Hoy es Jueves Santo

13 de abril de 2006

Con el Jueves Santo se inicia lo que en el lenguaje de la Iglesia Católica llamamos el “Triduo Pascual”, en el que celebramos los tres momentos más decisivos de la vida de Cristo y que constituyen el centro de la fe cristiana: “murió, fue sepultado, resucitó”. Es decir, seguimos paso a paso los acontecimientos que vivió Jesús en su pasión, hasta contemplarlo crucificado en el calvario y depositado en la sepultura, para luego cantar en la Vigilia Pascual y en la mañana de pascua la alegría de su resurrección.

Aunque la celebración del Triduo Pascual se desarrolle en tres días, se trata de un único acontecimiento y lo que se celebra un día hay que entenderlo y vivirlo en relación con los otros dos. El viernes de la pasión y muerte en cruz pierde su auténtico significado si no aparece como realización trágica del don anticipado que Jesús hace de sí mismo en la tarde del Jueves Santo y si no encuentra salida en el día de la resurrección. Asimismo, el jueves del “mandamiento del amor”, y de la comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo en la eucaristía, se desvanece en un puro símbolo o simple sentimiento si no se realiza en el don real del Cuerpo de Cristo sobre la cruz el Viernes Santo para hacer nacer el Cuerpo de una humanidad nueva en el Domingo de Resurrección. Hace falta, por tanto, unir estos tres días santos y no celebrarlos como episodios separados.

Hoy es Jueves Santo. En este día celebramos la antesala de la pasión y muerte Cristo, pues aunque inicialmente, ese día, Jesús se reunió para celebrar con los apóstoles la Cena Pascual Judía, por lo que ocurrió en el transcurso de la misma, aquella Última Cena, puede considerarse como el inicio de la pasión, si bien ésta comienza propiamente después de cenar con la oración en el Huerto de Getsemaní y el secuestro de Jesús por parte de las autoridades judías.

La celebración del Jueves Santo hace memoria solemne de dos gestos de Jesús en aquella Última Cena: uno, el lavatorio de los pies a los discípulos y, el otro, la institución de la Eucaristía. Ambos gestos, unidos a las palabras de Jesús que nos transmiten los evangelios y que explican el profundo sentido de los mismos, son —al mismo tiempo— el testamento y la herencia que Jesús ha dejado para siempre a la humanidad. Un testamento firmado con su sangre derramada en la cruz y autentificado con su resurrección de entre los muertos.

Aquel primer Jueves Santo de la historia, la víspera de su muerte, antes de ser entregado, Jesús se entrega como alimento en el pan y en el vino consagrados por El mismo. Sin embargo, en esa Cena, el Señor Jesús, no hace una cosa meramente simbólica sino que celebra su propia muerte: lo que hizo, lo hizo como anuncio profético y ofrecimiento anticipado y real de su muerte antes de su Pasión. Por eso, como recuerda San Pablo, “cuando comemos de ese pan y bebemos de esa copa, proclamamos la muerte del Señor hasta que vuelva” (1 Cor 11, 26). Porque, aquella memorable noche, la entrega de Cristo en la cruz, anticipadamente, se hizo sacramento permanente en el pan y en el vino que El dio a sus discípulos diciéndoles: “tomad y comed, esto en mi Cuerpo”, “tomad y bebed, esta es mi Sangre”, quedando así instituida para siempre la Eucaristía que el mismo mandó repetir: “Haced esto en memoria mía”. Pero no como un mero rito, sino en su significado profundo de entregar la vida por los demás como el lo hizo.

Para comprender esto mejor hay que traer aquí aquellas palabras que les dijo Jesús a sus discípulos, también en la Última Cena, después de lavarles los pies: “si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros”. Lavar los pies. Un humilde gesto de servicio que resume toda la existencia de Jesucristo, una vida que el mismo resumió con esta frase, “no he venido para ser servido sino para servir y para dar la vida en rescate por todos”. Y eso mismo es lo que pidió a sus discípulos de entonces y los que quiere que hagamos sus seguidores de hoy: que nos sirvamos unos otros, como el lo ha hecho con nosotros, hasta dar la vida por el bien de los demás.

Así se entiende que el participar en la Cena del Señor, sentarse con El a la mesa, afecta a la vida del que come y bebe el Cuerpo y la Sangre de Cristo, porque no lo recibimos pasivamente, sino que nos implicamos en la dinámica de su entrega. Como nos recuerda el Papa Benedicto XVI, en su encíclica Dios es amor: “Una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor es fragmentaria en sí misma” (n. 14).

En la misma Última Cena, por si aún no estaba claro, Jesús pidió a los suyos: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. “La señal por la que se sabrá que sois discípulos míos es que os amáis los unos a los otros”. Jesús no pide nada que el no haya hecho antes con nosotros. “El mandamiento del amor es posible sólo porque no es una mera exigencia: el amor puede ser mandado porque antes es dado” (Dios es amor, n. 14).

El Jueves Santo es como un poema con varias estrofas pero con un solo estribillo: “Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Y ese “extremo” ha sido dar la vida.

Los que creemos en Jesucristo hoy celebramos la alegría de saber que esa muerte del Señor, que no terminó en el fracaso sino en el éxito de la resurrección, tuvo un por qué y un para qué: fue una “entrega”, un “darse”, fue “por algo” o, mejor dicho, fue “por alguien” y nada menos que por “nosotros y por nuestra salvación”, como decimos en el Credo. “Nadie me quita la vida, —había dicho Jesús— sino que Yo la entrego libremente. Yo tengo poder para entregarla” y, como dijo en la Última Cena, hoy, por boca del sacerdote que en su nombre preside la Misa de este Jueves Santo, en el momento de la consagración del vino, nos dice que fue “para el perdón de los pecados”.

Y es gracias a esa entrega, a ese ser liberados del pecado, que nosotros podemos amar como El nos ama: “Él nos ha amado primero y sigue amándonos primero; por eso, nosotros podemos corresponder también con el amor. Dios no nos impone un sentimiento que no podamos suscitar en nosotros mismos. Él nos ama y nos hace ver y experimentar su amor, y de este «antes» de Dios puede nacer también en nosotros el amor como respuesta” (Dios es amor, n. 17).

Es posible amarnos unos a otros porque El nos ha amado primero y porque nos ha dejado la fuente de ese amor en el Sacramento de la Eucaristía: “tomad y comed… tomad y bebed”…  Esto es lo que hoy, Jueves Santo, celebramos los católicos. “Acercaos hermanos todos, que es Dios mismo quien invita”.

† Bernardo Álvarez Afonso

         Obispo Nivariense