La palabra “Navidad” (del latín nativitas-atis), según el Diccionario de la Real Academia, significa “Natividad de nuestro Señor Jesucristo” y la “natividad” significa sencillamente “nacimiento”. Por tanto, NAVIDAD es una palabra exclusiva para referirse al nacimiento de Jesucristo, reconocido como “nuestro Señor”. Consecuentemente hablar de Navidad sin referencia a Jesucristo, y a Éste como  “Señor”, es como hablar del Teide sin hacer referencia a la isla de Tenerife. Navidad y Jesucristo son palabras inseparables.

Por otra parte, la misma palabra “Jesucristo” es el resultado de unir “Jesús” (que significa salvador) y “Cristo” (que significa mesías y señor). El nacimiento de Jesús ha tenido y tiene tanta relevancia, hasta convertirse en la NAVIDAD con mayúsculas, porque el niño nacido de la Virgen María, además de ser hombre como cualquiera de nosotros, es el Hijo de Dios que —como proclamamos los que creemos en Él— “por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo”. Fuera de esta certeza la NAVIDAD se desnaturaliza y se convierte en “otra forma de carnaval”. Qué importante es, por tanto, ser realmente creyentes y como creyentes reafirmamos con fuerza (con alma, corazón y vida) en el misterio de salvación que trae consigo la celebración de la Navidad de Cristo.

Decía el Papa Benedicto XVI el miércoles pasado: “Si no se reconoce que Dios se hizo hombre, ¿qué sentido tiene celebrar la Navidad? La celebración se vacía. Ante todo, nosotros, los cristianos, tenemos que reafirmar con convicción profunda y sentida, la verdad de la Navidad de Cristo para testimoniar ante todo la conciencia de un don gratuito que es riqueza no sólo para nosotros, sino para todos”.

Resulta extraño tener que decirlo, pero hay que hacerlo: “¡Es Navidad! Acuérdate de Jesucristo”. Estamos pendientes de todo (comidas, tarjetas de felicitación, regalos, celebraciones familiares,…), nos acordamos de los que están lejos, nos preocupamos de visitar a los mayores y a los enfermos, hacemos memoria de los que en otras navidades estaban con nosotros y ya han muerto… Todo eso está bien y ojalá siempre lo hagamos de todo corazón. Pero, también “acuérdate de  Jesucristo” si quieres que la NAVIDAD deje huella en tu vida y en la de los demás.

Esta ignorancia o indiferencia ante Jesucristo empezamos a percibirla en las mismas formas que reviste actualmente la celebración de la Navidad. Mucha gente no sabe lo que celebra ni le preocupa o, lo que es más grave, no celebra nada. Para una mayoría todo empieza y termina en una vorágine de consumo que no tiene otra finalidad que la fiesta por la fiesta, sin un motivo original que la justifique. Es más, en muchos casos está planificada la separación entre la NAVIDAD y Cristo. La ruptura está a la vista, a toda costa se quieren evitar los “signos religiosos cristianos”. Se diría que la fuente que alimentaba el “río de la Navidad” ha sido cortada y aunque en algunos lugares parece que todavía lleva algo de agua no es más que un espejismo.

Sí, hay que decirlo: “no te olvides de Jesucristo”, porque si Él permanece ignorado, o desconocido en su verdadera identidad, el sentido de la NAVIDAD se desvanece y los deseos de paz y felicidad que nos intercambiamos estos días se quedan en fórmulas protocolarias y frases hechas, vacías de contenido y hasta de sentimiento. Hablamos de la paz y la justicia, del amor y de la solidaridad, pero como si fueran realidades que tienen consistencia por sí mismas o como un premio de la lotería que se consigue por sorteo. La paz y la felicidad no se construyen con deseos y palabras, por muy bonitas que éstas sean. Lo importante es que el augurio de bondad y de amor que nos intercambiamos en estos días llegue a todos los ambientes de nuestra vida cotidiana. Esos deseos se hacen realidad cuando las personas tenemos buen corazón y nos tratamos como hermanos que se quieren. 

¿Cómo tener un corazón así? ¿Cómo erradicar de nosotros la envidia, el egoísmo, el rechazo de los otros… que a menudo nos invade y domina? Ahí es donde entra Jesucristo. Para eso se ha hecho hombre: para librarnos del poder del mal, ese mal que se adueña de nuestros corazones y convierte nuestra vida en un infierno para nosotros y para los demás. De poco servirá hablar de paz, de amor, de solidaridad y de preocupación por los pobres, si nos olvidamos de acoger a Aquél que es nuestra paz y la fuente de todo amor. “¡Es Navidad! Acuérdate de Jesucristo”. Porque Él es la verdadera luz del mundo, que ha venido a iluminar a todos los que lo buscan sinceramente. Él es el Príncipe de la paz, que nos hace renacer como hijos de Dios, portadores de paz entre los hombres. Él es Dios con nosotros, que quiere que experimentemos, ya en este mundo, lo que será la alegría eterna en el cielo.

Pido al Señor que abra nuestro espíritu para que podamos entrar en el misterio de su Navidad. Pido al Señor que la Navidad sea para todos la fiesta de la paz y de la alegría: alegría por el nacimiento del Salvador, Príncipe de la paz. Que todos los miembros de la familia, en especial los niños y los ancianos, las personas más débiles, puedan sentir el calor de esta fiesta, y que se dilate después durante todos los días del año. Como los pastores, apresuremos nuestro paso hacia Belén. En esta NAVIDAD de 2007 también nosotros podremos contemplar al «Niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre», junto con María y José. ¡Feliz Navidad a todos!

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense