de su amor y ternura para con nosotros. Ahora bien, para comunicarnos sus dones, Dios “actúa por medio de todos”, y de un modo peculiar por medio de la Virgen María, a la que eligió para darnos a Jesucristo el salvador del mundo y a la que encomendó la misión de ser para siempre nuestra Madre espiritual, manifestación activa de la ternura de Dios para toda la humanidad.

María, ternura de Dios. Así se manifestó a lo largo de la vida de Jesús y de los comienzos de la Iglesia. María, la “llena de gracia”, no sólo experimenta la ternura de Dios para con ella, sino que es consciente que los dones recibidos le han sido dados para ser instrumento, mediación, de la ternura de Dios para con todos. Por eso, la vemos siempre atenta a las necesidades de los demás y, con un corazón sensible, se pone manos a la obra para que la ternura de Dios se manifieste a través de ella. Ante lo que le rodea, María está con la mirada atenta, el corazón sensible y la vida disponible para manifestar con sus obras y palabras la ternura de Dios. Así lo vemos en la visita a su prima Isabel, en el cuidado de Jesús niño, en las Bodas de Caná, en la cercanía a su Hijo en el momento de la pasión, luego acompañando y animando a los discípulos en la espera del Espíritu Santo… y así, a lo largo de la historia de la Iglesia, hasta hoy.

«Cada vez que miramos a María -nos dice el Papa Francisco- volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importante» (EG 288). Por eso, en el momento presente, tengamos la certeza de que la Virgen María nos acompaña e intercede a Dios por nosotros. La certeza de que podemos acudir a Ella con toda confianza, cualquiera que sea la situación material o espiritual en la que nos encontremos. Como nos enseña San Bernardo:

“Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la estrella, llama a María. Si eres agitado por las olas de la soberbia, de la detracción, de la ambición o de la envidia, mira a la estrella, llama a María. Si la ira, la avaricia o la impureza impelen violentamente la navecilla de tu alma, mira a María (…) No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón (…). No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en Ella piensas. Si Ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás, si es tu guía: llegarás felizmente a puerto, si Ella te ampara”. (San Bernardo, sermón sobre las excelencias de la Virgen Madre).

La Virgen María, contemplándonos con los ojos de Dios y viendo nuestras necesidades, es para nosotros Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora… De esta constante intercesión por el Pueblo de Dios, la Iglesia ha estado persuadida ya desde los primeros siglos, como lo atestigua una de las más antiguas oraciones dirigidas a la Virgen María: “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios: no rechaces nuestras súplicas en las necesidades, más líbranos siempre de todos los peligros, oh Virgen gloriosa y bendita”.

A San Bernardo se le atribuye una conocida oración que expresa esa seguridad en que la Virgen María vela por nosotros: «Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado. Animado por esta confianza, a Vos acudo, Madre, Virgen de las vírgenes, y agobiado por el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén».

Celebrar la Bajada “en espíritu y verdad”

Al celebrar la Bajada de la Virgen de las Nieves del 2020, queremos reconocer, agradecer y proclamar que “Dios rico en misericordia” (Ef. 2,4), mediante “María, ternura de Dios”, nos ha colmado con toda clase de bienes. Y, también, como beneficiaros de esta ternura, queremos sacar fruto abundante para nuestra vida y la de los demás. Como dice el Papa Francisco: “Sentirnos amados por Dios y sentirnos llamados a amar en nombre de Dios”.

Como la Virgen María estamos llamados a ser “ternura de Dios” en el mundo que nos ha tocado vivir. A través de nosotros, Dios quiere mostrar su ternura a todos. Quiere que quienes se sienten desolados o abandonados experimenten que Él nunca se olvida de ellos. Sabemos que debemos amarnos unos a otros como Cristo nos ha amado y, por tanto, igual que “Él dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1Jn. 3, 16).

La Fiestas de la Bajada de la Virgen son una manifestación visible, y muy elocuente, de nuestra devoción hacia ella, pero tenemos que evitar quedarnos en lo que ya denunció Jesús: “este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. El Concilio Vaticano II nos recomienda:

«Recuerden, pues, los fieles que la verdadera devoción no consiste ni en un afecto estéril y transitorio, ni en vana credulidad, sino que procede de la fe verdadera, por la que somos conducidos a conocer la excelencia de la Madre de Dios y somos impulsados a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes» (LG 67).

Para que la Bajada sea de verdad una fiesta en honor de la Virgen María de las Nieves, para que sea plenamente de su agrado, junto a nuestras alabanzas, a nuestras oraciones y a cualquier otra manifestación festiva, hemos de poner nuestro deseo y el firme propósito de vivir —como ella— en permanente obediencia a la voluntad de Dios. El Papa Pablo VI nos previno con estas palabras:

«Por si fuese necesario, quisiéramos recalcar que la finalidad última del culto a la bienaventurada Virgen María es glorificar a Dios y empeñar a los cristianos en una vida absolutamente conforme a su voluntad. Los hijos de la Iglesia, en efecto, cuando uniendo sus voces a la voz de la mujer anónima del Evangelio, glorifican a la Madre de Jesús, exclamando, vueltos hacia El: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te crearon” (Lc 11, 27), se verán inducidos a considerar la grave respuesta del divino Maestro: “Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 11, 28)» (Marialis cultus 39).

Con esta oración del Papa Benedicto XVI, pidamos a la Virgen de las Nieves que nos ayude a celebrar su Bajada “en espíritu y verdad” y así podamos dar fruto abundante de buenas obras:

“Santa María, Madre de Dios,

tú te has entregado por completo a la llamada de Dios

y te has convertido así en fuente de la bondad que mana de Él.

Muéstranos a Jesús. Guíanos hacia Él.

Enséñanos a conocerlo, amarlo y seguirlo,

para que también nosotros podamos llegar a ser capaces de un verdadero amor

y ser fuentes de agua viva en medio de un mundo sediento”.

(Benedicto XVI. Deus Caritas est, 42)

 Cristo nos necesita para amar: Como María, llamados a ser ternura de Dios.

“Dios quiere que todos los hombres se salven” (1Tim. 2,3), por eso, “Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn. 3,17). Nosotros, con todo lo que somos y tenemos, somos fruto del amor de Dios manifestado en Jesucristo. Ahora bien, para amarnos, Dios se ha valido de las personas que nos rodean, desde nuestros padres hasta la gente con la que nos relacionamos en la vida diaria. Todos somos, mutuamente, un abrazo de Dios los unos para los otros. Tomando conciencia de ello, comprendemos que, así como yo experimento el amor de Dios mediante otras personas, a través de mí los demás se sentirán amados por Dios. En esta Bajada, pidamos a la Virgen de las Nieves que nos ayude a convertir nuestra existencia cotidiana en un humilde instrumento del amor de Dios para todos. El Papa Francisco lo expresa así:

«Cuando el hombre se siente verdaderamente amado, se siente inclinado a amar. Por otro lado, si Dios es ternura infinita, también el hombre, creado a su imagen, es capaz de ternura. La ternura, entonces, lejos de reducirse al sentimentalismo, es el primer paso para superar el replegarse en uno mismo, para salir del egocentrismo que desfigura la libertad humana. La ternura de Dios nos lleva a entender que el amor es el significado de la vida. Comprendemos, por lo tanto, que la raíz de nuestra libertad nunca es autorreferencial. Y nos sentimos llamados a derramar en el mundo el amor recibido del Señor, a declinarlo en la Iglesia, en la familia, en la sociedad, a conjugarlo en el servicio y la entrega. Todo esto no por deber, sino por amor, por amor a aquel por quien somos tiernamente amados… Hoy, más que nunca, hace falta una revolución de la ternura. Esto nos salvará» (Mensaje al Congreso sobre la ternura).

Por eso, nos viene bien hacer nuestro el canto litúrgico “Cristo te necesita para amar”:

Cristo te necesita para amar, para amar.

No te importen las razas ni el color de la piel

ama a todos como hermanos y haz el bien.

Al que sufre y al triste dale amor, dale amor

al humilde y al pobre dale amor.

Al que vive a tu lado dale amor, dale amor

al que viene de lejos dale amor.

Al que habla otra lengua dale amor, dale amor

al que piensa distinto dale amor.

Como María, todos estamos llamados a “engendrar a Cristo y darlo a luz”

Nos puede parecer sorprendente esta expresión “engendrar a Cristo y darlo a luz”. Sin embargo, el propio Jesús nos dijo: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Lc. 8,21). San Jerónimo decía, “aunque, según la carne, sólo hay una Madre de Cristo, según la fe, todas las almas engendran a Cristo, pues cada uno acoge en sí al Hijo de Dios”. Quiere decir que Cristo debe encontrar morada en nuestra alma y en nuestra vida, de modo que como decía San Pablo: “Vivo yo, más no yo, es Cristo quien vive en mí”. Pero no sólo acogerlo para nosotros, sino para “darlo a luz”, para llevarlo al mundo de modo que otros puedan acoger a Cristo y creer en Él.

Lo que Dios hizo con la Virgen María de manera única, también nos sucede a nosotros a nivel espiritual cuando acogemos la Palabra de Dios con corazón bueno y sincero y la ponemos en práctica. Es como si Dios adquiriera carne en nosotros. Él viene a habitar en nosotros, porque toma morada en aquellos que le aman y cumplen su Palabra. También, como María le dijo al ángel, podemos preguntarnos ¿Cómo será esto posible? Sabemos que Dios no actúa en nosotros ignorando nuestra libertad, sino que, como sucedió con María, Él sólo interviene a través de nuestro libre consentimiento, de nuestro “hágase tu voluntad”. Y cuando decimos “nuestro sí”, el Espíritu Santo hace posible que “Cristo se haga carne en nosotros”.

En relación con esta sorprendente y admirable verdad de nuestra fe, el Papa Benedicto XVI, decía: «¿Somos conscientes de esto? ¿O tal vez pensamos que la encarnación de Jesús es sólo algo del pasado, que no nos concierne personalmente? Creer en Jesús significa ofrecerle nuestra carne, con la humildad y el valor de María, para que él pueda seguir habitando en medio de los hombres; significa ofrecerle nuestras manos para acariciar a los pequeños y a los pobres; nuestros pies para salir al encuentro de los hermanos; nuestros brazos para sostener a quien es débil y para trabajar en la viña del Señor; nuestra mente para pensar y hacer proyectos a la luz del Evangelio; y, sobre todo, nuestro corazón para amar y tomar decisiones según la voluntad de Dios. Todo esto acontece gracias a la acción del Espíritu Santo. Dejémonos guiar por él».

Qué cosa más extraordinaria y fructífera es ser cristiano. Qué misión más hermosa: Ser manifestación de la ternura de Dios para todos, especialmente para los más necesitados en su cuerpo y en su espíritu.  Para ello, lo primero es querer serlo de verdad y, teniendo la confianza de que para Dios nada hay imposible, suplicarle con fe “hágase tu voluntad”. Teniendo la confianza de que la Virgen María viene con nosotros en nuestro caminar, le propongo hacer esta oración de San Anselmo:

Dios mío, tú eres mi ternura.
Dame la gracia de llenarme de misericordia,
de compadecerme de quienes viven angustiados,
y de correr en ayuda de quienes pasan necesidad.
Dame la gracia de aliviar a los desgraciados,
de dar hogar a los que no lo tienen,
de consolar a los que sufren,
de animar a los deprimidos.
Dame la gracia de devolver la alegría a los pobres,
de servir de apoyo a los que lloran,
de perdonar a mis ofensores,
de amar a los que me odien,
de devolver siempre bien por mal,
de no despreciar a nadie y respetar a todos. Amén.

Expresar y acrecentar nuestra fe

Sin duda, todas las Bajadas de la Virgen de las Nieves, han servido a los palmeros para expresar y acrecentar la fe en la Virgen María y en Aquél que -por obra del Espíritu Santo- se hizo hombre naciendo de ella, Jesucristo el Hijo de Dios.

Una fe que se ha conservado y transmitido de generación en generación. En nuestras manos está que el sentido profundo de la Bajada, aquello que la originó, no se pierda o se desvirtúe. En nuestras manos está que “los adornos” y “la decoración”, con los que queremos honrar a la Virgen María, no se conviertan en el centro de la fiesta. No podemos pasar de la “estética” en las expresiones de la fe, a la “fe en la estética”.

Al celebrar la Bajada de la Virgen, ante todo, expresamos lo que María es para nosotros; anunciamos nuestra fe a toda la sociedad; se podría decir que la Bajada es un acontecimiento misionero. Y, precisamente por ello, es una ocasión para reavivar y acrecentar nuestra fe; sobre todo, para proponeros vivirla con mayor coherencia, superando la tentación de separar la fe de la vida. Siempre es verdad que la fe se fortalece y se acrecienta cuando se vive con autenticidad y se da testimonio de ella a los demás.

Para que este acrecentamiento de la fe se produzca, recordando las palabras de Jesús que nos dijo, “sin mí no podéis hacer nada” (Jn. 15,5), es necesario acoger la gracia de Dios que se nos ofrece en las celebraciones propiamente religiosas, participando activamente en ellas. En cierto modo, como non enseña Jesús, debemos “hacernos como niños”, necesitados de Dios y así experimentar su ternura. Hacernos como niños ante nuestra Madre de las Nieves y decirle:

Junto a ti María como un niño quiero estar,
tómame en tus brazos guíame en mi caminar.

Quiero que me eduques, que me enseñes a rezar,
hazme transparente, lléname de paz.

Gracias Madre mía por llevarnos a Jesús,
haznos más humildes tan sencillos como Tú.

Gracias Madre mía por abrir tu corazón,
porque nos congregas y nos das tu amor.

“María, ternura de Dios”. Que la Virgen María de las Nieves nos conceda experimentar la ternura de Dios y nos ayude a ser como ella, manifestación de esa ternura para con todos los que nos rodean. Que siembre en nuestro corazón en el sentido de pertenencia mutua y el espíritu de convivencia para que seamos puerta abierta para acoger a los demás y vehículos del amor de Dios. Que haga suya, en nuestro favor, esta súplica de una plegaria de la misa: “Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido”.

 

Es lo que deseo para todos al celebrar la Bajada de la Virgen de las Nieves de 2020.

De todo corazón, les bendice,

 

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense

2020-02-07T13:33:45+00:00febrero 7th, 2020|De parte del Obispo|0 Comments
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