En la Iglesia Católica se celebra hoy la “94 Jornada del Emigrante y el Refugiado”. Si bien está circunscrita al ámbito eclesiástico, esta Jornada tiene una gran proyección social ya que se educa y exhorta a los fieles en la acogida y el amor a los inmigrantes -sean o no cristianos- y se les pide colaboración económica para ayudarles en sus necesidades a través de las obras sociales de la Iglesia. La  migración es un fenómeno humano que siempre se ha dado en la historia. Los canarios en otras épocas hemos sido emigrantes; ahora recibimos inmigrantes. Como es lógico, no podemos ignorar el hecho, ni ser indiferentes ante el mismo, como si no existiera. La Iglesia, como lo ha hecho siempre, también se preocupa por los inmigrantes y se implica directamente con acciones concretas.

Actualmente, el incremento del número de inmigrantes en España (más de 751.000 en el año 2007) despierta no pocos interrogantes sobre este fenómeno de gran repercusión social con sus aspectos positivos y negativos. Es evidente que los flujos migratorios hacia un determinado país o región no pueden ser un proceso ilimitado. Tarde o temprano se produciría un grave daño tanto para el lugar de acogida como para los propios inmigrantes. Por eso, es muy importante que la administración pública regule -y regularice- a las personas que pueden ser admitidas de acuerdo con las necesidades y posibilidades que ofrece un determinado territorio. Pero esta cuestión (nada fácil de resolver) no puede ser excusa para cruzarnos de brazos y no hacer todo aquello que esté en nuestra mano para ayudar a quien lo necesite, ya que la razón última para la acogida y ayuda a las personas inmigrantes ha de ser siempre no tanto la situación legal o jurídica, sino la igual dignidad de toda persona y sus derechos fundamentales y, además, para un cristiano, el mandato del amor fraterno. En este sentido van las reflexiones que les ofrezco en este breve artículo.

Para esta ocasión el Papa Benedicto XVI ha propuesto como tema de reflexión: “Los jóvenes migrantes” y ha escrito un Mensaje en el que pone de manifiesto como “el amplio proceso de globalización del mundo lleva consigo una necesidad de movilidad que impulsa también a muchos jóvenes a emigrar y a vivir lejos de sus familias y de sus propios países”. Esta es una realidad que a nuestras islas le toca de cerca. También a nuestra tierra llegan jóvenes de distintos lugares del mundo, unas veces con su familia y en otros muchos casos vienen solos. De éstos que no vienen acompañados, como ya sabemos, muchos son menores de edad y están bajo la tutela del Gobierno Autonómico en los distintos centros habilitados para ello que, por cierto, están a tope de ocupación.

Estamos acostumbrados a oír hablar de los menores provenientes de África, pero no hay que olvidar el gran número de jóvenes inmigrantes que viven entre nosotros y que no están en los centros de acogida, bien porque ya son mayores de edad o porque —sin son menores— están con algún familiar. Además, a estos jóvenes, propiamente dichos, hay que añadir un gran número de niños y adolescentes que están en edad escolar y que asisten a los colegios junto con los alumnos canarios y, en este sentido, hay que alabar el esfuerzo que realizan los profesores para realizar su labor educativa con alumnos de distintos países, ofreciendo caminos formativos de integración apropiados a sus necesidades.

Esta realidad de los jóvenes inmigrantes se da ampliamente entre nosotros. En las escuelas, en los lugares de trabajo, en las parroquias, en los centro de ocio,… nos encontramos con niños, adolescentes y jóvenes inmigrantes. Están creciendo, se están educando, están trabajando en nuestra tierra y aportando su capital humano al desarrollo y bienestar común de todos los canarios. Seguramente muchos de ellos formarán una nueva familia y se quedarán aquí para siempre, como en otro tiempo hicimos los canarios en Cuba y Venezuela. Con su espíritu de superación y con sus valores culturales están contribuyendo al progreso de nuestra tierra y podrán hacerlo mucho más en el futuro si, ellos y nosotros, somos capaces de llegar a una convivencia estable sin recelos mutuos, lo cual no es fácil para ninguna de las dos partes, pues hay que pasar de una mentalidad de “acogida” y de “soportar su presencia”, a una de “integración”, por la cual el extranjero se convierte en ciudadano de pleno derecho y con los deberes correspondientes, aunque tenga un origen, raza, cultura o religión diferente. No lo dudemos, también los jóvenes inmigrantes son el futuro de nuestras islas.

Por eso, porque constituyen ya una realidad palpable en nuestro entorno, porque los jóvenes inmigrantes son personas frágiles y porque son parte de nuestro futuro, estamos obligados a apoyarles en todo lo que necesiten para su plena integración y desarrollo personal, pues en la práctica muchos de ellos pasan por enormes dificultades. Todos: las autoridades, la sociedad civil, el sector privado, la Iglesia, las ONGs, y también los propios emigrantes y sus países de origen, deben implicarse para que la migración constituya un factor positivo. Apoyarles significa ofrecerles formación hasta el límite de sus capacidades, significa darles la documentación necesaria, significa ofrecerles contratos de trabajo justos, significa atención sanitaria, significa acogida y participación en la vida de la sociedad y de la Iglesia. Porque, como recuerda la Comisión Episcopal de Migraciones: “A estos inmigrantes, desarraigados de su tierra y de su familia, se les une a veces a su condición la de parado e indocumentado. En muchos aspectos son como seres inexistentes. Esto los coloca en una situación de extrema vulnerabilidad y de indefensión absoluta, especialmente a las mujeres, cuya presencia tiene un peso cuantitativo muy fuerte en la inmigración española de los últimos años”.

En este campo la Iglesia también tiene un importante papel que realizar a través de las parroquias en las que viven los inmigrantes, especialmente si son cristianos, ya que “la parroquia, por su condición de familia, comunidad, por su capacidad de prestar numerosos y variados servicios a la persona, y por estar siempre «abierta» o «en guardia», se encuentra en una situación privilegiada para ser el primer espacio de encuentro de los inmigrantes con la Iglesia de su nuevo país. Por otra parte, una parroquia viva y con espíritu misionero no se conformará con estar a la espera de los que vengan, sino que saldrá al encuentro de todos, especialmente de los más necesitados” (Comisión Episcopal de Migraciones). Todos los católicos debemos secundar las palabras del Papa en su Mensaje: “Invito a las comunidades eclesiales de llegada a que acojan cordialmente a los jóvenes y a los pequeños con sus padres, tratando de comprender sus vicisitudes y de favorecer su integración”.

† Bernardo Álvarez Afonso

         Obispo Nivariense