Quien viva en San Cristóbal de La Laguna, o visite hoy la ciudad, tendrá la sensación de estar en una de esas grandes fiestas que tienen lugar en ella, La Semana Santa, el Corpus Christi o el Cristo. Esto no es solamente porque la Virgen de Candelaria esté en La Catedral, que ya de por sí atrae  a miles de fieles, sino porque este domingo tiene lugar la gran celebración del Décimo Aniversario del Primer Sínodo Diocesano Nivariense y con tal motivo se congregarán multitud de personas de toda la geografía diocesana para compartir juntos la fe.

Hoy, como en las grandes ocasiones, La Laguna se muestra como es: la Capital de la Diócesis. En este caso, además, engrandecida por la presencia de la imagen de la Patrona de Canarias. Diversos actos religiosos, culturales y lúdicos, esparcidos por distintos lugares de la ciudad, servirán para celebrar los Diez Años del que fue uno de los acontecimientos más importantes de la historia de nuestra Diócesis. El acto culminante tendrá lugar con la celebración de la Eucaristía, a las cuatro de la tarde, delante de la torre de La Concepción y acompañados por la Virgen María de Candelaria. La Convocatoria del Sínodo se hizo el 15 de Agosto de 1995 en la Basílica de Candelaria, las Constituciones Sinodales se firmaron, también ante Ntra. Sra. de Candelaria, el 2 de febrero de 1999 y, ahora, junto con Ella damos gracias a Dios por los Diez Años del Sínodo.

En esta conmemoración nos acompañará nuestro Obispo Emérito, D. Felipe Fernández García, que fue quien promovió y llevó a buen término la realización del Sínodo. Al convocarlo, él mismo marcó los objetivos: “Renovación, comunión y misión”, es decir, renovar la vida de la Diócesis en sus personas e instituciones, acrecentar la comunión eclesial y la corresponsabilidad de todos en la misión de la Iglesia, e impulsar la transmisión de la fe a las nuevas generaciones y personas no creyentes.  Fue un trabajo de casi cuatro años, en el que participaron más de 12.000 personas en las distintas etapas y que dio como resultado la promulgación de 846 Constituciones Sinodales en las cuales se establecen los criterios y líneas de acción, sobre las distintas facetas de la vida de la Iglesia. Estas Constituciones han determinado posteriormente los proyectos y actuaciones pastorales de la diócesis en estos últimos diez años y, en gran medida, lo seguirán haciendo en el futuro, ya que, lo que se dijo entonces, tiene plena vigencia en las circunstancias actuales pues muchas de las decisiones del Sínodo se han hecho más necesarias y urgentes con el paso del tiempo.

La palabra “Sínodo” es de origen griego y significa “caminar juntos”. En cierto modo expresa lo que tiene que ser siempre la Iglesia: personas que, animadas por el Espíritu Santo que se nos ha dado, se quieren y viven unidas. Personas que se preocupan unas de otras y se ayudan mutuamente. Personas que forman una familia y caminan juntas. Quienes participamos directamente en el Sínodo, ciertamente, caminamos juntos y vivimos una experiencia de Iglesia inolvidable. A mí, particularmente, me tocó participar de una manera intensa, ya que D. Felipe me nombró Secretario General. Sin duda tuvimos que trabajar duro, pero lo hicimos con ardor pues nunca nos faltó el ánimo y la fortaleza del Espíritu. Personalmente el trabajo del Sínodo me permitió conocer y relacionarme con mucha gente de toda la Diócesis. Personas de las que he aprendido mucho y que aún hoy me honran con su confianza y amistad, y que tanto colaboran actualmente con mi ministerio Episcopal. Especialmente recuerdo a quienes fueron mis colaboradores en la Secretaría y que ahora, como Obispo, les reitero mi reconocimiento y gratitud por su disponibilidad y servicio.

Yo, en aquel momento, y conmigo muchos más, teníamos la conciencia de que estábamos trabajando en algo que nos superaba y que, sencillamente, éramos instrumentos de Dios que se servía de nosotros para realizar su obra. Estos días, repasando las actas, me encontré con estas palabras que dije entonces y que me complace repetir hoy: “A la vista de lo que ha sido nuestro Sínodo, quiero reafirmar en este momento con toda convicción que creo en el Espíritu Santo. Pero también, simultánea e inseparablemente, quiero afirmar que creo en la Iglesia como comunidad de personas que se dejan guiar por el Espíritu y en las que la gracia de Dios ha triunfado. Y esto lo digo porque lo he visto y lo he percibido… Al terminar el Sínodo me creo en el deber de confesar que la experiencia sinodal ha fortalecido mi fe en la presencia viva y operante de Cristo Resucitado entre nosotros”.

Ahora, pasados ya diez años, al hacer la evaluación hemos comprobado que aquel trabajo mereció la pena pero, también, que es mucho lo que nos falta para hacer realidad todo aquello que “el Espíritu Santo dijo a nuestra Iglesia Diocesana”. En el Mensaje final a los diocesanos, los componentes de la Asamblea Sinodal dijimos que “la aplicación del Sínodo va a exigir cambios no sólo en las estructuras sino también en las personas que formamos la diócesis. Es necesario que todos estemos atentos y abiertos a los caminos nuevos que el Espíritu quiere abrir entre nosotros”. Esto era verdad entonces y lo sigue siendo hoy porque, ciertamente, la aplicación del Sínodo tiene su último eslabón en las personas concretas que son las que están llamadas a acoger y poner en práctica lo que nos proponen las Constituciones Sinodales. Si las personas no están abiertas al Espíritu, ni están dispuestas a cambiar para ser más coherentes con su fe cristiana, de poco servirá que se hagan planes pastorales y se realicen acciones para aplicar el Sínodo.

La celebración, hoy en La Laguna, del Décimo Aniversario quiere ser memoria y compromiso a la vez. Servirá, por tanto, no sólo para hacer memoria agradecida de los frutos y de la herencia que el Sínodo está dejando en nuestra Diócesis sino, también, para renovar nuestro propósito y voluntad de seguir trabajando en la aplicación del mismo, de modo que avancemos cada vez más por el camino de la “renovación, comunión y misión”. Sin duda, la presencia de la Virgen María de Candelaria en esta celebración será un estímulo para todos nosotros que siempre vemos en Ella el modelo perfecto para el seguimiento de Jesucristo. Con su ejemplo María nos enseña la esencia de la vida cristiana que consiste en reconocer y proclamar, como hizo Ella, las maravillas que Dios ha realizado y, al mismo tiempo, en poner nuestra vida —sin condiciones— a disposición de los planes divinos, como también Ella hizo.

 

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense