“Oh, no sabeís, oh, no sabéis -aún-

que cuando se le encuentra

ni él puede abandonarnos,

 ni se le puede abandonar ya nunca”

 

Este fragmento del poema de Emeterio Gutiérrez Albelo, “Él me encontró en la calle”, podría servir para sintetizar dos aspectos esenciales de la rica experiencia vital de mi predecesor, el Obispo Felipe Fernández, al que hemos dado el último adiós esta misma semana. Él apreció y difundió mucho la poesía religiosa de este autor.

En efecto, pienso que “el encuentro con el Señor Resucitado”, es la clave de la vida de D. Felipe y, por otra parte, es el centro de la experiencia pascual que celebramos estos días gloriosos. Mejor lo expresa quizá el “Quien a Dios tiene nada le falta: ¡Sólo Dios basta!”, un fragmento de una pequeña poesía de Santa Teresa de Jesús que tuvo la dicha de aprender – decía- de labios de su madre cuando era niño.

Estamos, sin duda, como dije en la Misa Exequial, ante un hombre de fe; un hombre de Dios y para Dios. Sólo desde esta experiencia de fe, que fue purificando progresivamente a lo largo de su vida, sobre todo a raíz de su dura enfermedad, es posible entender su vida y toda su labor pastoral.

Desde la fe se entregó al servicio de los demás y los múltiples talentos humanos que poseía, como el amor por la literatura, la música, la poesía, el arte religioso contemporáneo, etc. lejos de usarlos en provecho propio, los orientó siempre al servicio de la predicación del Evangelio. No en vano la frase paulina que quiso sintetizara su ministerio, casi a modo de lema, es: “Siervo de Cristo Jesús, elegido para ser apóstol y destinado a proclamar el evangelio”. (Rom. 1,1)

Sin duda, la providencia divina quiso que “pasara de este mundo al Padre” un Viernes Santo y que recibiera cristiana sepultura el Martes de Pascua, día santísimo de la Resurrección de Jesús. Lo ocurrido entre ambos días fue como un icono de su vida. Su capilla ardiente en la sede del Obispado, justo delante de la escena de pentecostés que un artista actual, el P. Marko Ivan Rupnik, nos dejara para la posteridad, nos habla del diálogo con la cultura contemporánea y de una Iglesia alentada por el Espíritu cuyos mejores hijos son los santos.

Su traslado el Domingo de Resurrección a la Sede Catedralicia –Iglesia de la Concepción- nos habla de una tradición viva. Allí fue velado en un templo tan vinculado al comienzo de la evangelización de nuestra tierra, que nos habla de los orígenes pero también de una persona, Jesucristo, que sigue siendo contemporáneo nuestro.

En definitiva, sirvan estas breves líneas para introducir este retrato —afectuoso homenaje personal de José Carlos Gracia al XI Obispo de San Cristóbal de La Laguna— aquello que escribiera el propio D. Felipe en uno de sus múltiples artículos periodísticos comentando el libro titulado: “Antes del fin” de un testigo del fascinante y complejo siglo XX, Ernesto Sábato:

«Me ha impresionado sobremanera el texto de Urs von Balthasar con el que introduce su epílogo: “Hemos fracasado sobre los bancos de arena del racionalismo, demos un paso atrás y volvamos a tocar la roca abrupta del misterio”. No creo que sea despreciable este gesto de Ernesto Sábato pidiendo prestadas las palabras mencionadas, al gran teólogo Balthasar, para ponerlas como pórtico de su epílogo. A la hora de la muerte, nada valen “los bancos de arena” del racionalismo, y sólo puede ofrecernos sentido y esperanza “la roca abrupta del misterio”».

Antes del fin y al fin, el “qué bien se yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche” de S. Juan de la Cruz que tanto le gustaba, se hizo realidad en su vida y en su muerte. Esa fuente, que da vida eterna, es Dios. Esa fue su fuente. Sí. Amén. Aleluya.

 

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense