Ayer tuve la satisfacción de ordenar tres nuevos sacerdotes para el servicio de nuestra Diócesis Nivariense: Sixto Pérez González, de Llanito Perera (Icod de los Vinos); Agalac Alonso Siverio, de las Mercedes (San Cristóbal de La Laguna); y Sergio Melián Arteaga, de San Sebastián de la Gomera. El primero ingresó al Seminario en su adolescencia, los otros dos lo hicieron después de terminar sus estudios universitarios, Licenciatura en Filosofía y Licenciatura en Biología, respectivamente. Son tres regalos que nos hace el Señor, que es quien los eligió, los llamó y ahora los ha consagrado para el servicio de la Iglesia. Son, al mismo tiempo, el fruto maduro y precioso que nos ofrece el Seminario, la institución diocesana encargada de formar los futuros sacerdotes. Una institución, cuyo funcionamiento es posible gracias al apoyo y la generosidad de muchas personas: el rector y los formadores, los profesores, los propios seminaristas y sus familias, los amigos del Seminario y, en general, todos los diocesanos.

Nos sentimos alegres y agradecidos a Dios porque, con estas tres ordenaciones, vemos que merece la pena trabajar por el Seminario y las vocaciones sacerdotales: cuando pedimos por las vocaciones, nuestras oraciones son escuchadas; cuando colaboramos con el Seminario nuestra generosidad produce buenos frutos. Unos frutos de los que se beneficia la Iglesia y la sociedad, pues el ministerio sacerdotal es para servir a todos.

Nos llega este regalo en vísperas de la celebración anual del Día del Seminario que, como cada año, tiene lugar en torno a la Fiesta de San José, aunque en esta ocasión viene adelantada al domingo 9 de marzo, sobre todo en lo que se refiere a la Colecta Pro-Seminario en las parroquias y capillas, para no hacerla coincidir con la Semana Santa. Una vez más quiero resaltar la importancia del Seminario en la vida de la Diócesis y de la relevancia que tiene esta celebración anual para avivar la conciencia del pueblo cristiano sobre la necesidad de las vocaciones al sacerdocio y de la corresponsabilidad de todos en la formación de los futuros sacerdotes.

El lema elegido para el Día del Seminario de este año es una frase del salmo 94: “si escuchas hoy su voz”. ¿De quién es esa voz? ¿Qué nos dice esa voz? Y, “si escuchas hoy su voz”, ¿qué hay que hacer? Si nos centramos en el Día del Seminario, el lema es una llamada concreta a estar atentos a la voz Dios en relación con las vocaciones sacerdotales, el Seminario y el sacerdocio. Ante todo, los cristianos hemos de “escuchar la voz de Dios” que, por medio de la Iglesia, nos recuerda la importancia y necesidad del ministerio sacerdotal, porque los sacerdotes son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo Cabeza y Pastor” y, consecuentemente, quiere que reconozcamos, valoremos y aprovechemos para nuestra santificación el ministerio que realizan los sacerdotes; nos pide que con nuestra oración y apoyo les ayudemos a ser buenos servidores en la Iglesia y en la sociedad, que estemos atentos a sus necesidades y colaboremos en sus tareas pastorales, que estemos cercanos y les apoyemos en los momentos de dificultad… El que tengamos, muchos, buenos y santos sacerdotes, además del propio sacerdote, depende de todo el pueblo de Dios.

Además, y este un aspecto muy importante, para que la “voz de Dios” encuentre eco en quien es llamado al sacerdocio, es necesario que los hogares cristianos sean cada vez más “iglesia doméstica” donde —de acuerdo con el plan de Dios— se vive la unidad en el amor y se da paso a la vida, donde se educa y se vive la fe, donde las nuevas generaciones son de verdad iniciadas en la fe cristiana, pues donde no arraiga la fe es muy difícil —aunque no imposible— que surja una vocación. Si Jesucristo no significa nada para un niño, un adolescente, un joven, un adulto, es impensable que la llamada “ven y sígueme”, que Jesús hizo a los Apóstoles y a tantos otros a través de la historia, sea percibida y mucho menos que encuentre acogida en el corazón humano. Por eso, el lema del Día del Seminario, “si escuchas hoy su voz”, es para las familias una llamada a vivir su propia vocación cristiana con plenitud, como base y posibilidad para que entre sus miembros surgen vocaciones al sacerdocio y, también, para la perseverancia de aquellos que ya han sido llamados y están en el Seminario.

Pero, este no es un asunto sólo de las familias, compete a todos los que formamos parte de la Iglesia. Nadie debe hacer oídos sordos a la “voz del Señor” que, en nuestra situación actual —con sus posibilidades y dificultades— nos llama a valorar, proclamar y promover el “Evangelio de la vocación sacerdotal”. Pero esta llamada se dirige especialmente y más en concreto, a los que tienen responsabilidad en el ámbito educativo: los padres, los sacerdotes, catequistas, profesores,… quienes, conscientes de que la vocación sacerdotal surge de la confluencia entre la llamada de Dios y la respuesta de la persona, han de propiciar en las nuevas generaciones el encuentro con Dios y animarles a estar atentos a lo que el Señor les pide, e incluso, —respetando la libertad personal— atreverse a proponerles con entusiasmo y como algo que merece la pena la posibilidad de que el Señor les llame al sacerdocio. Dios se vale —casi siempre— de otras personas para manifestarnos su voluntad y, por tanto, también se sirve de nosotros para llamar a algunos al ministerio sacerdotal. El nos llama a ser “instrumentos” para hacer oír su voz a otros.  Es una enorme responsabilidad. Por tanto, sabiendo que es Él quien llama y nos encarga esta misión, no permitamos que por nuestra desidia, temor, pasividad o indiferencia, alguien quede privado de oír la llamada de Jesucristo que le invita a ser “pescador de hombres”.

Por último, a lo que sin ninguna duda nos llama el Señor a todos, es a “orar al dueño de la mies para envíe obreros a su mies” (Mt. 9,37), porque el trabajo es mucho y los operarios pocos. La vocación sacerdotal es un regalo del Señor que debemos pedir constante y confiadamente para que no falten en su Iglesia ministros que, dando su vida por Dios en servicio a los hermanos, “personifiquen a Cristo Cabeza y Pastor de la Iglesia”. Unamos a nuestra oración la generosidad de nuestros donativos para ayudar al sostenimiento del Seminario y de su misión de formar los sacerdotes que un día serán nuestros párrocos, como van serlo próximamente los tres jóvenes que ayer recibieron la Ordenación Sacerdotal.

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense