Con su muerte, destruyó nuestro pecado; al resucitar nos dio nueva vida – Marzo 2007

//Con su muerte, destruyó nuestro pecado; al resucitar nos dio nueva vida – Marzo 2007

Para los cristianos la Semana Santa es la semana mayor, la más importante del año, en la que celebramos los acontecimientos centrales del cristianismo: la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Y, junto a El, contemplamos la fidelidad de su madre, la Virgen María, a la que estos días veneramos como Nuestra Señora “los dolores”, de “la soledad”, de “las angustias”, de “la piedad”… Y lo hacemos, llenos de gratitud, con nuestra mejor fe y devoción, porque reconocemos que Cristo “es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo, pues muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida”.

En efecto, por encima de todas las manifestaciones externas, en Semana Santa hacemos memoria de “los días santos de la pasión salvadora de Cristo y de su resurrección gloriosa”, unos acontecimientos ocurridos hace casi dos mil años y que tienen que ver con nuestra vida personal, ya que “en la muerte de Cristo nuestra muerte ha sido vencida y en su resurrección hemos resucitado todos”. Por eso la Semana Santa, más allá de la visibilidad de las representaciones plásticas de los pasos procesionales y de los mismos ritos litúrgicos, es algo muy profundo y actual: los seguidores de Jesucristo “celebramos su triunfo sobre el poder de nuestro enemigo y renovamos el misterio de nuestra redención”.

Actualmente, es necesario hacer una ejercicio de libertad personal para determinarse a vivir la Semana Santa, sin quedarse en la repetición de unos actos o costumbres religiosas, que en algunos ambientes se pretenden incluso desnaturalizar y reducir a un fenómeno cultural y social. Son los efectos de la secularización y el laicismo que también intenta desfigurar la Semana Santa para luego quitarla de en medio como celebración religiosa. Esto hace que, en cierto modo, la Semana Santa se vaya paganizando y poco a poco se deteriore su espíritu religioso y litúrgico. No obstante, en sentido positivo, las nuevas corrientes culturales y sociales han contribuido a purificar algunas costumbres y de hecho favorecen una vivencia más personal y auténtica de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, pues los que practican lo hacen con mayor convicción.

Para avanzar en esta dirección hay que tener muy presente –y ponerlo en práctica- que en la Semana Santa los cristianos celebramos la salvación que Dios nos ofrece en la persona de su Hijo hecho hombre, bajo una doble vertiente. Por un lado participando en los actos litúrgicos que se celebran en nuestra parroquias y demás iglesias (misas, confesiones, predicaciones,…), actos en los –como de una fuente- bebemos la salvación de Cristo; por otro acompañando los pasos procesionales con las imágenes del Señor, de la Virgen y de otros personajes de la pasión, manifestamos nuestro fervor, haciendo que nuestras procesiones sean una catequesis plástica que ayude en la fe a los que ya creen y, al mismo tiempo, den a conocer los misterios de nuestra fe a los que no creen.

En este segundo aspecto, la Semana Santa en nuestra Diócesis goza de un largo historial, no solamente en imagineros, procesiones y cofradías, sino también en la celebración de unos actos únicos, que han calado muy hondo en la piedad y fervor del pueblo. Basten como ejemplo el realce de nuestros Monumentos al Santísimo Sacramento; la procesión de madrugada en La Laguna, con la imagen del Santísimo Cristo y con predicación de las Siete Palabras; la procesión del Cristo de la Columna en la Orotava, con sermón en la Plaza del Ayuntamiento; las emotivas procesiones del Encuentro en distintas localidades; la Procesión Magna del Viernes Santo, que tiene su principal exponente en la Laguna, pero que también reviste un gran relieve en las principales ciudades de nuestras islas. Socialmente, me da la impresión de que nunca hubo tantas hermandades y cofradías vivificadas por el espíritu religioso, preparadas para representar en las calles, al hombre secular de hoy, los acontecimientos históricos de la Vida, Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

Al respecto, quiero dejar constancia de mi satisfacción y gratitud al Señor al constatar el innegable interés, sacrificio y constancia que una gran cantidad de hermanos y cofrades ponen en ofrecer dignamente una catequesis plástica de la pasión, muerte y resurrección del Señor, a través de sus procesiones e imágenes. Deseo y les pido a todos que, unido a este generoso esfuerzo, no descuiden la participación consciente y activa en los actos litúrgicos, particularmente en el sacramento del Perdón de los Pecados y de la Eucaristía, a través de lo cuales nos alcanza personalmente la redención de Cristo y somos renovados. Como pedimos en una oración de Cuaresma: “que lo que hacemos externamente vaya siempre acompañado por la sinceridad de corazón”. Sólo así podremos decir con verdad que “hemos celebrado” la Semana Santa.

Y lo mismo digo a todos los fieles que participan en las procesiones, o sencillamente las contemplan desde las aceras e incluso hacen una oración cuando pasan las imágenes: no se queden en las apariencias de lo que ven, como si fuera sólo un bello espectáculo. Los cristianos no sólo nos acercamos para ver, sino para introducimos en el acontecimiento y en la actualización de la Pascua del Señor en nuestra propia vida. No podemos olvidar que, compadecido del extravío de los hombres, Él se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras” (San Pablo a Tito 2,14). Por eso, al celebrar la Semana Santa, con San Gregorio Nacianceno les digo: “ojalá que estéis ya purificados, y os purifiquéis de nuevo. Nada hay que agrade tanto a Dios como el arrepentimiento y la salvación del hombre, en cuyo beneficio Cristo ha pronunciado todas sus palabras y revelado todos sus misterios”.

Además, hay otro aspecto a tener en cuenta: Las esplendorosas imágenes deben ayudarnos a trasladar nuestra mirada, con los ojos del corazón, a tantos hombres y mujeres que sufren, muchas veces cerca de nosotros, y que son las representaciones vivas de Cristo escarnecido, traicionado, injuriado, flagelado, esposado y prisionero, torturado, crucificado y asesinado. Las imágenes de la pasión de Cristo están vivas en millones de seres humanos que por todo el mundo llevan en su carne los padecimientos de Cristo, que nos dijo: “Lo que le hacéis a uno de estos a mi me lo hacéis”.

Finalmente reafirmar que las creencias religiosas y su vivencia no son un asunto privado, como se empeñan en decir algunos que intentan reducirnos al silencio y la clandestinidad. Por eso quiero expresar mi satisfacción por el respecto y la colaboración de nuestras autoridades para que los cristianos podamos celebrar en libertad y en orden nuestra Semana Santa, con la grandeza, dignidad y visibilidad pública que le corresponde a nuestra fiesta principal. Para ellos mi gratitud en nombre de nuestra Iglesia Diocesana Nivariense.

† Bernardo Álvarez Afonso

         Obispo Nivariense

2017-07-18T10:44:56+00:00 noviembre 9th, 2015|De parte del Obispo|0 Comments