Homilía en Garachico con motivo de la apertura del Año de la Fe – Octubre 2012

//Homilía en Garachico con motivo de la apertura del Año de la Fe – Octubre 2012

Queridos hermanos y hermanas todos en el Señor, que la Paz y el Amor de Dios, que llena nuestros corazones, permanezca siempre con la alegría y el gozo con que estamos viviendo este día de inicio del Año de la Fe.

Saludamos a los vicarios generales, vicarios episcopales, arciprestes, sacerdotes, religiosos y religiosas, institutos de vida secular, vírgenes consagradas, catequistas, agentes pastorales de Cáritas, cuidadores de enfermos, hermanos y hermanas de hermandades y cofradías, de asociaciones de fieles, de movimientos,…

En definitiva se cumple hoy entre nosotros aquello que dice el Concilio Vaticano II: «Allí donde el pueblo de Dios en sus diversas manifestaciones, carismas, servicios y funciones se reúne en torno al Obispo para celebrar la Eucaristía, allí está la Iglesia, una, santa, católica y apostólica». Somos la Iglesia Católica, concentrada, reunida aquí, porque el Señor es quien nos da a todos universalidad a esto que estamos celebrando. No es un acto asilado de un grupo de personas que estamos aquí, ni tan siquiera somos la Diócesis de San Cristóbal de La Laguna, somos la Iglesia Católica, una, santa, católica y apostólica.

Saludamos al Sr. Alcalde y a la corporación municipal, y les damos las gracias por su extraordinaria colaboración y apoyo en todo lo que ha sido la celebración de la apertura del Año de la Fe, aquí en Garachico. A él y a todos los servicios municipales les damos las gracias por su generosidad, por su disponibilidad y por su buen hacer.

Lo mismo agradezco ya de antemano a todas las personas, tanto de aquí de Garachico, como de todo el Arciprestazgo de Icod, como de toda la Diócesis en definitiva, que han hecho posible con su trabajo y su esfuerzo todo lo que hemos podido disfrutar en el día de hoy. Y como no agradecer a todos ustedes su presencia, es un signo de nuestra fe común, de nuestra fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nos reunamos todos aquí para iniciar de una manera significativa el Año de la Fe. Especialmente agradezco la presencia de nuestros hermanos y hermanas provenientes de las islas de El Hierro, La Palma y La Gomera por el esfuerzo realizado. Algunos sé que tienen que irse un poco deprisa, algunos sé que tuvieron dificultades en el aeropuerto, pero en definitiva la intención de su corazón sin duda alguna ahí está.

El pasado domingo tuve la oportunidad de celebrar en Roma con el Santo Padre la apertura del Sínodo de Obispos dedicado a la nueva evangelización, un sínodo que se está celebrando estas tres semanas de octubre. También en esa celebración el Papa proclamó como doctor de la Iglesia a Juan de Ávila, patrón del clero español, y a una monja benedictina de Alemania, doctora de la Iglesia, la santa Hildegarda de Bingen. Ayer once de octubre, el Papa celebró en Roma la apertura del Año de la Fe; ayer once de octubre, cuando se cumplían 50 años del inicio del Concilio Vaticano II y 20 años de la aprobación del catecismo de la Iglesia Católica, dos grandes regalos del Espíritu Santo a la Iglesia de nuestro tiempo. El Papa nos ha insistido en que debemos conocer y profundizar cada vez más en los documentos del Concilio, y en el conocimiento de la fe católica contenido en el catecismo. Ayer y refiriéndose al Concilio dijo: «He insistido repetidamente en la necesidad de regresar, por así decirlo, a la letra del Concilio, es decir, a los textos, para encontrar también en ellos su auténtico espíritu. Y he repetido que la verdadera herencia del Concilio Vaticano II se encuentra en ellos. La referencia a los documentos evita caer en los extremos de nostalgias anacrónicas o de huidas hacia adelante, y permite acoger la novedad en la continuidad. El Concilio no ha propuesto nada nuevo en materia de fe; más bien se ha preocupado para que dicha fe siga viviéndose hoy, para que continúe siendo una fe viva en un mundo en transformación». Nos insiste por tanto el Papa en que volvamos, en que leamos a fondo los textos del Concilio y también del Catecismo, y esto nos compete especialmente a los sacerdotes, a los catequistas, a los profesores de religión, a los que estudian Teología, a todos los que en definitiva tenemos la misión de ser en la Iglesia, como dice aquí, «agentes de transmisión de la fe».

Bien, pero en medio de esto, el Papa, aprovechando estas efemérides nos ha convocado a todos a un Año de la Fe, un año de la fe en el cual se nos invita a volver a descubrir, cultivar y testimoniar el don de la fe que hemos recibido. Fíjense que tres palabras más importantes, se nos invita en este año a descubrir (volver a descubrir), cultivar y testimoniar el don de la fe. Un año para redescubrir los contenidos y el significado de la fe que profesamos en el Credo, de la fe que celebramos en los Sacramentos, de la fe que tratamos de vivir en la vida de cada día, y de la fe que también rezamos. Para los que estamos aquí (todos somos creyentes), para los que estamos aquí, un día se abrió la puerta de la fe, una puerta, esta de la fe, que se abre ante nosotros y nos permite ver y creer lo que no se ve ni se cree si esa puerta está cerrada. No sé si alguna vez hemos valorado suficientemente este hecho tan simple y sencillo, pero tan trascendente, como es tener fe. Mirad lo que he dicho, la fe es una puerta que se abre ante nosotros y que nos permite ver y creer lo que no se puede ver y creer si esa puerta está cerrada. A través de otros creyentes anteriores a nosotros, ya habían visto y oído lo que había detrás de esa puerta, y por otros caminos, a veces de lo más insospechados, Dios nos ha dado a todos nosotros el don de conocerlo y de creer en Él. Con la puerta de la fe se abre para nosotros la capacidad de ver lo invisible, capaces de ver con el corazón a Cristo presente aquí hoy entre nosotros, tal y como Él mismo prometió: «Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo», y «Donde hay dos o más que se reúnen en mi nombre, allí estoy en medio de ellos». Esto sólo es posible verlo, sentirlo y creerlo con los ojos de la fe. La fe en Dios no es algo que podamos darnos a nosotros mismos, tampoco nos la pueden dar los demás, ni es una cosa que se adquiere con estudios ni se puede comprar en ningún sitio. Nadie puede creer o dejar de creer a su antojo, la fe es un estado del alma, es un don de Dios que nos atrae hacia Él, y que plasma toda nuestra existencia. Es un regalo que recibimos en nuestro bautismo y que es necesario cuidar, cultivar y testimoniar.

Ante esta realidad, de que todos somos creyentes, yo les invito a dar gracias a Dios por la fe, a dar gracias a Dios también por todas las personas a través de las cuales, a lo largo de la vida, Dios se ha servido, para que cada uno de nosotros, se haya iniciado en el camino de la fe cristiana y haya perseverado hasta el día de hoy. Dar gracias a Dios por el don de la fe y por todas las personas a través de las cuales el camino de la fe lo hemos podido realizar a lo largo de todos estos años. ¡Cuántas personas inmediatas a nosotros como nuestros padres, sacerdotes, catequistas, otros cristianos, que con sus palabras y su testimonio, con sus oraciones y sacrificios han acompañado nuestro camino de fe!. Muchas veces doy gracias a Dios. Permitidme este testimonio personal, por aquel sacerdote que me confesaba en mis tiempos de estudiante en La Laguna, cuando ni tan siquiera había ido al seminario, y que siempre me preguntaba: «¿Te has preocupado de formarte en la fe, de estudiar tu religión?». Una pregunta para mí, un joven de aquella época en la que la religión en la escuela era una “maría”, y tratábamos de que nos la aprobaran así a la ligera. «¿Te has preocupado de formarte en tu fe, de conocer bien tu religión?» Aquello siempre me interpelaba. Hay tantas personas en la vida que han sido fundamentales para que nosotros crezcamos y maduremos en la fe. ¡Cuántas personas cristianas de todo el mundo y de todas las épocas, insertos en el único Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, alentados y sostenidos por la fuerza del Espíritu, han hecho posible que yo haya podido conocer y creer en Ti, eterno Dios vivo y verdadero, y en tu enviado Jesucristo!. ¡Cuántos misioneros, cuántos mártires, cuántos monjes y monjas de clausura con su oración y vida escondida, cuántos testigos de la fe en todos los campos de la vida social y eclesial han hecho posible que llegara hasta nosotros la buena noticia del amor de Dios y descubriéramos que, ante nosotros y para nosotros, Dios tiene abierta la puerta de la fe. Sí, hermanos, demos gracias a Dios por la fe y por tantas personas de las que Dios se ha servido para que le conozcamos y creamos en Él, porque la fe es lo más grande que hay, es el don más grande que hemos recibido junto con la vida. Porque la fe, como dice Jesús en el Evangelio, es la victoria que vence al mundo, es la fuerza, juntamente con el amor, que hace posible la victoria sobre el mal, sobre el pecado, sobre la maldad que hay en el mundo.

Hemos escuchado en las lecturas de la Palabra de hoy lo que de alguna manera quisiéramos que fuera esta celebración de la apertura del Año de la Fe. En la primera lectura veíamos como Moisés entrega al pueblo lo que es la voluntad de Dios, para que se la aprendan y para que la guarden y para que se la comuniquen a sus hijos —estando en casa y de camino, acostado y levantado—, tres palabras importantes: «Te entrego el contenido de la fe, para que lo guardes, para que lo vivas, y para que lo transmitas». Tres palabras, hermanos, importantísimas: recibir, vivir y transmitir. Moisés entrega al pueblo los Mandamientos del Señor, la voluntad del Señor, una voluntad del Señor que empieza porque reconozca que Dios es único, y que tiene que amarlo por encima de todas las cosas, con todo el corazón, con toda el alma y con todo su ser. Creer en Él no solamente es creer que Él existe, creer en Él es confiar en su Palabra: «Tú tienes Señor Palabras de Vida Eterna», hemos dicho en el salmo, que es como un credo. Porque, todas las palabras que hemos dicho en el salmo, en el fondo son una especie de proclamación de confianza, un canto de excelencia: «A este le dieron el título de excelencia, …» Nosotros con el salmo hemos cantado la excelencia de la voluntad de Dios, la excelencia de la Palabra de Dios, más que el oro, más que la plata, … «Tu voluntad Señor, da vida eterna», eso hemos proclamado en el salmo, hemos proclamado nuestra fe, nuestra confianza en la Palabra de Dios. En la segunda lectura, San Pablo nos invitaba a recordar «Les recuerdo hermanos aquello que fundamenta vuestra fe». Hoy que estamos celebrando la Virgen María del Pilar, el Pilar, ese pilar que colocamos junto a la imagen de la Virgen María, ¿qué es un pilar?: es lo que sostiene un edificio. Un edificio puede ser muy hermoso pero, si los pilares fallan, el edificio se viene abajo. ¿Cuál es el pilar sobre el que está María?, ¡la fe!: «Dichosa tú porque has creído», le dijo su prima Isabel, dichosa tú que te has fiado de Dios, que has creído que lo que te habían prometido se cumplirá, dichosa tú. María está arraigada, fundamentada, sobre el pilar de la fe, el pilar de la fe sobre el que Pablo decía a los cristianos «Que Cristo murió por nuestros pecados, que resucitó para nuestra salvación, esto es lo que yo he recibido y os transmito». ¿Ven?, lo mismo que en el libro del Deuteronomio. Lo mismo que decíamos antes: recibir, vivir y transmitir. Pablo dice: «Yo os he transmitido lo que he recibido». ¡Qué importante es esta expresión, transmitir lo que recibimos. Nosotros recibimos la fe de nuestros mayores, de los que nos han precedido, de todos esos que nos han ayudado a conocer a Dios. Ahora tenemos que vivir esa fe y transmitírsela a los demás. De modo que cada uno pueda decir (un sacerdote, un catequista, un padre de familia, un amigo a otro amigo):  «Te transmito lo que he recibido, pongo en tus manos la fe que yo he recibido y que yo vivo, la comparto contigo». Eso significa que la fe es eclesial. Que nadie cree individual y aisladamente. Pablo dice «Yo he recibido la fe por medio de la Iglesia, la vivo en la Iglesia y por eso te la comunico, y te hago a ti partícipe de esta fe para que tú también entres en esta comunión que es la Iglesia, es una comunión de personas con Dios y de personas entre sí». En definitiva, ha llegado a nosotros a lo largo de la historia la misma fe que tenían los apóstoles, es lo que vamos a rezar en el Credo, la misma fe, lo cual ha sido posible porque ha habido ininterrumpidamente personas que han dicho, «Lo que he recibido, os lo he transmitido: que Cristo padeció, murió, fue sepultado, resucitó». ¡He ahí el núcleo de la fe cristiana!, ¡he ahí el fundamento principal de la fe cristiana!, que Cristo es nuestro Dios, Señor y Salvador.

En el Evangelio Jesús dice que el que cree queda iluminado, y el que no cree sigue en oscuras, como en tinieblas. La fe, hermanos, efectivamente es una luz nueva que nos permite entender el sentido profundo de la vida. La fe nos abre a la esperanza, a una vida segura y sin temor. La fe es luz que nos permite ver las maravillas de Dios en todo lo que acontece, la fe nos permite ver a las personas con los ojos con que Dios las ve, es decir, con misericordia, con amor, con compasión, con preocupación. La fe nos permite sentir las cosas como Dios las siente, con sentimientos sensibles y compasivos ante el prójimo necesitado. En el documento Porta Fidei, con que el Papa ha proclamado el Año de la Fe, hay un momento en que justamente el Papa se detiene en esto diciéndonos que la fe es precisamente la que hace posible que nosotros veamos en los demás a Cristo, y que, por tanto, lo que le hacemos a una persona es a Cristo a quien se lo hacemos. Dice él, «En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como al primero que hay que atender, y el mas importante al que hay que socorrer. Porque precisamente en ese hermano necesitado se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer, en quienes piden nuestro amor, el rostro de Jesús Resucitado. “Cada vez que lo hicísteis con uno de estos, Conmigo lo hicísteis”. Estas palabras suyas son una advertencia que no se debe olvidar y una invitación perenne a devolver ese amor con el que Dios cuida de nosotros. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y su mismo amor lo que nos impulsa a socorrerlo en nuestros hermanos más necesitados» . El que cree tiene la luz de la vida, la fe nos abre un horizonte una manera de entender y comprender la vida, de entender y comprender las razones de los demás, de afrontar las dificultades. La fe en nuestra vida se manifiesta especialmente en dos cosas: la fe nos impulsa a hacer cosas que sin la fe serían imposibles de realizar; y la fe nos da fuerza para afrontar dificultades, para superar peligros, para vencer el mal. La fe por tanto es una fuerza enorme en el corazón del creyente. Pero la fe hay que cultivarla. El Papa dice, «No se puede dar por supuesta la fe como una cosa adquirida de una vez para siempre», por eso no debemos nunca decir «Tengo fe o no tengo fe», no, «Soy creyente». Es mejor decir «Soy creyente» que decir «Tengo fe», porque la fe no es un objeto que nos posea, es la fe la que nos posee a nosotros. Ese por tanto decir «Soy creyente» quiere decir que mi vida está en constante actitud dinámica de crecer y avanzar por los caminos del Señor.

Entonces permitidme —esto lo podéis encontrar en otro momento porque lo haremos público—, pero permitidme un breve decálogo de diez cosas que yo les invito a que pongamos en práctica si queremos cultivar nuestra fe, y decimos cultivar como se cultivan las plantas. ¿Por qué obtenemos en nuestros campos buenos frutos?, porque cultivamos la agricultura, cultivamos las plantas. ¿Por qué  nuestros jardines son tan bellos?, ¿estas flores que están aquí? Pues porque las cultivamos, si no las cultivamos todas las posibilidades que tienen esas plantas se quedan como mermadas, porque no se las cultiva. Pues la fe es igual hermanos, tiene unas posibilidades inmensas, pero si no se la cultiva…

Por eso, recomendaciones para que las pongamos en práctica en este año de la fe pero que tienen que ser como una constante en nuestra vida. El año de la fe tiene que servirnos para, como diríamos, para tomar carrerilla y aprendamos a vivir la fe de una manera más profunda, pero la fe no es solamente para este año, es para toda la vida. «Todos los días de tu vida», decía la primera lectura, «vivirás estos mandatos, los aprenderás y los guardarás»:

1º. Palabra de Dios.

Lectura y meditación de la Palabra de Dios, es decir, de la Biblia, porque Dios habla en la Biblia. En la Biblia el Padre que está en el Cielo sale al encuentro de sus hijos y habla con ellos, por tanto el que cree en Dios cree que Dios se ha revelado y su palabra está en la Biblia. Y por tanto, cuando leemos la Biblia estamos escuchando a Dios. ¡Primera cosa importante!.

2º. Vida litúrgica.

La vida litúrgica, la Misa dominical y la vivencia del año litúrgico (Navidad, Semana Santa y Pascua), las fiestas que rodean  nuestras parroquias; es decir,  vida litúrgica, especialmente la celebración de la Misa dominical (la víspera, el sábado por la tarde, o el domingo). Esto es fundamental para poder cultivar y desarrollar la fe.

3º. La oración personal.

La oración personal silenciosa de cada uno, al acostarnos, al levantarnos, cuando emprendemos cualquier tarea a lo largo del día o en cualquier momento. Dios está allí donde nosotros abramos el corazón a Él, Dios está en todas partes como la luz, somos nosotros los que a veces nos encerramos como en un búnker oscuro y entonces, claro, no hay luz. O, como decía el Papa Benedicto XVI, «Nos metemos en un búnker oscuro, y encendemos luz eléctrica», es decir, nuestra luz, y nos queremos iluminar con nosotros mismos, no con la Palabra de Dios. Por eso, ¡qué importante es esa oración que nos abre a esa luz que nos viene de Dios!. Incluso yo les invitaría a hacer eso que llamaríamos la oración hipotética, como hicieron muchos incrédulos que luego fueron creyentes, que por ejemplo rezaban diciendo «Señor, si existes, que yo te conozca, que yo te encuentre»; y esas personas que rezaban así, sin creer todavía en Dios, Dios se les acabó manifestando. Incluso oración protesta: «¡Señor, porqué me pasa esto, porqué me pasan estas desgracias!». Orar siempre, hablar con el Señor, desahogar con Él nuestros afanes, nuestras preocupaciones, nuestras inquietudes.

4º. Estudiar la fe.

El estudio humilde, teológico o catequético, de los contenidos de nuestra fe: el Credo, los Mandamientos, los Sacramentos. Para ello contamos con el Catecismo de la Iglesia Católica, bien el catecismo completo, bien el compendio del catecismo, para los jóvenes el Youcat… Son instrumentos que nos permiten conocer, profundizar, comprender los contenidos de la fe. En el Credo decimos, «Descendió a los infiernos», ¿y eso qué es, qué significa que Jesucristo descendió a los infiernos?. «Creo en la Comunión de los Santos», ¿qué es eso de la Comunión de los Santos? «Creo en la Resurrección de los muertos», ¿qué es eso de la resurrección de los muertos? ¡Comprender! En este sentido, insto a las parroquias, a los párrocos, a los catequistas, a que trabajemos este año por ofrecer al pueblo de Dios la explicación del significado de los Mandamientos, de los Sacramentos, del Credo, … Es fundamental esto para poder cultivar nuestra fe.

5º. Conversión personal.

La conversión del corazón a Dios. El permanecer en la desobediencia a Dios es lo que mata la fe. Por eso es necesaria una auténtica y renovada conversión al Señor. Quien tiene el corazón puesto lejos de Dios, lógicamente, acabará no creyendo en Él.

6º. Coherencia de vida.

Viviendo la fe con coherencia. Es lo que decía la primera lectura, los mandamientos hay que aprendérselos y guardarlos. No basta con conocer y evaluar la Palabra de Dios, hay que ponerla en práctica. Porque la fe sin obras está muerta. Esa incoherencia muchas veces entre lo que creemos y lo que vivimos es lo que mata la fe. San Juan dice,  «En esto sabemos que conocemos a Dios, en que guardamos sus mandamientos», «Quien dice: “yo lo conozco” y no guarda sus mandamientos es un mentiroso, y la verdad no está en Él; quien dice que cree en Él debe vivir como vivió Él», es decir, como vivió Jesucristo.

7º. Caridad.

Intensificando el ejercicio de la caridad, es decir, las obras de misericordia, porque «La fe, si no tengo amor, de nada me sirve», dice San Pablo. Por tanto: eso a lo que hacíamos referencia antes que decía el Papa, cómo los ojos de la fe nos abren a ver al prójimo como Dios lo ve, y a sentir los problemas del prójimo como Dios los siente y, por tanto, a vernos preocupados y ocupados en la atención del prójimo necesitado, porque la caridad de Cristo nos urge y nos empuja a ello.

8º. Compartir experiencias.

Muy importante esto, muchos de nosotros formamos parte de grupos cristianos, asociaciones de fieles, movimientos, grupos parroquiales, grupos de catequistas, grupos de Cáritas, de ayuda a los enfermos. Muy importante, que nos reunamos, que nos sentemos a compartir nuestras experiencias de fe con otros hermanos, ser testigos de la fe los unos para con los otros. Eso es muy importante.

9º. Dar testimonio.

Comunicar la propia experiencia de fe a otras personas, conocidos nuestros, que son poco o nada creyentes, a veces nuestra propia familia. Apoyándonos en la amistad que nos une con ellos, y en un diálogo sincero, compartamos con ellos de un modo personal nuestra fe, sin olvidar que es Cristo el que siempre atrae hacia Él a las personas, hacia Dios: «Nadie viene a mí si el Padre no le atrae», dice Jesucristo. Por tanto, comunicar la fe a otras personas, conocidos amigos nuestros, poco o nada creyentes. Tenemos que ser testigos de aquello que creemos ante los demás, aunque ellos no crean, porque eso es como una luz, eso es como el modo como Dios abre la puerta de la fe a los que no creen.

10º. Fiarnos de Dios.

Y, en último lugar, hemos de actuar en todo momento y circunstancia con criterios de fe, es decir, guiados por la palabra de Dios, y no por criterios humanos, y siempre diciendo: creo en Ti Señor, pero aumenta mi fe.

Son, por tanto, como diez pinceladas que os invito a —ya digo, aparecerán escritas y llegarán a vuestras manos por otros caminos—, pero son como pinceladas que son como un programita de cosas a tener en cuenta si queremos de verdad cultivar, acrecentar, fortalecer, vivir nuestra fe.

Y, decirles, para terminar, que en este caminar del año de la fe tenemos con nosotros a María. Ella vivió la experiencia de peregrinar en la fe como nosotros. El evangelio nos muestra esta peregrinación en la fe, y que nosotros recordamos cuando junto a Isabel decimos: «Dichosa tú que has creído, porque se cumplirán en ti todas las cosas que te han dicho de parte del Señor».

Pero para nosotros la fe de María no solamente ha de ser admirada, sino también imitable. Ella, dice el Concilio Vaticano II, es reconocida como modelo extraordinario de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo. Cuando queramos saber cómo tenemos que vivir la fe, la caridad y la unión con Cristo, fijémonos en María, ella es el modelo perfecto. Podemos comprobar la fe de María en todo lo que ella fue, en sus actitudes, en sus acciones, en sus palabras, en sus silencios, en sus presencias y en sus ausencias, en sus relaciones con Dios y con las personas. En todo actuó siempre desde la fe y por la fe, como nos recuerda el Papa en la carta Porta Fidei: «María hizo todo por la fe». En María encontramos todo aquello que configura a una verdadera persona de fe. Por eso la podemos con razón llamar, a María, pilar de nuestra fe, en cuanto es testimonio de ella haberse apoyado en la fe para vivir toda su existencia. Podemos de ella aprender a escuchar a Dios, a buscar su voluntad, a aceptar los planes de Dios renunciando a los nuestros, a vivir con paciencia y esperanza en la tribulación, a sacrificarnos por los demás y a compartir el dolor ajeno como ella lo hizo. Todos estamos llamados a ser, y podemos serlo, como ella, personas oyentes de la palabra de Dios, orantes que hablan con Dios, y oferentes que ponen su vida al servicio de los demás. Oyentes, orantes, oferentes. Lo hacemos ahora en la Eucaristía: estamos oyendo la palabra de Dios, ofrecemos juntamente con Cristo a Dios nuestra fe, nuestra vida en el Sacrificio Eucarístico, y estamos orando, estamos, en definitiva, viviendo una relación personal con Dios.

Y lo que es todavía más significativo, podemos imitar a María en su maternidad. ¿Podemos ser madres nosotros, como María, madres de Cristo? Dice el Papa Benedicto XVI: «Del comentario de San Ambrosio sobre el Magníficat, siempre me emocionan de modo especial estas sorprendentes palabras: “Aunque según la carne solo hay una madre de Cristo, según la fe todas las almas engendran a Cristo, pues cada uno acoge en sí el Verbo de Dios”. Así, el santo doctor, interpretando las palabras de la Virgen misma, nos invita a hacer que el Señor encuentre una morada en nuestra alma y en nuestra vida. No solo debemos llevarlo en nuestro corazón, también debemos llevarlo al mundo, de forma que también nosotros podamos engendrar a Cristo para nuestros tiempos. Pidamos al Señor que nos ayude a alabarlo con el espíritu y el alma de María, y a llevar de nuevo a Cristo a nuestro mundo». Por tanto, imitar a María, sí, como Virgen oyente, como mujer orante, como la mujer oferente, y como la mujer Madre. También nosotros estamos llamados a engendrar a Cristo para darlo al mundo.

Pidamos pues hermanos a María, que nos acompañe en nuestro caminar por la vida, y nos ayude para que en todo momento y circunstancia, aún en medio de la adversidad, nuestra fe no decaiga, sino que se consolide y acreciente cada día, para que cuando llegue el fin de nuestra peregrinación por este mundo seamos conducidos a la vida eterna, en la que ya no hay muerte ni dolor, sino que todo es paz y alegría sin fin. Que así sea.

 

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense

2017-07-18T10:44:52+00:00 noviembre 18th, 2015|De parte del Obispo|0 Comments