Lo que cuesta hacer un sacerdote – Marzo 2007

//Lo que cuesta hacer un sacerdote – Marzo 2007

— Carta Pastoral ante el Día del Seminario ‘2007—

Queridos Diocesanos:

De nuevo, al llegar el mes de marzo, coincidiendo con la fiesta de San José, celebramos en nuestra Diócesis el Día del Seminario. A nadie se le oculta que el Seminario es la institución de mayor repercusión en el presente y futuro de nuestra Iglesia Diocesana, pues en el Seminario se “van haciendo” los pastores que — en nombre de Cristo Cabeza y Pastor de la Iglesia— han de guiar al pueblo de Dios. Ninguna otra realidad diocesana tiene un mayor efecto multiplicador. Del Seminario van saliendo los sacerdotes que, repartidos por toda la Diócesis, con su vida y ministerio sacerdotal, sirven a cientos de miles de cristianos y así van edificando la Iglesia como Cuerpo de Cristo. Con toda razón al Seminario se le da el título de “corazón de la Diócesis“, es decir, el órgano vital del cual depende el buen funcionamiento del cuerpo eclesial.

Con frecuencia, no importa la época del año, cuando voy por las parroquias siempre hay quienes me dicen —según los casos—: “no nos deje sin sacerdote”, “mándenos un cura joven”, “no nos cambie el párroco que estamos contentos con el”, “a ver cuando nos manda otro cura que este ya lleva mucho tiempo”, etc.

En este último año bastantes parroquias de nuestra Diócesis han vivido el traslado de su sacerdote. Como ocurre siempre, los fieles no son indiferentes al cambio de su cura y eso me alegra porque demuestra el reconocimiento y la importancia que tiene el sacerdote para la comunidad cristiana que lo quiere como algo propio. En la mayoría de los casos los fieles son conscientes que tarde o temprano el párroco se irá a otro sitio y cuando eso sucede la cosa se ve como normal pero, como es lógico, nunca llueve a gusto de todos y del mismo modo que en un lugar unos se lamentan por perder a su cura, en otro sitio se alegran por el que les llega nuevo.

Luego, pasado un poco de tiempo, a medida que el nuevo párroco y los fieles se van conociendo, los sentimientos se tranquilizan y, como ocurre siempre, la vida de la parroquia continúa cualquiera que sea el sacerdote, porque la fe de los fieles está por encima de las personas concretas. Lo más complicado es cuando, por falta de sacerdotes, tenemos que encargar a un solo párroco varias parroquias a la vez. En nuestra Diócesis hay 312 parroquias, de la cuales, sólo 63 cuentan con un párroco exclusivo, para el resto hay: 70 sacerdotes con dos parroquias, 23 con tres y 10 con cuatro.

Esto nos coloca ante la cruda realidad, que ya predijo el Señor en el Evangelio: “la mies es mucha y los obreros pocos”. Ciertamente, no contamos con suficientes sacerdotes para las necesidades de nuestra Diócesis. Todos queremos tener un sacerdote en nuestra parroquia y, además, deseamos que sea un buen sacerdote, que tenga salud y muchas cualidades: atento y trabajador, espiritual y cercano a las personas, que predique bien, que nos dedique todo su tiempo de modo que no nos falte la misa y la confesión, ni una buena catequesis para los niños, jóvenes y adultos, ni la visita a los enfermos y la atención a los pobres, ni la formación de grupos de laicos, ni la atención a los movimientos apostólicos… Es legítimo que una comunidad cristiana aspire a tener una parroquia viva, dinámica, y es bueno que los cristianos caigan en la cuenta de que sin la presencia del sacerdote decae la vitalidad de la parroquia, se produce dispersión y muchas cosas se quedan sin hacer.

En efecto, es saludable experimentar la necesidad de los sacerdotes para que así aprendamos a darles la importancia que por voluntad de Cristo tienen en la Iglesia y, en consecuencia, los valoremos en su justa medida y respetemos su vocación, los apoyemos más, recemos por ellos y pidamos constantemente “al Señor de la mies que envíe más operarios a su mies”. No debemos ignorarlo, tenemos falta de sacerdotes y esta necesidad puede agravarse aún más. Actualmente, en relación con años anteriores, en nuestra Diócesis ha descendido notablemente el número de seminaristas mayores, no así el de los menores que se mantiene más o menos igual. Esto es debido a que el número de los que comenzaron y luego han abandonado el camino hacia el sacerdocio no se ha visto suficientemente compensado con nuevas incorporaciones. ¿A qué se debe este sensible descenso de las vocaciones al sacerdocio?

Los motivos son varios. Por una parte, hoy hay menos adolescentes y jóvenes que en otras épocas. El descenso de la natalidad es un hecho. De familias con tres, cuatro o cinco hijos, hemos pasado a familias con uno o dos. A esto se añade que hay menos jóvenes que sientan y vivan la fe cristiana, lo que hace muy difícil sentir una llamada al sacerdocio: quien no quiere ser cristiano es prácticamente imposible que quiera ser sacerdote. Incluso, muchas veces, cuando los seminaristas dejan el Seminario, más que por crisis de vocación es por una crisis de fe.

Pero, por otro lado, la crisis vocacional tiene mucho que ver también con el tipo de sociedad en que vivimos, marcadamente materialista, hedonista e individualista. En todos los ámbitos hay crisis de vocaciones, no sólo en la Iglesia, pues incluso las profesiones tradicionalmente “vocacionales”, cargadas de humanismo y espíritu de servicio, como las de médico, enfermeros, maestros y profesores, músicos, científicos, artistas, etc., hoy tienden a convertirse en algo meramente funcional y a elegirse porque son más rentables o tienen más salida laboral.

Nuestra cultura actual no favorece el espíritu de sacrificio y de renuncia, por eso tampoco  surgen muchas vocaciones de servicio y entrega generosa a una causa sea religiosa o humanitaria. No obstante, es gratificante ver como en medio de todo, hay personas (jóvenes y adultos) que sí que “viven la vida con vocación”, tanto en el campo de la vida profesional, como en la dedicación a obras sociales en diversas ONGs, o la entrega de por vida en una vocación de sacerdote, de misionero, de religioso, etc.

En medio de esta realidad no debemos desanimarnos ni perder la confianza en Dios. El sigue llamando y, aún en medio de la difícil situación actual, entre nosotros hay muchas posibilidades para transmitir el Evangelio a las nuevas generaciones. Tenemos que seguir trabajando en la promoción de los valores que hacen posible escuchar la llamada de Dios al ministerio sacerdotal. Para que haya sacerdotes necesitamos tener seminaristas, pero para que haya seminaristas necesitamos tener jóvenes cristianos capaces de recibir con fe y alegría la llamada de Cristo, pues la semilla de la vocación necesita el terreno fértil de la fe y adhesión a Jesucristo para poder germinar. Dios sigue llamando y sólo necesita personas con unos oídos despiertos y preparados para escucharlo. Por eso hemos de empeñarnos en la formación cristiana de los niños y los jóvenes, tanto en las familias y en las parroquias como en los centros educativos. Hemos de poner mucha atención en “el pasado de los seminaristas”, es decir, en esos “primeros seminarios” de la vocación sacerdotal que son las familias y las parroquias.

El que tengamos muchos, buenos y santos sacerdotes repercute sin duda en el bien de todos los fieles pero, también, es responsabilidad de todos. Los sacerdotes no caen del cielo ni vienen de otra parte, salen de entre nosotros, de nuestras familias y de nuestras parroquias, se les prepara en un Seminario, que funciona y realiza su misión gracias al esfuerzo de todos. Pero la cosa no termina el día que un seminarista recibe la Ordenación. A partir de ese momento comienza su vida como pastor del pueblo de Dios, una vida y ministerio que necesita el máximo apoyo —humano y espiritual— de toda la Diócesis y particularmente de la comunidad a la que sirve. Los sacerdotes, como cualquier ser humano, también se les quiebra la salud y envejecen, también sufren crisis anímicas e incluso de fe, a veces experimentan y sufren, como le pasó a Jesucristo, que su ministerio no es valorado y se cuestionan la vocación. Si, depende de todos el que podamos tener muchos, buenos y santos sacerdotes y, por tanto, todos debemos poner el máximo interés y empeño por conseguirlo.

Este año, haciéndonos eco de la primera encíclica del Papa Benedicto XVI, “Dios es amor”, hemos elegido como lema: “Sacerdotes, testigos del amor de Dios”. De hecho, todo cristiano está llamado a ser “testigo del amor de Dios”, pero el sacerdote —además de por ser cristiano— lo es por “oficio”. Decía San Agustín: “ha de ser tarea de amor el apacentar el rebaño del Señor”. Pero, también, el lema hace referencia a que “un sacerdote”, por el mismo hecho de existir, es testimonio y manifestación visible del amor de Dios a su pueblo. Un sacerdote es un regalo de Dios, porque es Dios quien lo elige, lo llama y lo envía, es Dios quien capacita al sacerdote —hombre débil y frágil como los demás— para que por su ministerio la salvación de Cristo alcance a hombres y mujeres concretos en cualquier tiempo y lugar. Por eso, agradecidos, en la liturgia rezamos: “Te damos gracias, Padre, porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que por medio de los santos Apóstoles lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio”.

Como regalo de Dios a su pueblo, los sacerdotes no se pertenecen a sí mismos. Por el Sacramento del Orden han sido “expropiados” y constituidos en “un bien público”. Por eso, a semejanza de Cristo, “el Gran Testigo del amor de Dios”, entregan su vida por la salvación de los hermanos y así dan testimonio constante de la fidelidad y del amor de Dios para con todos. En efecto, la esencia del sacerdocio católico consiste en imitar a Cristo en su ofrecimiento y entrega de sí mismo hasta dar la vida por todos. De ahí que, no sólo en lo que hace sino, sobre todo, en la donación de sí mismo es donde el sacerdote se manifiesta como testigo del amor Dios por su pueblo. Como decía San Juan de la Cruz, el sacerdote está llamado a proclamar con su vida: “ya no guardo ganado, ni ya tengo otro oficio, que ya sólo en amar es mi ejercicio”.

Desde esta visión del sacerdote como “un hombre de Dios para su pueblo”, se puede comprender mejor la importante y difícil misión que se le encomienda al Seminario. Si el sacerdote fuera simplemente un “profesional de asuntos religiosos” bastaría con enseñarle a hacer las cosas propias de su oficio. Como en cualquier carrera sólo tendría que estudiar y hacer las prácticas correspondientes para ejercer su profesión. El Seminario sería entonces un “centro de enseñanza” como cualquier universidad o instituto, y seguramente no se producirían tantos “fracasos” (empiezan muchos y terminan pocos) como se dan en el Seminario. Pero el sacerdocio, aún teniendo algo de todo eso, es mucho más, incluso podemos decir que se trata de algo totalmente distinto, es “una vocación”.

Para llegar a ser sacerdote no bastan el deseo y unas dotes naturales, es necesario “ser elegido y llamado por Dios” y responder a esa elección poniendo la propia vida en sus manos. La misión del Seminario es capacitar a un hombre no para “hacer de sacerdote”, sino para “ser sacerdote”, es decir, para hacer de su vida una ofrenda al servicio de la Iglesia. El “sujeto humano” que acepta ser constituido sacerdote por el Sacramento del Orden ha de ser un hombre que, con plena conciencia, libertad y responsabilidad, se dispone a “perder su vida”, a sacrificar “el propio querer y sentir”, a expropiarse de sí mismo y a hipotecar su vida a favor de la Iglesia. Quien acepta la llamada al sacerdocio “está vendido”, ya no se pertenece a sí mismo. No es fácil encontrar personas así, por eso, para “hacer un sacerdote”, además de la formación humana e intelectual, hace falta la formación espiritual, la formación pastoral y la formación comunitaria.

Cuesta mucho “hacer un sacerdote”. Y no me refiero sólo al coste económico, sino también al esfuerzo personal que tiene que hacer el propio seminarista, los formadores y los profesores, y toda la comunidad cristiana. Son muchos años de trabajo y de oración, con muchas personas implicadas, para que —de entre muchos— fructifiquen algunas vocaciones y la Iglesia vaya teniendo lo que necesita: más y mejores sacerdotes a imagen de Cristo Sacerdote.

Al celebrar un año más el Día del Seminario les invito a todos a mirar nuestro Seminario con cariño y preocupación a la vez. Es mucho lo que el Seminario nos ha dado y nos seguirá dando, démosle gracias a Dios por ello. Que nuestra nuestro afecto y preocupación se convierta en oración y en colaboración económica con el Seminario para bien de aquellos que se preparan a ser los futuros pastores de nuestra Iglesia. Con mi agradecimiento por lo que ya hacen por el Seminario, le bendice en el Señor, “todo de todos”,

† Bernardo Álvarez Afonso

         Obispo Nivariense

2017-07-18T10:44:56+00:00 Noviembre 9th, 2015|De parte del Obispo|0 Comments