En la Semana Santa se celebran los misterios de salvación realizados por Cristo en los últimos días de su existencia terrena, es decir, los días que van desde su entrada mesiánica y triunfal en la ciudad de Jerusalén (a lomos de una burrita) hasta su resurrección en la misma ciudad, después de haber pasado por la pasión, muerte y sepultura.

Decimos que “se celebran los misterios de la salvación”, y no simplemente que se recuerdan y representan los hechos históricos que tuvieron lugar aquellos últimos días de la vida de Jesús, hace casi dos mil años. Recordamos, sí. Pero, para un cristiano, la Semana Santa es mucho más que el recuerdo de algo que pasó, pues en las celebraciones de estos días se actualiza y realiza la salvación de Cristo para todos y cada uno de nosotros. Representamos, sí. Pero, para los cristianos, más que la representación teatral o artística de unos hechos pasados, se trata de “re-presentar”, es decir, “volver a presentar” o “hacer de nuevo presente”, en la mente y el corazón, los últimos acontecimientos de la vida del Señor para que “por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios” (Prefacio I de Cuaresma).

Decir que “celebramos los misterios de la salvación” es reconocer que, en la celebración de la Semana Santa, al acercamos a Cristo, fuente de salvación, somos realmente purificados de nuestros pecados y renovados en nuestra condición de hijos de Dios. Esto es posible y real, porque lo que Cristo anunció con su palabra: “El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc. 19,10); “yo soy el buen pastor que da la vida por la ovejas” (cf. Jn. 11,15) y, también “el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por todos” (Mc. 10,45), lo cumplió de una vez para siempre, con su pasión, muerte y resurrección. Y, asimismo, para que la redención por El realizada consiga su efecto en los hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares, envió Cristo al Espíritu Santo de parte del Padre, para que realizara interiormente en cada uno su obra salvífica.

Cristo es nuestro salvador. ¿Sentimos la necesidad ser salvados? ¿De qué? Todos somos conscientes de que las cosas en este mundo no van bien. Hablamos de una fuerte crisis en todos los ámbitos de la vida humana y existe una gran preocupación por cómo serán las cosas en el futuro. Lejos de disminuir, la violencia marca cada vez más las relaciones entre las personas y entre los pueblos; la crisis económica y la pobreza oprimen a millones de habitantes; las discriminaciones e incluso las persecuciones por motivos raciales, culturales, religiosos y de cualquier otro tipo, obligan a muchas personas a vivir marginadas o a huir de sus países para buscar refugio y protección en otros lugares. Y lo peor es que, ante las dificultades para salir adelante, aumenta el pesimismo y la desesperanza, especialmente en los jóvenes, de los que depende en gran medida que las cosas se arreglen.

Ahora bien, ¿se podrán arreglar las cosas si no se arreglan también las personas? Dice San Pablo, y los hechos le dan la razón, que “el amor al dinero es la raíz de todos los males; algunos por codiciarlo, se han apartado de la fe y se han acarreado a sí mismos muchos sinsabores” (1Tim. 6,10). ¿Qué les hace falta a los hombres y mujeres de hoy para salir adelante? ¿Más recursos o mejor distribución de los que hay? ¿Más consumo y producción o cambiar la forma de vivir para no agotar los recursos del planeta? La solución de los problemas del mundo no está en las cosas, sino en las personas que usan (o abusan) de las cosas. Como dice el poeta Emilio Prados: “No es lo que está roto, no, el agua que el vaso tiene: lo que está roto es el vaso y, el agua, al suelo se vierte”. Cuando “el hombre está roto” todo lo que toca se desordena y desparrama.

Por eso, en palabras del Papa Benedicto XVI, «la humanidad necesita ser liberada y redimida. La creación misma -dice san Pablo- sufre y alberga la esperanza de entrar en la libertad de los hijos de Dios (cf. Rm. 8, 19-22). Estas palabras son verdaderas también en el mundo de hoy. La creación sufre. La humanidad sufre y espera la verdadera libertad, espera un mundo diferente, mejor; espera la “redención”. Y, en el fondo, sabe que este mundo nuevo esperado supone un hombre nuevo, supone “hijos de Dios”. ¿Qué será de la humanidad? ¿Hay un futuro para la humanidad? ¿Y cómo será este futuro? A los creyentes la respuesta a estos interrogantes nos viene del Evangelio. Cristo es nuestro futuro y su Evangelio es comunicación que “cambia la vida”, da la esperanza, abre de par en par la puerta oscura del tiempo e ilumina el futuro de la humanidad y del universo”» (Mensaje Domund 2008).

Jesucristo, por así decir, ha cumplido su parte, su promesa. Como el mismo dice en el Apocalipsis: «Hecho está: yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin; al que tenga sed, yo le daré del manantial del agua de la vida gratis. Esta será la herencia del vencedor: yo seré Dios para él, y él será hijo para mi» (Apoc. 21, 6-7). Ahora bien, los hombres y mujeres de hoy, nosotros, ¿sentimos necesidad de ser salvados del poder del mal y el pecado que nos domina? o, por el contrario, ¿se ha “endurecido nuestro corazón” y estamos tan alienados que ni siquiera somos conscientes de nuestra miseria? Dios quiera que no sea así y que tengamos la valentía de entrar en nosotros mismos y recapacitar, para que podamos vivir aquella situación que nos describe el Salmo 118: “Me he descarriado como oveja perdida: Señor ven en busca de tu siervo. No, no me olvido de tus mandamientos” (v. 176).

Semana Santa, es la gran oportunidad para detenernos un poco. Para pensar en serio. Para preguntarse en qué se está gastando nuestra vida. Para darle un sentido nuevo al trabajo y a la vida de cada día. Para abrirle el corazón a Dios, que sigue esperando. Para abrir nuestro corazón a los hermanos, especialmente a los más necesitados, aceptando decididamente que Jesús está presente en cada ser humano que convive y se cruza con nosotros.

Llega la Semana Santa. En nuestras iglesias y en nuestras calles, veremos en los pasos procesionales la imagen de Nuestro Señor Jesucristo: en la Cena con los Apóstoles, orando en Getsemaní, azotado y coronado de espinas, “ecce homo”, cautivo, nazareno cargando con la cruz, crucificado, resucitado… Su rostro nos entra por los ojos, pero no basta con verlo, es necesario contemplarlo para “ver lo que no se ve”, es decir, para ver con el corazón lo que no se ve con los ojos. La misma imagen de la Virgen María, Ntra. Señora Dolorosa, de la Soledad, de la Angustia ante el sufrimiento de su Hijo. La imagen de Aquella que “ruega por nosotros pecadores”, nos enseña a ver con el corazón, para que podamos contemplar y comprender que Cristo “me amó y se entregó por mí”. Para que nos demos cuenta de que El es el Buen Pastor que, también en esta Semana Santa, ha salido a buscar “la oveja perdida” que somos cada uno de nosotros. Sí. Cristo nos busca porque nos ama, nos busca siempre sin cansarse, hasta que nos encuentra, hasta dar la vida, porque no quiere que ninguno se pierda.

Cristo entregó su vida por nosotros y por nuestra salvación. De nosotros depende que gustemos y disfrutemos de “los frutos de su redención”, aquellos frutos que durante la cuaresma hemos pedido reiteradamente al rezar el Salmo 50: «Oh, Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso» (Sal 50, 12-14). Por eso, para vivir bien la semana Santa es necesario descubrir y reconocer qué pecados hay en mi vida y, arrepentidos, buscar el perdón generoso de Dios en el Sacramento de la Penitencia. Así, podremos acercarnos a recibir a Cristo en la comunión con un corazón puro y renovado por El mismo Señor.

La Semana Santa es la Pascua del Señor, su paso de la muerte a la vida. La Semana Santa es, también, nuestra pascua ya que, gracias a nuestra fe en El, tenemos la gran oportunidad de morir con Cristo y de resucitar con Cristo, de morir a nuestro egoísmo y de resucitar al amor. Así, la Semana Santa, vivida en su sentido más profundo, fortalece nuestra vida cristiana y nos alienta a seguir junto a Jesús todos los días del año, como “cristianos practicantes” que en todo mantienen la coherencia entre la fe y la vida.

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense