Hermanos y hermanas todos en el Señor, presentes aquí en la Santa Iglesia Catedral y también quienes nos siguen a través de Popular Televisión y Radio COPE. Para todos, un saludo cordial y afectuoso en esta celebración anual de la Misa Crismal dentro de la Semana Santa.

Permitidme un saludo particular para los Vicarios Generales, el aquí presente, D. Antonio, y también a D. Domingo, que está en este momento hospitalizado en Navarra para una intervención quirúrgica, de la que en este momento se recupera muy favorablemente.

También quiero tener un recuerdo para los sacerdotes que tenemos hospitalizados, Don Fermín León León, Vicario judicial, y D. Juan Félix Ávila Poggio, el Párroco de la Punta de Hidalgo y Bajamar, así como para otros sacerdotes aquejados con problemas de salud y los sacerdotes mayores que no puedan estar aquí, en cualquier circunstancia en que se encuentren, les recordamos en este día, y los encomendamos al Señor.

Saludo, también, a los Vicarios episcopales y a todos los sacerdotes diocesanos y religiosos. Doy la bienvenida a los sacerdotes de fuera de la Diócesis que han venido estos días para ayudar en la Parroquias con su ministerio, gracias por vuestros servicio. Que el Señor nos abra el corazón a todos y nos conceda la gracia de renovar con sincero corazón nuestra fidelidad a la vocación a la que un día nos llamó.

Hermanas y hermanos de Vida Consagrada, cristianos todos, la Misa Crismal es también para ustedes, es una misa para todo el pueblo de Dios. En las orientaciones litúrgicas de este día se dice que la Misa Crismal es una de las celebraciones más significativas de cuantas se celebran a los largo del año pues, por su significación, en ella se expresa con mayor plenitud “el misterio de la Iglesia”; así nos lo dice el Concilio Vaticano II: “La principal manifestación de la Iglesia se realiza en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, particularmente en la misma Eucaristía, en una misma oración, junto al único altar donde preside el Obispo, rodeado de su presbiterio y ministros” (SC 41).

Cristo es nuestra Cabeza y, nosotros, como miembros de su Cuerpo, nos nutrimos de Él y somos guiados por Él. Esa acción de Cristo de nutrir y cuidar de su pueblo se realiza de modo específico a través de los ministros ordenados, principalmente de los obispos. En cada Diócesis —nos dice también el Concilio— “El Obispo debe ser considerado como el gran sacerdote de su grey, de quien deriva y depende, en cierto modo, la vida en Cristo de sus fieles” (SC 41).

Esto se cumple perfectamente en esta celebración. El Obispo, como representante principal de Cristo en la Diócesis y signo visible de la comunión de la Iglesia diocesana, hoy consagra el Santo Crisma y bendice los óleos, que son signos sacramentales a través de los cuales Cristo comunica su gracia salvífica y santifica a todo el Pueblo de Dios.

Como sabéis, con el Crisma somos ungidos en el Bautismo, en la Confirmación y en el Orden Sacerdotal, sacramentos a través de los cuales Dios nos comunica la gracia de la Salvación, tanto para la vida cristiana como para la misión evangelizadora. Con el Óleo de los Catecúmenos se fortifica al catecúmeno para que renunciando al mal y al pecado se abra a la acción de Dios y se convierta a Jesucristo. Con el Óleo de los Enfermos, las personas son fortalecidas con el auxilio de Dios para afrontar con paciencia esas etapas de la vida por las que todos, tarde o temprano, tenemos que pasar (la enfermedad, la ancianidad, la muerte) y con la gracia del sacramento de la Unción se abran a la misericordia de Dios y obtengan la salud del alma y el cuerpo. Por tanto, esta celebración de hoy es como una fuente de la que se nutre, luego, toda la vida de la Iglesia a lo largo del año.

Pero, además, esta celebración de la Misa Crismal adquiere un especial significado para nosotros, los sacerdotes, los que hemos sido consagrados al Señor por el Sacramento del Orden, puesto que, hoy, se nos invita a renovar las promesas que hicimos el día de la Ordenación. Es decir, la respuesta que dimos a la llamada del Señor, y por la cual nos comprometimos a servir a Dios y a la Iglesia en este ministerio. Cada año hacemos esta renovación la Misa Crismal, que, por lógica, tendría que ser el Jueves Santo, día en el que el Señor instituyó el sacerdocio y que, por razones pastorales, al estar todos muy ocupados en nuestras Parroquias en el Jueves Santo, anticipamos siempre al Martes Santo, facilitando así que puedan participar el mayor número posible, como vemos que ocurre hoy.

Quiero, en este momento, hacer memoria de aquellos hermanos sacerdotes que, desde la última Misa Crismal hasta hoy, han fallecido: Don Juan Luís Pérez, sacerdote ya muy anciano, que estaba en el Hogar Santa Rita, en el Puerto de la Cruz, y el P. Francisco Llamas que prestaba sus servicios como vicario parroquial en el Sagrado Corazón de Santa Cruz de Tenerife. Dos hermanos sacerdotes que han pasado de este mundo al Padre en este último año. Les encomendamos al Señor en este día.

Así mismo, quiero congratularme con todos ustedes por la celebración de la Bodas de Oro, que se cumplen este año, del P. Lucas, Agustino de la comunidad del Puerto de la Cruz, y también por las bodas de Plata de dos sacerdotes, Ángel Luís, párroco en este momento de San José de Breña Baja y también el P. José Luís Escobar, originario de Cuba y que en este momento se encuentra en la Habana con problemas de salud que le incapacitan para el ministerio.

Quiero expresar también mi alegría y dar gracias a Dios por los nuevos sacerdotes que este último año se han incorporado a nuestro presbiterio: Alexis, actualmente de párroco en El Fraile, así como los tres que hemos ordenado recientemente, el primero de marzo, Sixto, Agalac y Sergio, que siguen desempeñando su ministerio como lo venían haciendo como diáconos en las Parroquias de Santa Úrsula, Adeje y Guía de Isora, respectivamente.

En definitiva, de una manera o de otra, el Señor ha estado grande con nosotros. Nos ha fortalecido en el ministerio, nos ha dado nuevos sacerdotes, nos consuela en los momentos difíciles y dolorosos.

Centrándonos ahora en la Palabra que hemos escuchado, los textos de la liturgia de este día nos ofrecen dos perspectivas

─      Por una parte, está el evangelizador, el profeta ungido y enviado por Dios. Es el evangelizador y profeta, que vemos en la primera lectura y que, en el evangelio que hemos leído, Cristo se lo aplica a sí mismo. Por tanto, Cristo se nos presenta como el que realiza eficazmente esa misión como fruto de la unción del Espíritu Santo.

─      Por otro lado está el grupo de los que sufren, de los que tienen “el corazón partío”, como dice la canción, el corazón desgarrado dice nuestro texto. Es la perspectiva del grupo de los que necesitan ser evangelizados: “El Espíritu de Dios está sobre mi, porque Él me ha ungido y me ha enviado para anunciar la Buena Nueva, a libertar a los oprimidos, dar la vista a los ciegos, sanar los corazones desgarrados, hacer que las cenizas se conviertan en fiesta”.

Se nos muestran, por tanto, dos grupos: el grupo de los evangelizadores que tienen la misión de anunciar, liberar, dar la vista, transformar la tristeza en gozo…, y está el grupo de los que son victimas del mal y están necesitados de esa acción de los evangelizadores.

Comos sabemos la unción del Espíritu Santo se concede a todos los fieles. En el Bautismo y la Confirmación el Espíritu nos consagra y nos constituye cristianos, dándonos una personalidad nueva. A todos los fieles nos hace hijos de Dios y miembros del Cuerpo de Cristo. Pero, además, a algunos miembros de la Iglesia, a los sacerdotes, “el Espíritu Santo, mediante la unción sacramental del Orden, los configura con un título nuevo y específico a Jesucristo, Cabeza y Pastor, los conforma y anima con su caridad pastoral y los pone en la Iglesia como servidores autorizados del anuncio del Evangelio a toda criatura y como servidores de la plenitud de la vida cristiana de todos los bautizados” (PDV 15).

“El Espíritu de Dios está sobre mi porque me ha ungido y me ha enviado”. A la hora de considerar y contemplar la especificidad de nuestro ministerio presbiteral, es importante que nos fijemos, no sólo en nuestra condición de “ungidos” sino también de “enviados”. Como resalta Juan Pablo II en la “Pastores dabo vobis”: “El Espíritu del Señor ha consagrado a Cristo y lo ha enviado a anunciar el Evangelio. La misión no es un elemento extrínseco o yuxtapuesto a la consagración, sino que constituye su finalidad intrínseca y vital: la consagración es para la misión. De esta manera, no sólo la consagración, sino también la misión está bajo el signo del Espíritu, bajo su influjo santificador” (PDV 24). Tanto la unción como el envío son acción del Espíritu Santo. Es el Espíritu quién nos unge, quién nos consagra y quién nos envía. En consecuencia nuestra vida y ministerio sacerdotal tienen la misma fuente y van intrínsecamente unidas.

Por eso, la misión del presbítero, nuestra misión, no es la filantropía o la solidaridad de un ser humano hacia otro ser humano, que se compadece de un semejante, como si fuera algo que depende de los sentimientos o impulsos naturales de cada uno, sino que nuestra misión es una expresión o derivación intrínseca de la “unción” que hemos recibido y, por tanto, una manifestación, un reflejo de la misericordia misma de Dios para con la humanidad que se realiza eficazmente a través de nuestra vida y ministerio: somos MINISTROS DEL SEÑOR.

Nuestra condición de ministros del Cristo y la eficacia de nuestro ministerio no deriva de una inclinación natural o cualidades personales, sino que tiene su fuente originaria en la consagración que el Señor ha realizado en nosotros. Cuando San Pablo quiere describir el misterio de la Iglesia comienza el capítulo 4º de la Carta a los Efesios diciendo que todos hemos de vivir conforme a la vocación a la que hemos sido llamados y que hay un sólo Señor, una sola fe, un sólo Bautismo, un sólo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos (cf. Ef. 4,1ss). Habla, por tanto, de la unción por la que todos, en el Bautismo, hemos sido constituidos ese pueblo liberado, salvado, ungido por la gracia y por la fuerza salvadora de Jesucristo. El pueblo de Dios es el fruto de la acción salvadora de Jesucristo. Nuestra condición de cristianos es un don de Dios.

Pero San Pablo, también, dice a continuación, que en ese pueblo, Cristo que subió a lo alto (leo el texto literalmente porque es muy importante para que comprendamos nuestro ministerio): “A cada uno de nosotros le ha sido concedido el favor divino en la medida de los dones de Cristo. Subiendo a la altura llevó cautivos y dio dones a los hombres. Este que bajó es el mismo que subió por encima los cielos para llenarlo todo. Él mismo dio a unos, ser apóstoles; a otros, profetas; a otros evangelizadores; a otros, pastores y maestros”.

Él “dio”, dice el texto. Nuestro ministerio, como otros carismas de la Iglesia, son un “don”, algo que nos viene dado, un don de Dios que nos constituye sacerdotes, un don que nosotros no administramos arbitrariamente, un don que nosotros no poseemos o disponemos de él —a nuestro gusto y capricho— como puede disponer una persona de sus capacidades que le vienen por su profesión y que gestiona como un profesional independiente y autónomo, pues es su carrera o su profesión. ¡No!

Nosotros no poseemos el don. El don nos posee a nosotros. Estamos a disposición del don de Dios. Por eso nos convertimos, a su vez, en don “para” los demás. Nuestra vida es don de Dios para los demás. “Vivo yo, más no yo, es Cristo quien vive en mí”, dice San Pablo. No es la filantropía o el amor de un semejante para con sus semejantes. Es Dios, en mí, el que está ejerciendo su misericordia, su amor, su lucha por la justicia, para los demás. Por eso San Pablo nos dice, claramente, que se nos “dio”, se nos constituyó, se nos dotó de una capacidad que no teníamos, ni por dotes naturales, ni por estudio o cualquier otro mérito, es “un don”, un regalo desproporcionado e inmerecido en comparación con nuestras cualidades y capacidades.

Y Pablo dice que se nos dio “para”, porque es un don “para una misión”. El Espíritu Santo me ha ungido y me ha enviado. La unción que recibimos en la Ordenación, esa consagración, no es un privilegio para colocarnos por encima de los demás. No es para aparecer como superior a los otros, o para tener garantizado un mayor grado de santidad. Sino que es un don que se nos da para el servicio de los demás, para el ministerio. La palabra “ministro” significa “servidor”, es decir, que lo que somos no lo somos por nosotros mismos, ni para nosotros mismos, sino por nuestra vinculación con quien ha nos ha ungido, porque somos unos “mandaos” y actuamos en nombre de otro. No nos pertenecemos a nosotros mismos sino a Dios y a aquellos a quienes somos enviados; nuestra vida y nuestras capacidades quedan hipotecadas, en manos de Dios, para el servicio a los demás.

Por eso, San Pablo deja muy claro y continúo la lectura del texto: “Él dio a unos, ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, la edificación del Cuerpo de Cristo, la unidad de la fe, el conocimiento pleno del Hijo de Dios, hasta que lleguemos todos a la madurez, a la plenitud de Cristo”(Ef. 4. 11-13).

Prestemos atención al “para qué es” el don que se nos ha dado: Para edificar el Cuerpo de Cristo, para el recto ordenamiento de los santos, para la unidad de la fe, para el pleno conocimiento de Cristo… El don, por tanto, hermanos, que hemos recibido, esa unción que hemos recibido en la ordenación sacerdotal es para el servicio del Pueblo de Dios. Ahí es donde tenemos que colocar nuestro ministerio.

Fijándonos de nuevo en las lecturas de hoy, y viendo esos dos grupos: por un lado el grupo de los profetas y evangelizadores, los que tienen la misión de evangelizar, y por otra parte el grupo de los que necesitan ser salvados, el grupo de los oprimidos, de los que son víctimas de la injusticia, los pobres, los que sufren,… podríamos preguntarnos: ¿en qué grupo nos colocamos nosotros? Y esto nos lo podríamos preguntar todos: sacerdotes y fieles en general.

En primer lugar tenemos que dar gracias a Dios porque somos del grupo a los que ya se les ha anunciado la salvación. A nosotros nos ha llegado la buena nueva del Evangelio. A nosotros, se nos ha liberado del pecado. A nosotros se nos han dado los ojos de la fe… Nosotros hemos sido “convertidos en un reino y hecho sacerdotes de Dios”, como decía la lectura del Apocalipsis. Por tanto, hemos de dar gracias a Dios, porque formamos parte de ese grupo que ha sido y es objeto permanente de la acción salvadora y liberadora de Jesucristo, porque aunque es irreversible nuestra pertenencia a Cristo, siempre tenemos necesidad de ser liberados, perdonados, fortalecidos… porque nuestro corazón sigue, en muchos aspectos, oprimido por el mal y desgarrado por sufrimientos, por angustias, por dificultades, por problemas. Pero todo eso lo vivimos en esperanza porque estamos bajo la acción salvadora de Cristo.

Y también tenemos que dar gracias a Dios por nos ha llamado a formar parte del “grupo de los evangelizadores”, de los que han sido “ungidos y enviados”. Con toda verdad podemos decir personalmente: “El Espíritu de Dios está sobre mi…” Me ha ungido y me ha enviado para salvar, para liberar, para curar. El Espíritu del Señor está actuando en nosotros. Por eso, cuando la Lectura dice: “esta palabra se cumple hoy”, hemos de ver que, efectivamente, esta palabra se cumple hoy en nosotros. La Iglesia en su vida y misión, ésta misma celebración, es “el hoy de Jesús”. Ésta Misa Crismal, es una de las expresiones más plenas de esa actuación de Jesús sobre su pueblo, de la acción salvadora y liberadora de Jesucristo, porque, en la consagración del Crisma y en la bendición de los óleos, estamos constituyendo los signos, a través de los cuales, la acción liberadora de Cristo se comunica a todo el Pueblo de Dios. Está aconteciendo aquí, hoy, esa acción salvadora de Cristo, para nosotros y para toda la Diócesis.

Con el Crisma, son constituidos los nuevos cristianos en el Bautismo; son confirmados los que están llamados a ser testigos de la fe en medio del mundo; son ungidos los futuros sacerdotes que serán, en el nombre de Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, santificadores del pueblo de Dios. Por tanto, en esta celebración, Cristo, de una manera real y eficaz, está actuando, está cumpliendo la palabra que proclamó en la Sinagoga de Nazaret. Cristo está con nosotros, hoy, en esta mañana, anunciándonos su palabra, liberándonos de nuestras esclavitudes, vendando los corazones heridos.

Sólo, en “el hoy de Jesús”, que es un hoy permanente en la vida de la Iglesia, somos liberados de todo mal y se fortalece nuestra debilidad. Sólo, en ése hoy de Jesús, somos capaces de ejercer un ministerio salvador y liberador para los demás. Sólo, en ése hoy de Jesús, nuestro ministerio es eficaz a favor de los fieles.

Este hoy de Jesús, hermanos, es efectivo en nosotros que, en el Bautismo, la Confirmación y el Orden Sacerdotal, hemos sido hecho partícipes de su misma “Unción”. Esta unción es, en cada uno, una llamada constante a ser también nosotros, en medio del mundo, “por Cristo, con El y en El”, salvadores, liberadores, evangelizadores. Es el hoy de Jesús lo que nos da confianza para afrontar nuestra misión, en la seguridad de que el Señor está con nosotros.

Por tanto, en “el hoy de Jesús”, en este hoy que se cumple en nuestra vida y ministerio, no hay lugar para el temor a los conflictos, porque el amor vence al temor; en este hoy de Jesús no hay lugar para la incertidumbre, porque el Señor está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Él lo ha prometido y nosotros sabemos de quien nos fiamos. No hay lugar, en el hoy de Jesús, para los complejos ni para los miedos, porque sabemos de quien nos hemos fiado y Él es quien nos hace capaces para llevar adelante la misión que nos encomienda. No hay lugar para la incertidumbre ni para la angustia porque Él sabe lo que necesitamos y ilumina siempre para que, cada día, busquemos el Reino de Dios. No hay lugar para la inquietud ante el futuro, porque el Espíritu está con nosotros y nos enseñará lo que debemos decir y nos mostrará lo que debemos hacer.

Por tanto, hermanos, esta Escritura se cumple hoy, se ha cumplido en nosotros y se cumple permanentemente. “El Espíritu de Dios está sobre mi”, me ha ungido, me ha constituido, me ha enviado. Y Él es el que hace posible la misión que se ha puesto en nuestras manos.

Por eso, hemos de estar atentos, también, al hoy del mundo, de la sociedad de la sociedad en que vivimos, de las alegrías y tristezas de nuestro pueblo. Decíamos que, formamos parte de los dos grupos. Estamos en el grupo de los han experimentado la acción liberadora de Cristo y que seguimos disfrutándola, cada día, porque siempre necesitamos su fuerza y su gracia. Pero, también, somos del grupo de los evangelizadores. Somos el grupo de aquellos que, por el Bautismo, por la Confirmación y, de un modo particular, por la misión recibida en la Ordenación Sacerdotal, estamos llamados a ser, como Cristo, liberadores, salvadores, llevar la buena noticia a los pobres, la liberación a los oprimidos, a los afligidos el consuelo.

El mundo de hoy, el hoy en el que tenemos que desarrollar nuestra misión, es un hoy donde, efectivamente, siguen habiendo esclavitudes, sigue habiendo opresión, sigue habiendo pecado, sigue habiendo injusticias. Y ahí es donde tiene que irrumpir “el hoy de Cristo” a través nuestra vida y ministerio, no autónomamente, no como algo nuestro, no como un voluntarismo que brota de nuestra buena intención, sino como participación de la misión de Cristo que, como os decía antes, es quien nos ha poseído, quien nos ha ganado el corazón para, a través de nosotros, llevar a cabo su obra salvadora en todo tiempo y lugar.

Lo diremos en el Prefacio de la misa de hoy: “El, con amor de hermano ha elegido a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de manos, participen de su sagrada misión”. Esos hombres somos nosotros: elegidos entre el pueblo de Dios para participar en la misión de Cristo. Por eso, estamos llamados a unirnos a Cristo de una manera afectiva y efectiva. Y, por Él, y con Él, y en Él, cuidar a nuestro pueblo, a nuestra sociedad, a nuestro mundo falto de esperanza y, en muchos aspectos, “errante como ovejas sin pastor”.

Y, ¿cómo lo hacemos? Anunciándoles el evangelio de la esperanza, el evangelio de la verdad, el evangelio de la salvación. Estamos llamados a cuidar de la sociedad y del mundo concreto en el que vivimos y a liberarle con nuestra caridad, que es la caridad de Cristo, de la opresión, de la injusticia, de la miseria material y espiritual en la que está envuelto. Estamos llamados, por la unción que hemos recibido, por Cristo, con Él y en Él, a devolver la vista a los ciegos, es decir, a dar fe a nuestra sociedad tan despreocupada, tan indiferente, tan, diríamos, ignorante de Dios.

“El Espíritu de Dios está sobre mi, porque Él me ha ungido y me ha enviado”. Pues, ése Espíritu que hemos recibido y que nos constituye sacerdotes ministros del Señor, es lo que hoy el Señor quiere renovar en nosotros. Decimos que en la Misa Crismal, los sacerdotes renovamos las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación, tanto diaconal como presbiteral. Y, es verdad. Pero, yo diría como me gusta repetir siempre, que es el Señor quien nos renueva a nosotros. Es el Señor quien, con su gracia, nos da la posibilidad de reemprender de nuevo, con renovado entusiasmo, la vocación a la que hemos sido llamados, es El quien reaviva en nosotros el don recibido. Es, por tanto, el Señor el que nos renueva. Y, nosotros, consentimos. Y en eso consiste nuestra renovación. En consentir que el Señor tire de nosotros, consentir que entusiasme de nuevo, que nos empuje de nuevo, que nos reavive y enamore de nuevo. Es como hizo el Señor con San Pedro en aquella última aparición en la orilla del lago de Genesaret. Lo recordamos todos: Después de la debilidad de Pedro, de su pecado, de sus “patrás y palantes”, de sus debilidades, el Señor renueva a Pedro, le reconstruye por dentro, le fortalece.

Eso es lo que quiere hacer el Señor con nosotros en este día. Cuando miramos nuestra vida y vemos la tremenda desproporción que hay entre lo que el Señor quiere de nosotros y lo que realmente somos y hacemos; entre lo que estamos llamados a ser y realmente somos, uno experimenta, como Pedro, la fragilidad y la incoherencia de la propia vida. Experimenta que ha traicionado al Señor, experimenta no se es digno para este ministerio. Y, eso, nos crea una ruptura, un resquebrajamiento interior. Diríamos que ése es “un corazón desgarrado” y, ciertamente, así nos sentimos muchas veces los ministros del Señor cuando percibimos que nuestra vida está todavía lejos de lo que tenemos que ser. Y, ése desgarro interior, el Señor lo cura, lo sana, como sanó a Pedro, perdonándonos. Y, entonces, el Señor nos pregunta: ¿Me amas? Eso es lo más importante. ¿Me amas?, ¿me amas?

Digámosle cada uno hoy al Señor: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Como Pedro. Y, entonces, escucharemos del Señor que Él, de nuevo, nos dice: Apacienta mis ovejas. Nuestro pecado, nuestra debilidad, no anula nunca la llamada del Señor, ni los proyectos del Señor sobre nosotros, ni los proyectos del Señor sobre el mundo. Para eso murió y resucitó Jesucristo: para liberarnos, para perdonarnos. Y eso, acontece también en nuestro corazón. Por eso, hermanos, somos los primeros que estamos llamados a renovar esa confianza en el amor que Dios nos tiene. Y, por tanto, en esta mañana, al renovar las promesas que hicimos el día de la ordenación, nos damos cuenta que no estamos haciendo otra cosa que decirle al Señor: Señor, te amo. Señor, te quiero. Señor, tú sabes que te quiero. Cuenta conmigo. Que así sea.

† Bernardo Álvarez Afonso

         Obispo Nivariense