“LA IGLESIA CATÓLICA ENTRE NOSOTROS”

Cuando se oye hablar de “la Iglesia Católica”, con frecuencia muchas personas se imaginan una especie de organización poderosa o de poder fáctico que constantemente está conspirando por aquí y por allá para controlarlo todo e imponer sus criterios. Yo mismo, tanto en mi época de sacerdote como ahora de obispo, venga o no a cuento, un día sí y otro también, cada vez que manifiesto mis convicciones, si no son compartidas por mis interlocutores, enseguida me sueltan aquello de “con la Iglesia hemos topado”.  Eso es para mucha gente la Iglesia Católica, “algo con lo que uno se topa”, en el sentido de “chocar”, y ante lo que uno siempre sale mal parado.

Actualmente, cuando se hacen sondeos de opinión sobre cómo se valoran las instituciones, la Iglesia Católica aparece en los últimos años entre las menos estimadas. Recientemente se ha publicado que para los jóvenes es la institución menos valorada. Paradójicamente, incluso entre los que se confiesan católicos en esas encuestas, hay muchos que no quieren saber nada de la Iglesia  ni están dispuestos a hacer nada en su favor. Sin duda, una mayoría de españoles (creyentes y no creyentes) están, por así decir, enfadados con la Iglesia. ¿Con razón? Seguramente cada uno tendrá sus razones y es bueno conocerlas, pues hay casos en los que su malestar está objetivamente justificado y no es bueno defender lo indefendible, sino corregir lo defectuoso. Pero también es bueno conocer esas razones porque muchas veces son puros tópicos que nos desvelan una deficiente formación en la fe cristiana, un gran desconocimiento de la realidad eclesial y un subjetivismo acomodaticio a los gustos personales, sin otro argumento que el “a mi me parece”,  el “no me gusta”, “yo creo que la Iglesia debería”… En otros casos, el rechazo de la Iglesia puede sustentarse legítimamente en posiciones personales que tienen que ver con las convicciones ideológicas y creencias o no creencias de cada uno.

Sea de una forma o de otra, lo cierto es que vivimos en una sociedad plural (en lo político, lo cultural y lo religioso) y la Iglesia, como cualquier otra realidad que conforma la vida social, es susceptible de ser valorada y aceptada o no serlo. Igualmente, como cualquier realidad pública, está expuesta, justa o injustamente, a ser criticada en sus actuaciones e incluso a que, en sus errores o fallos, interesadamente se tome la parte por el todo y se la descalifique globalmente, concluyendo que es una realidad perniciosa para la sociedad y que lo mejor es que desaparezca o que su influencia se reduzca al ámbito de los privado como ahora se dice. Tal vez, como piensan algunos analista sociales, el molestar o enfado no sea con la Iglesia sino con el cristianismo que esta representa y que, en último término, a quien no se acepta es a Jesucristo y su mensaje.

Pero, pese a todo, la Iglesia Católica entre nosotros es como “la Puerta de Alcalá” en la canción de Ana Belén: “Ahí está, ahí está viendo pasar el tiempo… Miralá, míralá, miralá, míralá”.  Le podemos incluso aplicar la letra de sus estrofas:

Acompaño a mi sombra por la avenida,
mis pasos se pierden entre tanta gente,
busco una puerta, una salida
donde convivan pasado y presente…
De pronto me paro, alguien me observa,
levanto la vista y me encuentro con ella
y ahí está, ahí está, ahí está
viendo pasar el tiempo [la Iglesia] la Puerta de Alcalá.

Aunque se la quiera ignorar, ciertamente, la Iglesia Católica ahí está. Cerca de nosotros, entre nosotros. Como en la Puerta de Alcalá, en ella conviven pasado y presente, si levantas la vista te encuentras con ella, ahí está viendo pasar el tiempo. Pero al mismo tiempo formando parte de la historia y haciendo ella misma historia, pues no es un monumento inerte o un pieza arqueológica a conservar, sino una comunidad viva de hombres y mujeres unidos por la fe en Jesucristo y animados interiormente por la fuerza del Espíritu Santo, aquel mismo Espíritu que puso en pie la Iglesia hace más de dos mil años en Jerusalén y que continúa reuniendo en una misma y única Iglesia a hombres y mujeres de toda raza, lengua y nación. “Dios no hace acepción de personas, sino que, en cualquier nación, el que le teme y practica la justicia le es grato”, decía San Pedro en sus predicaciones. Por eso, en la Iglesia nadie es extranjero. Los fieles católicos que proceden de otros países, sea como turistas que vienen a descansar, o sea como emigrantes buscando mejores condiciones de vida para sí mismos y sus familias, cuando participan en nuestras celebraciones religiosas se sienten como en su casa, pues la Iglesia Católica es una sola extendida por todo el mundo y, con hombres y mujeres de todo el mundo, constituye una única familia.

Aquí, entre nosotros, la Iglesia Católica se hace visible en lo que es la Diócesis de San Cristóbal de la Laguna o Nivariense con su Obispo, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos; con sus parroquias y organismos pastorales, con sus templos y edificios al servicio de la vivencia y transmisión de la fe. Constituida por los católicos de las cuatro islas de la provincia de Santa Cruz de Tenerife, la Iglesia muestra tanto su esplendor como sus defectos en lo que estos católicos son y hacen. La Iglesia no es algo diferente de lo que son y hacen las personas que la componen, desde el Obispo hasta el último que fue bautizado. San Pablo nos comparaba con el cuerpo humano: “si un miembro está sano todo el cuerpo se beneficia, pero si un miembro está enfermo todo el cuerpo lo sufre”. De ahí la responsabilidad de cada uno de trabajar sin descanso por la renovación de la Iglesia para que ésta se purifique en todos sus hijos y resplandezca ante el mundo sin mancha ni arruga.

Así lo están haciendo miles de personas en nuestra Diócesis, al igual que en otras diócesis de todo el mundo. Este domingo, 19 de noviembre, celebramos el Día de la Iglesia Diocesana. Como cristiano y como Obispo me siento orgulloso de mi Diócesis, pues en ella y por medio de ella he conocido y creído en Jesucristo, en ella he sido llamado por Dios al sacerdocio y al episcopado, en ella vivo con todo el pueblo de Dios el gozo de ser cristiano, luchando cada día por crecer en la fe hasta llegar a la madurez de Cristo.

¡Felicidades!, Iglesia Diocesana Nivariense. Sí, felicidades por la fe de tus hijos, por la entrega sacrificada de tus sacerdotes y diáconos, por el servicio y testimonio de la vida consagrada, por el amor y fidelidad en las familias cristianas, por la vocación de tus seminaristas, por la disponibilidad de los catequistas, por el trabajo responsable de los profesores de religión, por la dedicación de tantos fieles laicos que con amor trabajan por los más pobres y por los enfermos, por la oración en tus monasterios, por la generosidad de los fieles en la comunicación cristiana de bienes, por los cristianos que trabajan en la vida pública… Si, ¡felicidades! en tu día, Iglesia Diocesana, pues aunque tienes las manchas y arrugas que ponemos con nuestros defectos, te queremos porque eres nuestra madre, la Santa Madre Iglesia.

† Bernardo Álvarez Afonso

         Obispo Nivariense