“Lo que hicieron con el más humilde de mis hermanos, lo hicieron conmigo”

“Lo que no hicieron con el más humilde de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo”

 

Todos conocemos los versos de la sencilla y a la vez profunda copla popular, referida al Santísimo Cristo de la Laguna: “Sus labios no se movieron y sin embargo me habló”.

Sí, es cierto. Jesucristo nos habla. La figura inerte de la hermosa talla del Cristo de la Laguna nos remite a Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, que se hizo hombre y, a pesar de que pasó por este mundo haciendo el bien, fue injustamente condenado a muerte y crucificado, como le contemplamos en esta imagen de nuestro Cristo lagunero.

Como Él mismo dijo, con el sacrificio en la cruz a Cristo no le arrancaron la vida a la fuerza, sino que Él se entregó libremente dando la vida en rescate por todos los hombres y mujeres de cualquier tiempo y lugar. Sus palabras, que resuenan cada vez que celebramos la Santa Misa, no dejan lugar a dudas: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”. “Esta es mis sangre, derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”.

El cuerpo de Cristo crucificado, y que veneramos representado en la imagen del Santísimo Cristo de la Laguna, es el mismo Cuerpo de Cristo que, bajo las especies de pan y de vino, se nos ofrece en la misa como “pan de vida y bebida de salvación”, porque el Cuerpo de Cristo entregado por nosotros es alimento que nos fortalece y su sangre derramada por nosotros es bebida que nos purifica”.

Esto es posible porque, aunque efectivamente Cristo murió y fue sepultado como cualquier ser humano, al tercer día resucitó de entre los muertos y subió a cielo. Allí, sentado a la derecha del Padre, vive para siempre y, al mismo tiempo, sigue presente en medio de nosotros de un modo nuevo. Misteriosamente y por la acción del Espíritu Santo, mediante la vida y misión de la Iglesia, Cristo en persona sigue hablando a la humanidad y nos hace partícipes de los frutos de su redención.

Como nos enseña el Concilio Vaticano II, los cristianos creemos que «Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz, sea sobre todo bajo las especies eucarísticas del pan y el vino. Está presente con su fuerza en los Sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Cristo quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: ‘Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos’».

Esta multiforme y activa presencia de Cristo en medio de nosotros es lo que nos permite participar fructuosamente en las fiestas que hacemos en su honor. No se trata sólo de expresar nuestra fe sino, también, de fortalecerla y acrecentarla. En las celebraciones cristianas lo más importante es acoger lo que Dios hace en nosotros, escuchando su palabra, recibiendo su perdón y los dones de su gracia santificante.

Al mirar con fe y devoción al crucificado “Cristo de La Laguna” no podemos menos que adoptar las tres actitudes básicas del culto cristiano: memoria, presencia y espera. Actitudes que son reflejo de tres movimientos del alma: uno que mira hacia atrás, hacia los acontecimientos históricos que se conmemoran; otro que mira hacia el presente, es la actualización de ese acontecimiento en el hoy de nuestra vida; y el tercero, mira hacia el futuro, todo lo hacemos con la esperanza de que Dios cumple lo que nos ha prometido.

La memoria histórica de la crucifixión de Cristo debe llevarnos a considerar, no sólo los detalles del drama y la injusticia de aquel hecho del pasado sino, también, los mensajes que para nosotros tiene hoy la contemplación de una imagen como la de nuestro Santísimo Cristo de la Laguna. ¿Cuáles son esos mensajes? Nos fijaremos sólo en uno que tiene gran actualidad.

Decíamos más arriba que cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Cristo quien habla”. Pues bien, escuchemos hoy a Cristo diciendo: “Lo que hicieron con el más humilde de mis hermanos, lo hicieron conmigo… Lo que no hicieron con el más humilde de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo” (Mt. 25,40.45). Lo dijo hablando de lo que hicimos o dejamos de hacer con el hambriento, con el sediento, con el preso, con el desnudo y con el forastero. Declaró solemnemente “A mí me lo hicisteis” o “a mí no me lo hicisteis”. El Papa Francisco decía en su TWITTER @PONTIFEX_ES, el 23 de julio de este año: “Quien ayuda a los enfermos y a los necesitados toca la carne de Cristo, vivo y presente entre nosotros”.

A todos nos resulta más o menos sencillo considerar “lo que le hicieron” a Cristo en la crucifixión y así lo representa la imagen de nuestro Cristo lagunero. Incluso nos parece terrible lo que le hicieron y despreciamos la crueldad de sus verdugos. Hasta pensamos que si hubiéramos estado allí no habríamos actuado así y habríamos hecho algo para evitarlo.

Pero, nuestra mirada debe extenderse también a esos “humildes hermanos” de Cristo que, entre nosotros y por toda la tierra, son crucificados con los clavos de las injusticias más atroces, como la trata de personas y su esclavitud, la persecución religiosa y la multiplicidad de atentados contra la vida y la integridad física y moral de las personas. Humildes hermanos de Cristo que son azotados con el hambre y la miseria, con las guerras y las múltiples formas de violencia; que son coronados con las espinas del destierro, de la emigración forzosa, de la falta de trabajo. Humildes hermanos que, como Cristo, son literalmente crucificados, cuando no degollados o fusilados por ser cristianos.

A todos estos los llama Cristo sus “humildes hermanos” y de todos ellos nos dice “lo que hicieron con ellos, lo hicieron conmigo”. Cristo sigue siendo despreciado y deshonrado en todas las personas que son víctimas de la maldad de sus semejantes. Y no vale aquí, como cuando miramos a Cristo crucificado, decir que fueron otros los que lo hicieron. Porque Cristo, también, dice: “Lo que no hicieron con el más humilde de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo”.

Es decir, a Cristo no sólo se le deshonra haciendo daño a sus “humildes hermanos”, sino también cuando no hacemos nada por ellos. Al contemplar al Santísimo Cristo de La Laguna no podemos dejar de pensar hasta qué punto, tanto por acción como por omisión, estamos poniendo nuestra mano sobre Él y contribuyendo a su crucifixión en tantos “humildes hermanos” con los que Él se identifica. En esto consiste la actualización de la memoria histórica de la crucifixión de Cristo. Sin considerar esto, no hay una verdadera fiesta en honor del Cristo de la Laguna.

El mayor pecado contra los pobres tal vez sea la indiferencia, el fingir que no vemos, el “dar un rodeo y pasar de largo” como en la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc. 10,31). Ignorar las inmensas multitudes de gentes hambrientas, de refugiados, de parados, de mendigos, de personas sin techo, sin asistencia médica y sobre todo sin esperanza en un futuro mejor —escribía el Papa Juan Pablo II en la encíclica Sollicitudo rei socialis— “significa parecernos al rico epulón que fingía no conocer a Lázaro, el mendigo que estaba echado a su puerta” (n. 42).

Por el contrario, a Cristo le honramos y hacemos verdadera fiesta en su honor cuando nos preocupamos y ocupamos en ayudar a todos los que sufren por cualquier causa. Lo que hacemos por ellos a Cristo se lo hacemos. Ojalá que la celebración de las fiestas del Cristo de la Laguna de este año despierten esta inquietud en todos los que lean esta carta y se plasme esta certeza en nuestro corazón. No sólo para alimentar nuestros buenos sentimientos, cosa siempre conveniente, sino para pasar a los hechos. Si no fuera así, los buenos sentimientos sólo servirían para tranquilizar nuestra conciencia. Como escribe San Juan: “Si uno tiene de qué vivir y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras” (1 Jn 3,17-18).

Sí. “Sus labios no se movieron y sin embargo me habló”. Es cierto, no lo dudemos, “Es Cristo quien habla” y dice: “Lo que hicieron con el más humilde de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. Como dice el Salmo 94, “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor y no endurezcáis vuestro corazón”.

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense