A los hombres y mujeres de la isla de La Palma, donde quiera que se encuentren:

Que la gracia, la paz y el amor de Dios Padre, manifestado en Jesucristo su Hijo, concebido por obra del Espíritu Santo y nacido de la Virgen María, sea con ustedes.

Fiel a su cita quinquenal, desde el año 1680, los días 17-18 de julio celebramos en Santa Cruz de La Palma la 67ª Bajada de la Virgen de las Nieves, desde su Santuario al pie del monte hasta la parroquia Matriz de El Salvador. Las citadas fechas, son los dos días centrales y culminantes de las “Fiestas de la Bajada” en honor de la Virgen María, que se inician el 3 de julio y concluyen el 5 de agosto, fecha en la que la venerada imagen, retornará, de nuevo, a su histórico y centenario Santuario, construido a partir de una primitiva ermita erigida ya a comienzos del siglo XVI (ca. 1517).

  1. Sentido de la Fiesta de la Bajada de la Virgen de las Nieves

El origen y motivo de esta centenaria Fiesta está en la fe y gratitud de los palmeros a la Virgen de las Nieves. Desde los primeros tiempos de nuestra historia, siempre hemos acudido a Ella con gran fervor para suplicarle en los momentos de dificultad y para darle gracias por los beneficios recibidos. Como es sabido, esta devoción fue conocida y muy valorada por el Obispo Bartolomé García Ximénez, hasta el punto que, en 1676, determinó que en adelante, cada cinco años, se hiciera fiesta en honor a la Virgen de la Nieves “bajando” la venerada imagen en procesión desde el monte hasta la capital de la Isla.

A lo largo de 330 años, de generación en generación, los palmeros hemos mantenido viva la celebración de “La Bajada”. Una fiesta en la que procuramos poner a los pies de la Virgen lo mejor de nosotros mismos y, gracias a eso, con el paso del tiempo, la hemos enriquecido con singulares actos de gran arraigo y popularidad, todos ellos siempre con referencia y en honor a la Virgen María. “La Procesión”, “Los Enanos”, “El Carro”, “El Minué”, “La Romería” y tantos otros actos (culturales, deportivos y lúdicos) no son sino adornos que le ponemos a la Virgen para decirle: “Bendita tú, entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre, Jesús”.

Las celebraciones y las fiestas son parte irrenunciable de la vida humana. Necesitamos celebraciones, fiestas, cultos, rituales… para expresarnos y desarrollarnos plenamente. Lo que no se expresa, ni se comunica, ni se celebra… o no existe en la realidad o termina muriéndose. Sin fiesta no se puede vivir. Cuando faltan las celebraciones, la vida pierde sabor y sentido, conciencia y lucidez. Pero, también, particularmente en el campo de la experiencia religiosa, si cuando hacemos una fiesta faltan la vivencia y las convicciones que tienen que ver con esa fiesta, la celebración puede convertirse en un ritual artificial y vacío de contenido, una apariencia hipócrita, incapaz de darnos la alegría que necesitamos y buscamos. Como nos enseña Jesús en el Evangelio, las cosas hay que hacerlas “en espíritu y en verdad”.

Cuando quienes hacemos una fiesta somos creyentes, y mucho más si es una “fiesta en honor de la Virgen”, el componente religioso está en la raíz misma de la fiesta y constituye su razón fundamental. Para quienes hemos conocido y creído en Dios, tener fe implica reconocer y agradecer que todo lo que somos y tenemos, todo lo que podemos y sabemos, lo hemos recibido de Dios por los medios y las personas que Él haya querido poner en nuestro camino. Para un verdadero creyente, la vida y la fe caminan juntas. Cuando hacemos una fiesta, incluimos en ella las celebraciones religiosas para poner de manifiesto nuestro reconocimiento de que “en Dios somos, nos movemos y existimos” y de que Él es “origen, guía y meta del universo”. En último término, todo lo hacemos para la “gloria de su Nombre”. En buena lógica, para el creyente, también los actos festivos, no específicamente religiosos, si no van contra la ley de Dios, son actos de culto, de aquel culto espiritual y razonable del que nos habla san Pablo cuando dice “glorificad a Dios con vuestra vida”. Todos los valores de la fiesta: lo artístico, la convivencia, el folklore, el baile, el deporte… son agradables a Dios. Como dice San Pablo: “Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1Cor 10,31), y a Dios se le da gloria cuando se somete todo a su voluntad.

Para la Bajada de este año 2010 hemos elegido el lema: “María, causa de nuestra alegría”. Toda fiesta es siempre una expresión de alegría. Hacemos fiesta porque estamos alegres, porque tenemos algo bueno que celebrar. En sí misma, la Bajada de la Virgen, se ha convertido para los palmeros en un acontecimiento en el que revivimos la historia y la vida de nuestro pueblo, una historia y una vida llena de fe y tradición cristiana, llena de costumbres y valores culturales, llena de trabajo y esperanza en el futuro, llena de amor a lo nuestro y de apertura al mundo. Una historia de la que nos sentimos muy orgullosos y en la que siempre ha estado presente la Virgen de Las Nieves, y de la que ella misma ha sido protagonista con su amparo y protección. Sí, la Virgen María, en su advocación de Las Nieves, ha puesto su mano en nuestra historia y ha contribuido a configurar nuestra identidad, ella ha sido y es bendición para todos los palmeros pues, por su medio, “el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres” (Salmo 125). La Fiesta de “La Bajada” es en honor de la Virgen María; ella es la causa de nuestra fiesta y de nuestra alegría.

El lema “María, causa de nuestra alegría”, me da pie para ofrecerles algunas reflexiones sobre la importancia y necesidad de la alegría en nuestra vida, así como del papel de María “para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría”.

2.- La alegría, valor humano fundamental.

La felicidad es una necesidad fundamental del ser humano. El anhelo de ser feliz está arraigado en lo más profundo de nuestro corazón. De hecho, la alegría es un elemento constitutivo de nuestra condición humana: existimos para ser felices. Dios, al crearnos, ha puesto en nosotros la capacidad de buscar y sentir la felicidad. “La persona humana está creada para la alegría, no se puede vivir largo tiempo sin alegría” (Aristóteles). La misma experiencia cotidiana así nos lo demuestra pues, en todo lo que hacemos, en último término sólo buscamos sentirnos bien y ser felices.

Entre los elementos que configuran “una vida feliz”, la alegría ocupa un lugar preeminente. Ésta es uno de los sentimientos fundamentales del alma humana y la experimentamos cuando encontramos satisfacción ante la posesión de un bien conocido y amado. También produce alegría la esperanza cierta de conseguir ese bien, aunque todavía no lo hayamos obtenido. Cuando San Pablo nos dice: “que la esperanza os tenga alegres”, está indicando que la esperanza es una fuente de alegría que dinamiza la vida y nos pone en tensión hacia la búsqueda del bien. La alegría es un estado de ánimo que supone gozo interior, regocijo, satisfacción, dicha, contento y júbilo.

La alegría es un bien del que todos debemos disfrutar constantemente, debe ser una cualidad permanente de nuestra vida. “Estad siempre alegres” nos dice San Pablo, y en el libro del Eclesiástico leemos: “No te dejes llevar por la tristeza, ni dejes que tus pensamientos te atormenten. Un corazón alegre es la vida del hombre, y la alegría le alarga la vida. Sosiega tu espíritu, y consuela tu corazón; aleja de ti la tristeza, porque la tristeza ha perdido a muchos, y ningún provecho se saca de ella. La envidia y la ira abrevian los días, y las preocupaciones hacen envejecer antes de tiempo. El corazón radiante tiene buen apetito: le aprovecha todo lo que come” (Eclesiástico 30, 21-25).

Todos apreciamos la alegría como un bien necesario y valoramos positivamente a las personas alegres. “La alegría de vivir es el más grande poder cósmico”, decía Theilhard de Chardin. Y el propio Beethoven, en el cuarto movimiento de su Novena Sinfonía, proclama los excelentes frutos que produce la alegría: “¡Alegría!,… Tu hechizo vuelve a unir lo que el mundo había separado, todos los hombres se vuelven hermanos allí donde se posa tu ala suave”.

Sin embargo, experimentar la alegría constituye un desafío para las personas en la sociedad moderna. Tenemos la experiencia de que la alegría es escurridiza como un pez vivo en nuestras manos. Por un momento lo tenemos, y de pronto, se nos escurre y se nos va. Vivimos en un mundo lacerado por profundas divisiones y rupturas, donde la abundancia de rostros sombríos, son un elocuente testimonio de la profunda desesperanza y tristeza por la cual atraviesan muchos hombres y mujeres de hoy. A pesar de todas las posibilidades de “bien-estar” que nos ofrece la sociedad, ya no es tan fácil encontrar la alegría. De hecho se ha vuelto, más bien, excepcional. Este es un indicativo del déficit de calidad humana en que se encuentran las personas y la sociedad actual. La falta de alegría es señal de “enfermedad”, de que algo no va bien en la vida de la persona.

El Papa Pablo VI, en un magnífico documento dedicado a la alegría, “Gaudete in Domino” (Alegraos en el Señor), hacía notar que “La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría. Porque la alegría tienen otro origen. Es espiritual. El dinero, el confort, la higiene, la seguridad material no faltan con frecuencia; sin embargo, el tedio, la aflicción, la tristeza forman parte, por desgracia, de la vida de muchos. Esto llega a veces hasta la angustia y la desesperación que ni la aparente despreocupación ni el frenesí del gozo presente o los paraísos artificiales logran evitar”.

Todos queremos ser felices, pero, lamentablemente, son muchos los que, equivocadamente, buscan la felicidad en las múltiples ofertas de la cultura de la muerte: El consumismo, la búsqueda desordenada del placer por el placer, el tener buena imagen a base de lujos y riquezas, el hacer lo que me apetece a toda costa, la ambición del poder, el hedonismo… son tan sólo algunos signos de lo que la sociedad nos ofrece como sucedáneos a nuestra necesidad de alegría. Si embargo, “la alegría tiene origen espiritual”. La inutilidad de estas propuestas es proporcional al vacío y frustración que dejan en el hombre. La alegría puramente mundana es superficial, transitoria, vacía e incapaz de colmar de verdadero gozo el corazón humano. Y no puede ser de otra manera, pues la falsa alegría que ofrece la cultura actual está fundada en aspiraciones de poder, de tener y de placer, las cuales alienan al ser humano de lo más profundo de sí mismo y del recto sentido de su vida y, por lo tanto, de su plena realización personal. Como decía el gran literato alemán Goethe: “Lo que convierte la vida en alegría no es hacer lo que nos gusta, sino que nos guste lo que debemos hacer”.

“Estar siempre alegres” no es algo que surge por casualidad, ni es un puro sentimiento sensible, ni puede estar supeditado a “eventos placenteros” que vendrán o no. “Estar siempre alegres” supone una tarea, un ponerse manos a la obra para buscar, elegir y realizar aquello que realmente produce alegría. No se trata del entusiasmo pasajero, sino del gozo íntimo y profundo que, más allá de las circunstancias, nos acompaña en nuestro camino y nos permite estar siempre alegres, incluso en la tribulación. La alegría no se impone desde fuera sino que brota de dentro, cuando el alma está abierta a Dios, cuando se lucha por algo que valga la pena. En este sentido, la Virgen María aparece ante nosotros no sólo como modelo de persona que supo vivir siempre alegre, dichosa y feliz, sino también como aquella que es “causa de alegría” para los demás. ¿Cómo pudo conseguirlo?

  1. María, causa de nuestra alegría, porque de Ella nació nuestro Salvador Jesucristo

Para la fe cristiana, Jesucristo no sólo es el objeto supremo de toda verdadera alegría, sino que sobre todo es Él mismo “la causa y el origen” de la plena alegría de los hombres. Por eso, San Pablo no dice simplemente “estad siempre alegres”, sino “estad siempre alegres en el Señor”. Cristo es la alegría del mundo y, consecuentemente, la alegría cristiana nace de la opción fundamental por el Señor Jesús, es fruto de una experiencia de fe en Él y de comunión con Aquel que es “el Camino que nos conduce al Padre, la Verdad que nos hace libres y la Vida que nos colma de alegría (Cf. Jn 14,6 y Plegaria Eucarística 5/b). Por nuestra fe y comunión con Él, Jesucristo nos comunica su alegría, pero para recibirla de verdad es necesario guardar sus mandamientos: “Si observáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como Yo he observado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os digo esto para que mi alegría esté en vosotros y para que vuestra alegría sea perfecta” (Jn 15, 10-11).

Entre las últimas palabras de Jesús están: “Os volveré a visitar y os llenaréis de alegría, y nadie os quitará vuestra alegría… Hasta ahora no habéis  pedido nada en mi Nombre. Pedid y recibiréis, y tendréis una alegría que será perfecta.” (Jn 16,22.24). Palabras que el Señor cumplió, no sólo cuando se les apareció después de la resurrección, sino —sobre todo— cuando les envió el Espíritu Santo que con su acción eficaz, entre otros, produjo en ellos los frutos del amor y la alegría. Jesucristo es, por tanto, la fuente y la causa de la alegría para el mundo entero. Él es el cumplimiento de la profecía de Isaías, que leemos en la misa de la Noche de Navidad: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar… Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado” (Is 9,1-2.5).

“Concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen”. Así proclamamos en el credo nuestra fe en el papel de María en relación con Aquel que vino al mundo para “acrecer la alegría y aumentar el gozo”. Ella con su “sí” obediente a la voluntad de Dios concibió en su seno y dio a luz al Hijo de Dios, cuyo nacimiento fue anunciado por los ángeles como “una gran alegría, que lo será para todo el pueblo” (Lc 2,10). De este modo, el “sí” de María es motivo de alegría para cuantos estaban en las tinieblas y en la sombra de la muerte, pues a través de ella vino al mundo el Señor de la vida. Con toda razón los creyentes exultan de gozo y la invocan: “María, causa de nuestra alegría, ruega por nosotros”. Ella, con toda justicia, merece este título.  Ante todo, porque nos ha traído la auténtica alegría: la alegría de la salvación en la persona de su Hijo. Con el antiguo himno Akathistos, de los cristianos de Oriente, le decimos: “Salve, María, por ti resplandece la dicha. Salve, por ti se eclipsa la pena. Salve, por ti, con los cielos, se alegra la tierra” (Estrofas 1 y 7).

Como resulta evidente, esta cualidad de la Virgen María no se debe a ella misma, sino a su participación en el misterio de Cristo. Ya decíamos antes que “la fuente originaria y la causa de la alegría es Jesucristo”. Si decimos “María, causa de nuestra alegría” es porque en ella se refleja, como la luz del Sol sobre la Luna, la alegría de Cristo para todos los hombres. María es la causa de nuestra alegría, de la alegría de todos y cada uno de los mortales, desde el momento en que respondió al arcángel Gabriel que aceptaba ser la Madre del Hijo de Dios. A partir de aquel momento histórico y de un modo creciente, con los misterios de la Vida, Muerte y Resurrección de su Hijo, en el mundo comenzó a iniciarse y percibirse plenamente la alegría que el mundo necesita. “Causa de nuestra alegría, ruega por nosotros”, le decimos cada día al orar con el Santo Rosario en las Letanías.

Pero, la Virgen María es “causa de nuestra alegría” no sólo por habernos dado a Jesucristo sino, también, por el testimonio de alegría de su propia vida y porque con su acción permanente contribuye eficazmente a nuestra felicidad. Lo que María fue en su vida histórica para su Hijo y para las gentes de su tiempo, lo sigue siendo hoy para todos nosotros, pues “una vez recibida en los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la eterna salvación. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz” (Concilio Vaticano II, LG 62).

  1. “María, causa de nuestra alegría”, por lo que es y por lo que hace.

“La alegría es como el sol: ilumina a quien la posee y reanima a cuantos reciben sus rayos” (San Pablo de la Cruz). Si María es causa de nuestra alegría es porque ella misma la tiene en abundancia y nos la comunica. Nadie puede dar lo que no tiene. En su vida histórica, la Virgen María rebosaba alegría y la contagiaba por doquier. ¿De dónde le brotaba a María tan exuberante felicidad? ¿Qué producía en Ella semejante manantial de dicha? “¿Cuál es la fuente misteriosa, oculta, de tal alegría?”, se preguntaba Juan Pablo II en Lourdes (31-5-1979). La respuesta no podía ser otra: “Es Jesús, el Hijo de Dios, al que Ella ha concebido por obra del Espíritu Santo”. Uno sólo es el origen, una sola la fuente: el amor y la fidelidad a Dios. María se sabía de Dios y Él copaba su ser entero, impregnándolo de gozo hasta los tuétanos. María fue alegre y feliz porque tenía en cuenta a Dios en su vida y lo amaba en el cumplimiento fiel de su voluntad sobre Ella. Estaba llena de gracia, llena de Dios y, por tanto, llena de la más auténtica y genuina alegría. María está llena de Dios y, por eso, rebosa alegría como un torrente que sale de su interior, sin que lo pueda evitar. Ella contagia a su alrededor esa alegría especial que tienen las personas que están cerca de Dios.

Así se explica lo ocurrido en la visita de María a su prima: “Sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de alegría el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a visitarme? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de alegría el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1,41-45). Todo esto tiene una explicación: Quien vive en Dios comunica alegría. El corazón de Isabel se llena de alegría y el niño salta de gozo en su seno por el saludo alegre de María, a quien hacía pocos días el ángel Gabriel la saludaba contagiándole el gozo de Dios: “Entrando en su presencia le dijo: “Alégrate, llena de Gracia”, el Señor está contigo” (Lc 1,28). La alegría de María, la que le comunica Isabel en su saludo y la que Ella canta en el Magnificat, tiene un origen, tiene una fuente: es Dios.

Ante las alabanzas de su prima Isabel, María responde con una oración de acción de gracias y de engrandecimiento de Dios, que todos conocemos como “El Magnificat”: “Alaba mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador…”. María está contenta con Dios: Él ha puesto en su corazón más alegría que si abundara en cosas materiales (cf. Sal 4,8) y los designios de Dios sobre Ella son la alegría de su corazón (Sal 118,111). Su alegría es como la que canta el profeta Isaías: “Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo” (Is 61,10).

Con el Magnificat, María expresa la alegría de la gratitud por la elección de Dios y la alegría de quien sabe con plena certeza que Dios es su Salvador y que el Omnipotente, fijándose en su humildad, ha puesto en Ella su amorosa mirada y ha realizado cosas grandes en su favor. Es la alegría de la mujer elegida de Dios que pregona la misericordia del Señor para todos los hombres y mujeres, de todos los tiempos y de todos los confines de la tierra. En María se realiza plenamente lo que San Pablo pide a todos los cristianos: “Estad siempre alegres en el Señor. Os lo repito, estad alegres” (Fil 4,4). La alegría es el estado permanente del corazón de María: “Alégrate María, el Señor está contigo”, le dijo el ángel Gabriel, y desde entonces será como el rasgo distintivo del corazón de la Virgen María. Como Ella misma dijo: “Desde ahora todas las generaciones me llamarán feliz” (Lc 1,48), porque ha sido Dios, en quien Ella creyó, quien se ha fijado en Ella y le ha regalado esta condición de “mujer feliz”, dichosa, alegre.

El secreto de la alegría perenne de la Virgen María es, también, el secreto de la felicidad de todo ser humano. No hay otro camino. Con fe y profundo deseo, pidamos a Dios que, como María, rebosemos de alegría auténtica y plena para poderla comunicar a todos: “Oh Dios, que, por la encarnación de tu Hijo, nacido de la Virgen María, has llenado al mundo de alegría, concédenos, a los que veneramos a su Madre, causa de nuestra alegría, el amor a tus preceptos y la esperanza en tus promesas, para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría”.

  1. Los cristianos, “testigos y causa de alegría”.

Los cristianos debemos “estar siempre alegres en el Señor”. Cuando nos relacionamos familiarmente con María, cuando la festejamos con amor y devoción, reconociendo agradecidos su presencia y acción en nuestra vida, recibimos como resultado la alegría. Al acercarnos a la Virgen María con fe, al aprender de ella a conformar nuestra vida con la voluntad de Dios, al poner en sus manos nuestras necesidades espirituales, experimentamos que Ella es “causa de nuestra alegría”. En la práctica, la autenticidad de nuestra devoción a la Virgen queda demostrada cuando “se acrecienta la alegría y aumenta el gozo” en nuestra vida, porque ésa será la señal de que estamos empeñados en imitar a María en su “sí” a Dios, haciendo siempre y en todo la voluntad de Dios.

La alegría es como el signo característico de un corazón que está unido y entregado al de María. Ella, “causa de nuestra alegría”, quiere que también nosotros seamos portadores para los demás de este don, que el mundo espera y necesita. Pero, sólo quien vive en Dios comunica la verdadera alegría. Por eso, la Virgen, como a los criados de la Boda de Caná, no cesa de pedirnos, en relación a su Hijo: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5). Y cuando hacemos lo que Cristo nos dice, como sucedió en Caná, nos convertimos en “causa de alegría” para quienes nos rodean. Hacer lo que Cristo nos pide es hacer siempre el bien y, al hacerlo, nos convertimos en “testigos y causa de alegría” para otros.

“Estad siempre alegres en el Señor”. ¿Es posible estar siempre alegres, incluso en situaciones dolorosas? Las cosas de Dios no pasan y, por eso, la alegría que Dios comunica permanece. La alegría que Dios da, es una alegría distinta a la que nosotros vivimos cuando algo nos pone contentos y que desaparece al menor contratiempo. La alegría que Dios da es profunda, es una alegría “en Dios”, es una alegría que no pasa, por mucho que cambien las circunstancias externas, como la vivió la Virgen María que permaneció alegre aún en medio de la adversidad. Estamos hablando de aquella alegría que se instala en lo más hondo de nuestro espíritu, allí donde entramos en comunión con el Espíritu de Dios y somos movidos por él. Entonces, como dice Jesús: “Nadie será capaz de quitaros vuestra alegría” (Jn 16, 22). “Saber que Dios no está lejos, sino cercano; que no es indiferente, sino compasivo; que no es ajeno, sino un Padre misericordioso que nos sigue con cariño en el respeto de nuestra libertad: este es motivo de una alegría profunda que las cambiantes vicisitudes cotidianas no pueden arañar” (Juan Pablo II).

La vida de cualquiera de nosotros, como la de la Virgen María, no está exenta de pruebas y dificultades, de incomprensiones y rechazo, de dolor y sufrimiento. Sin embargo, en medio de las pruebas y el dolor, el creyente sabe conservar, como María, el dinamismo de la alegría que viene de Dios. “Una característica inconfundible de la alegría cristiana es que puede convivir con el sufrimiento, pues se basa totalmente en el amor. De hecho, el Señor que «está cerca» de nosotros, hasta el punto de hacerse hombre, viene a infundirnos su alegría, la alegría de amar. Sólo así se comprende la serena dicha de los mártires incluso en medio de las pruebas…” (Juan Pablo II, Ángelus 14-12-2003).

No deja de ser sorprendente que Jesús nos diga: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos” (Mt 5,11-12) y, de hecho, los apóstoles testimonian esta alegría en medio de la persecución: “Marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por Cristo” (Hech. 5,41). “Alegraos en la medida en que participáis de los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis en la revelación de su gloria” (1Pe 4,13). Estar alegres en la tribulación es el testimonio por excelencia de la autenticidad cristiana, el signo visible de que estamos en Dios y Él en nosotros. Evidentemente “la alegría en el sufrimiento” no es espontánea o instintiva. Sólo es posible, como en María y en los santos —particularmente en los mártires—, en una obediencia a la voluntad de Dios cada vez más perfecta, hasta el punto de preferir morir antes que desobedecer a Dios”. Sólo la adhesión personal a la voluntad amorosa de Dios, descubierta en la oración, fortalecida y alimentada por los sacramentos, y vivida en la caridad, es el manantial de nuestra alegría interior.

Con palabras de Juan Pablo II podemos pedirle a la Virgen María: “Causa nostrae laetítiae”, causa de nuestra alegría, ¡ruega por nosotros! Enséñanos a saber captar, en la fe, la paradoja de la alegría cristiana, que nace y florece en el dolor, en la renuncia, en la unión con tu Hijo crucificado: ¡haz que nuestra alegría sea siempre auténtica y plena para podérsela comunicar a todos! Amén”.

  1. Causa de nuestra alegría, ruega por nosotros

La Madre Teresa de Calcuta decía que “la alegría era la fuerza de la Virgen. Sólo la alegría pudo darle fuerza para caminar sin cansarse hasta las colinas de Judea para realizar el trabajo de servidora de su prima Isabel. También nosotros tenemos que marchar sin detenernos, más allá de las colinas de las dificultades.”

En las letanías del Rosario reconocemos a María como la que nos trae la alegría. Y oramos diciendo “Causa de nuestra alegría, ruega por nosotros”, que es lo mismo que pedirle: “danos tu alegría”, “ayúdanos a ser alegres como Tú”. Por eso, cuando estamos desolados, es decir, cuando estamos pasándolo mal, decaídos, como tirados, sin ganas de nada, tristes, sin sentir la cercanía de Dios, como que nos traga la tierra o nos hundimos en el mar, no dudemos en acudir a la Virgen María. Ella nos contagia del gozo, la paz y la alegría que Dios le dio. Puede que las situaciones que nos han conducido a nuestra desolación no se resuelvan como desearíamos, pero con Ella, y contagiados de su alegría, podemos afrontar esas dificultades con buen ánimo y sin desfallecer porque para Dios nada hay imposible.

En esta Bajada de la Virgen aprendamos, para toda nuestra vida, que la Virgen María nos da la alegría. En medio del mundo que nos ha tocado vivir, en las dificultades y problemas de la vida, en los momentos de dolor, aprendamos de María a conservar siempre la profunda alegría y la paz interior que da la unión íntima con Dios, con su amor. En esa relación profunda con el Señor encontraremos sosiego para nuestras inquietudes, consuelo en el dolor, fuerza para vivir nuestros compromisos y motivación para avanzar en el camino del bien. Y, con este canto del P. Mariano de Blas, LC, pidamos a la Virgen que, en toda circunstancia, permanezca en nosotros la alegría de vivir:

María tú que velas junto a mí

y ves el fuego de mi inquietud

María, madre, enséñame a vivir

con ritmo alegre de juventud.

Ven Señora a nuestra soledad,

ven a nuestro corazón,

a tantas esperanzas que se han muerto,

a nuestro caminar sin ilusión.

Ven y danos la alegría

que nace de la fe y del amor,

el gozo de las almas que confían

en medio del esfuerzo y el dolor.

Ven y danos tu esperanza

para sonreír en la aflicción,

la mano que del suelo nos levanta,

la gracia de la paz y del perdón.

Ven y danos confianza,

sonrisa que en tu seno floreció,

sabiendo que en las dudas y tormentas

jamás nos abandona nuestro Dios.

La grandeza de María, Madre de Dios y Madre nuestra, es siempre motivo de inmensa alegría para todos sus hijos, alegría que en la isla de La Palma adquiere una relevancia especial al celebrar las centenarias Fiestas Lustrales en honor de Nuestra Señora Santa María de Las Nieves. La variedad y esplendor de los actos que se realizan, expresan el amor y la devoción de los palmeros a la Virgen María e implican el encuentro con la Madre de todos. Un encuentro al que Ella corresponde “acrecentando nuestra alegría y aumentando nuestro gozo”.

Deseando a todos que se adentren en el genuino espíritu de la Bajada de la Virgen y que al celebrarla se llenen de alegría desbordante, les bendice de todo corazón,

† Bernardo Álvarez Afonso

         Obispo Nivariense