HOMILIA EN LA MISA CRISMAL

Martes Santo ‘2006

La misa crismal: principal manifestación de la Iglesia Diocesana

Reunidos en el nombre del Señor Jesús celebramos la Misa Crismal en la que, en presencia del pueblo de Dios, los sacerdotes renovamos la acogida del don que hemos recibido por la imposición de las manos en el Sacramento del Orden.

El hecho de que esta renovación se lleve a cabo en una celebración marcada por la bendición del óleo de los enfermos y de los catecúmenos, y la consagración del Santo Crisma, nos recuerda a los obispos y presbíteros, que somos ministros de los Sacramentos y dispensadores de los misterios de Dios en su santa Iglesia.

La liturgia de este día hace visible a la Iglesia de Jesucristo en el modo más pleno que pueda manifestarse. Convocada y reunida por la predicación de la Palabra, la celebración de los sacramentos y la presencia del ministerio apostólico, se cumplen aquí y ahora las palabras del Concilio: conviene que todos tengan en gran aprecio la vida litúrgica de la diócesis en torno al Obispo, sobre todo en la Iglesia catedral; persuadidos de que la principal manifestación de la Iglesia se realiza en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, particularmente en la misma Eucaristía, en una misma oración, junto al único altar donde preside el Obispo, rodeado de su presbiterio y ministros” (SC 41).

La Iglesia Diocesana se reúne aquí esta mañana en torno a su pastor para la bendición de los santos óleos, que son instrumentos de la salvación de Cristo en los diversos sacramentos: bautismo, confirmación, orden sagrado y unción de los enfermos.

Como acabamos de oír, hoy se cumple la escritura que acabamos de proclamar, pues el poder del Espíritu fecunda de nuevo a nuestra Iglesia para salvar al hombre, redimirlo de sus esclavitudes y conducirlo a la plenitud de la vida divina por la fuerza de los sacramentos pascuales.

El Espíritu desciende sobre el pueblo de Dios como descendió sobre Cristo, el Ungido de Dios, para hacer de la Iglesia el instrumento de la evangelización y santificación de los hombres. La Iglesia, nuestra Iglesia diocesana, aparece así como la estirpe que bendijo el Señor para que todos los hombres, pueblos y naciones, reciban la salvación.

En esta celebración de hoy se pone de relieve el peculiar dinamismo de la vida de la Iglesia. Es decir, somos, como leemos en la Lumen Gentium,  “un Pueblo Mesiánico” (cf. LG 9). Un pueblo ungido para salvar al mundo. Dicho de otra forma, somos un pueblo con una misión salvífica, justamente porque hemos sido salvados y estamos preñados de salvación.

Todos los cristianos somos ungidos por el Espíritu Santo

La Palabra de Dios que acabamos de proclamar en el Evangelio de Lucas nos recuerda que somos “ungidos” y “consagrados” con la fuerza del Espíritu Santo, para “dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista;… para anunciar el año de gracia del Señor”.

Todos nosotros, como fieles del pueblo santo de Dios que somos, hemos recibido con el Bautismo y la Confirmación, la configuración con Cristo; hemos sido incorporados al Pueblo de Dios, todo él sacerdotal y profético, para ofrecernos como oblación pura y agradable a Dios y para proclamar con nuestra vida el Evangelio de la salvación.

Al consagrar hoy el Santo Crisma y bendecir los Óleos, estamos celebrando la unción del Espíritu sobre cada uno de nosotros y sobre todo el pueblo de Dios. La unción con el crisma y los óleos que se hizo en nuestro cuerpo fue signo e instrumento de la Unción del Espíritu en nuestras personas.

Jesús se proclamó ungido, lleno, empapado por el Espíritu. El Espíritu del Señor lo consagró y lo envió a dar la buena noticia a los pobres, a liberar a los cautivos, a dar vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos, a proclamar el año de gracia del Señor.

Pues bien, en primer lugar, nosotros somos esos pobres, esos cautivos, esos ciegos, esos oprimidos. Pobreza, ceguera, opresión, esclavitud,… son palabras que con una fuerza muy especial muestran la parte dolorosa del hombre y su raíz más profunda: el pecado y el egoísmo humano, de los que cada uno de nosotros somos cómplices y víctimas a la vez. Necesitamos ser liberados de la opresión de la que somos víctimas y, también, de nuestra participación en la opresión que sufren los demás.

Agradecidos, reconocemos que por nosotros y para nosotros Cristo fue ungido. Por nosotros y para nosotros, Él asumió generosamente y hasta sus últimas consecuencias, sin quejas y con prontitud, la misión del Espíritu.

Y a nosotros, salvándonos, nos incorporó a Él. A nosotros nos entrega el mismo Espíritu que a Él lo ungió, lo consagró y lo envió. En distintos modos y grados nos unge con su Espíritu, para que como Él, y con su misma Unción, realicemos su misma misión de evangelizar a los pobres, devolver la vista a los ciegos, liberar a los oprimidos, llevar la salvación de Dios a todos los hombres. Solidarios en la misma situación y condición que los demás, los creyentes, por Jesús y por la unción que de Él recibimos, estamos también destinados a curar, a sanar, a restañar como Él lo hizo.

Bautizados, confirmados y ordenados, cada uno con modos propios de realizarla, tenemos la misma misión: ir al hombre a anunciarle y a hacerle visible la salvación de Jesús. En cada lugar y en cada ambiente se espera que cumplamos esta misión. Catequesis, Liturgia, Cáritas, la Enseñanza Religiosa, las Escuelas Católicas, los Centros Asistenciales,… en fin, toda la acción pastoral en sus diferentes áreas son los modos y los cauces cómo los fieles, laicos, consagrados y sacerdotes, estamos impulsados a concretar la misión de Jesús.

Por eso, todos, hoy celebramos y renovamos la gracia de nuestro Bautismo por el que somos hijos de Dios, de nuestra Confirmación por la que somos testigos de Cristo y –los sacerdotes de modo particular— celebramos y renovamos la gracia de nuestra Ordenación por la que somos instrumentos de Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia. Las palabras del Evangelio: “El Espíritu de Dios está sobre mí…” nos conciernen directamente a todos.

La eficacia de estos sacramentos, signos eficaces de la gracia divina, deriva del Misterio Pascual, de la muerte y resurrección de Cristo. Del Costado de Cristo traspasado por la lanza, “manó sangre y agua”. Esa es la fuente de la salvación. Cristo es el verdadero manantial, aquella fuente que anunció Ezequiel cuando habló del agua que brotaba debajo del templo de Jerusalén, que hacía surgir la vida por en los lugares más secos por donde pasaba y purificaba el mar de las aguas salobres.

No es de extrañar, por tanto, que la Iglesia sitúe esta Misa Crismal en el umbral del Triduo Pascual, en que celebramos que Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, con el supremo acto sacerdotal se ofreció al Padre como rescate por toda la humanidad.

El Único Sacerdocio de Cristo realizado en la Iglesia 

 “Aquel que nos amó, nos ha librado por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de nuestro Dios” (Ap 1,6). Estas palabras, que hemos escuchado en la lectura del libro del Apocalipsis enmarcan justamente el sentido de nuestra celebración. La Misa Crismal hace memoria solemne del Único Sacerdocio de Cristo y expresa la vocación sacerdotal de la Iglesia  en su doble dimensión de sacerdocio de los fieles y sacerdocio ministerial.

“Ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes”. Esta expresión la hemos de entender bajo dos perspectivas. Por una parte, como nos enseña el Vaticano II, se aplica todos los bautizados, que “son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo para que ofrezcan, a través de las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales” (LG 10). Todo cristiano es sacerdote. Se trata aquí del sacerdocio llamado “común”, que compromete a los bautizados a vivir su oblación a Dios mediante la participación en la Eucaristía y en los sacramentos, en el testimonio de una vida santa, en la abnegación y en la caridad activa.

Por otro lado, la afirmación de que Dios “ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes” se refiere a los sacerdotes ordenados como ministros, es decir, llamados a formar y dirigir al pueblo sacerdotal, y a ofrecer en su nombre el sacrificio eucarístico a Dios en la persona de Cristo. Así, la misa “Crismal” hace memoria solemne del Único Sacerdocio de Cristo y expresa la vocación sacerdotal de la Iglesia, en particular del obispo y de los presbíteros unidos a él. Nos lo recordará dentro de poco el Prefacio: Cristo “no sólo confiere el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, ha elegido a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión” (Prefacio de la Ordenación).

El ministro ordenados transparencia de Cristo Cabeza y Pastor de la Iglesia.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado…” (Lc 4, 18). Queridos sacerdotes, estas palabras del Evangelio de hoy, que a su modo se pueden aplicar a todos los miembros del pueblo de Dios, nos conciernen a nosotros de un modo peculiar. Estamos llamados, por la ordenación presbiteral, a compartir la misma misión de Cristo Cabeza y Pastor de la Iglesia. Hoy hacemos memoria del don recibido de Cristo, que nos ha llamado a una participación especial en su sacerdocio, y ante el pueblo de Dios renovamos juntos la acogida de este don y las promesas sacerdotales que hacen visible y auténtica esa acogida.

Con la bendición de los Óleos, y en particular del Santo Crisma, queremos dar gracias por la unción sacramental recibida en la ordenación sacerdotal. Como ya sabemos, la unción es un signo de fuerza interior, que el Espíritu Santo concede a todo hombre llamado por Dios a particulares tareas al servicio de su Reino.

Y nosotros, en concreto hemos sido llamados, nos enseña Pastores dabo vobis, a prolongar la presencia de Cristo, Único y Supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo como una transparencia suya en medio del rebaño que les ha sido confiado. 

Los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo Cabeza y Pastor,

  1. proclaman con autoridad su palabra;
  2. renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía;
  3. ejercen hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu.
  4. En una palabra, los presbíteros existen y actúan para el anuncio del Evangelio al mundo y para la edificación de la Iglesia, personificando a Cristo, Cabeza y Pastor, y en su nombre” (PDV 15).

La santidad del sacerdote condiciona la eficacia de su ministerio

Nuestra razón de ser es “prolongar la presencia de Cristo”. Es Cristo quien santifica a través del sacerdocio ministerial. Él es autor de los sacramentos y es Él quien dota de eficacia interior a la palabra de la predicación. Y eso hasta el extremo de que la indignidad del ministro no priva de virtualidad al sacramento.

Sin embargo, la discordancia entre la objetividad del sacramento y la subjetividad del que lo administra constituye un contrasentido. La tradición cristiana, a la vez que mantiene el dato dogmático —la autoría de Cristo en el sacramento— ha subrayado la exigencia de santidad que el sacerdocio ministerial implica.

Como nos enseña Pastores dabo vobis: “No hay duda de que el ejercicio del ministerio sacerdotal, especialmente la celebración de los Sacramentos, recibe su eficacia salvífica de la acción misma de Jesucristo, hecha presente en los Sacramentos. Pero por un designio divino, que quiere resaltar la absoluta gratuidad de la salvación, haciendo del hombre un «salvado» a la vez que un «salvador» —siempre y sólo con Jesucristo—, la eficacia del ejercicio del ministerio está condicionada también por la mayor o menor acogida y participación humana. En particular, la mayor o menor santidad del ministro influye realmente en el anuncio de la Palabra, en la celebración de los Sacramentos y en la dirección de la comunidad en la Caridad. Lo afirma con claridad el Concilio: «La santidad misma de los presbíteros contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del propio ministerio; pues, si es cierto que la gracia de Dios puede llevar a cabo la obra de salvación aun por medio de ministros indignos, sin embargo, Dios prefiere mostrar normalmente sus maravillas por obra de quienes, más dóciles al impulso e inspiración del Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y la santidad de su vida, pueden decir con el Apóstol: “Pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gál 2, 20)” (PDV 25).

Renovamos la acogida del don recibido en la ordenación sacerdotal

Dentro de un momento renovaremos las PROMESAS SACERDOTALES. Es decir, renovaremos la acogida del don que se nos hizo en la ordenación sacerdotal. Renovaremos el firme propósito de ser imagen cada vez más fiel de Cristo, Sumo Sacerdote. Él, buen Pastor, nos llama a seguir su ejemplo y a ofrecer día tras día la vida por la salvación de la grey que se ha encomendado a nuestro cuidado. Nos llama a ofrecernos nosotros mismos, no sólo un tiempo y unas tareas. Por tanto, no se trata sólo de una renovación o propósito de continuidad, sino de una “renovación de calidad”.

Esta renovación que hoy hacemos tiene gran importancia para nuestra vida sacerdotal, pues nos sitúa en la esencia de aquello que somos por el sacramento del orden: “Es esencial, para una vida espiritual que se desarrolla a través del ejercicio del ministerio, que el sacerdote renueve continuamente y profundice cada vez más la conciencia de ser ministro de Jesucristo, en virtud de la consagración sacramental y de la configuración con Él, Cabeza y Pastor de la Iglesia” (PDV 25).

Renovar las promesas sacerdotales es caer en la cuenta, de nuevo y más plenamente, de que nuestro ministerio no es una mera función o profesión eclesiástica, —incluso aunque de modo práctico hagamos las cosas bien— sino asumir existencialmente que en el ejercicio del ministerio está profundamente comprometida la persona consciente, libre y responsable del sacerdote.

El sacerdote no es un funcionario al que le bastaría hacer bien la cosas, pues “su relación con Jesucristo, asegurada por la consagración y configuración del sacramento del Orden, instaura y exige en el sacerdote una posterior relación que procede de la intención, es decir, de la voluntad consciente y libre de hacer, mediante los gestos ministeriales, lo que quiere hacer la Iglesia. Semejante relación tiende, por su propia naturaleza, a hacerse lo más profunda posible, implicando la mente, los sentimientos, la vida, o sea, una serie de «disposiciones» morales y espirituales correspondientes a los gestos ministeriales que el sacerdote realiza” (PDV 25).

Por eso, debemos centrar nuestra renovación en la voluntad de implicar plenamente “alma, corazón y vida” en el ministerio que realizamos, para no quedarnos en meros actores que no sienten ni viven lo que hacen.

Cuando en la ordenación de diácono se nos entregó el Evangelio, se nos dijo “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero, convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”. Y nosotros respondimos “amén”. Hoy vamos a renovar aquel amén con mayor conocimiento de causa y con mayor voluntad de plasmarlo en nuestra vida.

Asimismo, cuando en la ordenación presbiteral se nos entregó el cáliz, dijimos “amén” a estas palabras: “Considera lo que realizas, imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la cruz de Cristo”. Actualizar el amén que dijimos entonces es reafirmarnos en nuestra voluntad de imitar a Cristo en la entrega de sí mismo y su de actitud servicio hasta las últimas consecuencias, es decir, realizar en nuestro ministerio la caridad pastoral de Jesucristo, no sólo en lo que hacemos sino en la entrega de nosotros mismos. Porque, como nos enseña el Concilio, «la caridad pastoral fluye ciertamente, sobre todo, del sacrificio eucarístico, que es, por ello, centro y raíz de toda la vida del presbítero, de suerte que el alma sacerdotal se esfuerce en reproducir en sí misma lo que se hace en el ara sacrificial» (PO 14) .

El sacerdote, que representa a Cristo, participa de su condición de Cabeza y Pastor de la Iglesia. La actividad sacerdotal tiene su centro en las celebraciones sacramentales, pero no se reduce a eso, sino que se extiende a toda una amplia gama de tareas en servicio de la comunidad cristiana, que también han de estar caracterizadas por las actitudes propias de un buen pastor, como nos enseña Pastores dabo vobis: “La caridad pastoral determina nuestro modo de pensar y de actuar, nuestro modo de comportarnos con la gente” (PDV 23).

Y así debe ser. Los fieles cristianos esperan de nosotros que los acojamos con afabilidad y cariño, que seamos expertos en la escucha, que nos hagamos cargo de sus problemas; esperan de nosotros capacidad de amistad sincera y cordial, es decir, de amar gratuitamente; que estemos siempre disponibles; que seamos capaces de atender los problemas que experimentan las personas singulares y las comunidades.

Y atender no de cualquier manera, sino en Dios y desde Dios, de modo que ayudemos a encontrar a Dios y a reconocer la voluntad de Dios en el quehacer de cada día y en sus dificultades. El pueblo cristiano quiere vernos entusiasmados con nuestra vocación y ministerio, quieren vernos entregados a ellos en cuerpo y alma, y al encontrarse con nosotros desean poder experimentar, tanto en nuestras palabras como en nuestra conducta, el amor fiel y misericordioso de Dios.

Es realmente extraordinario el “don” que hemos recibido y que ahora, con mayor reconocimiento y gratitud que el día que fuimos ordenados, vamos a acoger con renovado entusiasmo. Sí, renovemos en esta celebración nuestro “amén” a las exigencias que nuestro ministerio comporta.

Pero cuidado con quedarnos en una simple declaración de intenciones. La experiencia diaria nos enseña que el don de nuestra vocación es necesario protegerlo y cultivarlo diligentemente si queremos vivirlo con fidelidad y constancia. Como hizo con los apóstoles en la Última Cena, el Señor nos indica el camino de nuestra perseverancia: Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada” (Jn. 15, 4-5). Permanezcamos en Cristo, pues nuestra coherencia sólo es posible mediante una indefectible adhesión a El, alimentada con una oración constante. Sólo así la renovación de nuestras promesas sacerdotales producirá fruto, el fruto abundante que Dios quiere.

Pidamos a María, Madre de Cristo Sumo Sacerdote, la Virgen Fiel que cooperó íntimamente en la obra de la redención, que nos ayude a ser fieles y a vivir conforme a la vocación a la que hemos sido llamados. 

 

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense