El 19 de noviembre: DÍA DE LA DIÓCESIS

//El 19 de noviembre: DÍA DE LA DIÓCESIS

En la estructura de la Iglesia Católica se llama “diócesis” a una porción del Pueblo de Dios (de la Iglesia una y única extendida por todo el mundo) puesta bajo el cuidado y la guía de un obispo. En nuestro caso, la diócesis de San Cristóbal de La Laguna o Nivariense está formada por los fieles católicos que viven en el territorio de la Islas Canarias occidentales (El Hierro, La Palma, La Gomera y Tenerife). Estos fieles, en torno al 80% del total de la población, se dice que son, no “una parte”, sino “una porción” de la Iglesia entera, para expresar que este conjunto de fieles que constituye la diócesis, contiene en si las características de la Iglesia “una, santa, católica y apostólica”, y con todo derecho se la puede llamar “Iglesia Diocesana”.

Actualmente “la diócesis” no se entiende como una mera división territorial (como ocurría en la estructura del Imperio Romano, de donde le viene el nombre). Tampoco es una estructura administrativa, como si fuera una especie de filial de una gran empresa. Al estar constituida por un determinado tipo de personas, la diócesis es ante todo “una Iglesia”, es decir, una comunidad de creyentes en Jesucristo que por la fe y el bautismo han sido constituidos hijo de Dios y hermanos entre sí, independientemente de su condición social, mentalidad, raza o cultura. Por eso, los cristianos, en su familia natural, además de los lazos de sangre o jurídicos que les unen, constituyen una pequeña Iglesia, llamada “Iglesia doméstica”. A su vez, todos los cristianos, por ser hijos de Dios Padre y hermanos en Cristo, constituyen esa gran familia que es la “Iglesia Diocesana”.

“Tu familia, una pequeña Iglesia”, tu Iglesia, una gran familia”. Es el lema de este año para celebrar el Día de la Iglesia Diocesana, que tendrá lugar el próximo domingo 19 de noviembre. Es una invitación a considerar la Iglesia como una gran familia en la que todos tomamos parte, como en cualquier familiar natural, tanto para disfrutar de los bienes que ofrece como para contribuir a su mantenimiento y desarrollo. Así debe ser la Iglesia Diocesana: la familia de los hijos de Dios en la que unos velamos por los otros y nos servimos mutuamente. Todos dependemos, y al mismo tiempo somos responsables, los unos de los otros. También, como en cualquier familia, en la Iglesia los más adultos y fuertes han de ser el respaldo y el apoyo de los más débiles. Igual que los que nos han precedido nos han dejado una magnífica herencia en fe y valores espirituales, en edificios para el culto y en obras sociales, así también nosotros estamos llamados conservar, vivir y acrecentar esa herencia, para transmitirla en toda su riqueza a las nuevas generaciones.

El valor de lo que me aporta la Iglesia. De esta familia que es la Iglesia Diocesana hemos recibido muchas cosas importantes: la fe Dios y en Jesucristo nuestro salvador, el don del Espíritu Santo que habita en nosotros, la Palabra de Vida que es el mensaje del evangelio, la educación sobre el bien y el mal, el tesoro de los valores de la vida familiar, la capacidad de amar a los demás y de sacrificarnos por ellos, el perdón de los pecados y la continua renovación de nuestras almas, la esperanza de la vida eterna…y tantos otros bienes que nos pasan desapercibidos. Acostumbrados a sobrevalorar lo material, lo funcional, lo que produce satisfacción hedonista o es rentable en términos económicos, corremos el riesgo de pasar por alto el gran valor que significa “tener fe”. Jesucristo dice en el Evangelio que tener fe es como quien encuentra un gran tesoro, que dan gran alegría y que vale más que todo. Es muy necesario que los católicos valoremos expresamente los bienes espirituales que recibimos de la Iglesia. No podemos pensar, como a menudo hacen los laicistas, que la vivencia de la religión es una especie de enfermedad o defecto del ser humano que no aporta nada al bien de la persona ni de la sociedad. Hace falta que tengamos muy claras las razones por las que nos conviene y queremos ser católicos, vivir en la Iglesia, recibir con abundancia los bienes que en ella y de ella recibimos. 

Comunicación cristiana de bienes: recibir y dar, dar y recibir. Convencidos de la importancia y el valor que la Iglesia tiene para las personas y la sociedad. Conscientes y agradecidos de todo lo nos aporta y nos seguirá aportando, es necesario asumir la responsabilidad de “arrimar el hombro” para que nuestra Iglesia Diocesana mantenga su vitalidad y pueda continuar realizando su misión. Todo eso que la Iglesia tiene y ofrece, todo lo que recibimos de la Iglesia ha supuesto muchos esfuerzos de personas y muchos recursos económicos que tantos fieles con generosidad han ido aportando a lo largo de nuestra historia. La mayoría de los templos, salones parroquiales, centros educativos y asistenciales, etc., que actualmente utilizamos son el fruto de los donativos de quienes nos han precedido. La que fe que tenemos, nuestras fiestas y toda nuestra tradición religiosa, los sacerdotes que hoy atienden las parroquias, los religiosos y religiosas que entregan su vida en centros educativos y asistenciales, la formación de los miles de laicos que generosamente realizan servicios en el campo de la catequesis, la enseñanza religiosa, el mundo de los pobres y de los enfermos, etc., no son realidades que han surgido de la nada, sino que son el fruto de quienes en su momento supieron “dar”. Si hoy contamos con todo esto y podemos “recibir” los bienes que ofrece la Iglesia, es porque muchas personas han puesto y siguen poniendo muchos de sus bienes al servicio de la misión de la Iglesia.

Recibimos porque otros han dado. Damos para que otros reciban. Igual que en la familia natural los hijos heredan de los padres, en nuestra gran familia de la Iglesia Diocesana, nosotros hemos heredado de nuestros antepasados una gran herencia religiosa: nuestra fe y todo aquello que nos ayuda a celebrarla y vivirla. Esta herencia debemos disfrutarla, custodiarla, acrecentarla y transmitirla a las nuevas generaciones. Por eso, sería una grave incoherencia sentirse cristiano y al mismo tiempo desentenderse del presente y futuro de la Iglesia. Por el contrario, como nos testimonian tantos buenos fieles católicos, de un cristiano responsable brota espontáneamente la convicción de que debe ayudar a la vida y misión de la Iglesia. Y ayudarla supone nuestra prestación personal, nuestra participación activa y responsable en sus tareas, nuestra aportación económica. Los fieles católicos constituimos la Iglesia, nosotros debemos sostener la Iglesia.

† Bernardo Álvarez Afonso

         Obispo Nivariense

2017-07-18T10:44:56+00:00 noviembre 9th, 2015|De parte del Obispo|0 Comments