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Anotaciones de la homilía del Obispo: CORPUS CHRISTI ‘2018

//Anotaciones de la homilía del Obispo: CORPUS CHRISTI ‘2018

“Tomad y comed, esto es mi cuerpo…”. No dice Cristo en la consagración por boca del sacerdote.

“Cuerpo de Cristo”, nos dice el sacerdote cuando vamos a comulgar.

AMÉN. Decimos nosotros. Amén, es decir, sí creo que es el Cuerpo de Cristo y como tal lo recibo. Amén.

Este Amén, que es reconocimiento de que la hostia consagrada es el Cuerpo de Cristo, hoy  reviste un carácter especial y lo manifestamos con esta hermosa fiesta del Corpus Christi. Nuestro Amén, se prolonga más allá de esta celebración aquí en la Catedral, también la procesión con el Santísimo Sacramento por nuestras calles –hermosamente alfombradas y engalanadas- es un Amén público y solemne.

Sí. Realmente, la hostia consagrada, que llevamos en procesión en esta hermosa custodia, es el Cuerpo de Cristo y las alfombras que hemos hecho en las calles por donde ha de pasar son la expresión de nuestro reconocimiento. Amén, decimos los creyentes, es Cristo en persona quien va ahí y es en su honor hacemos esta fiesta. De este modo queremos, también, anunciar a los que no creen: “en medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen”. Nosotros si lo hemos conocido y creído en él. Por eso hacemos esta fiesta en su honor.

Los no creyentes se asombran del hecho de que un católico inteligente pueda creer que Dios esté presente en un trozo de pan y en una copa de vino. Consideran que creer tal cosa es propio de gente ignorante y fanática.

Nosotros, en cambio, sin entrar en disquisiciones teológicas, creemos en la presencia Real de Cristo en el pan y vino consagrados como algo connatural a nuestra condición cristiana.

Nuestro Señor Jesucristo, en la noche en que iban a entregarlo tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomad, comed; esto es mi cuerpo». Y, después de tomar el cáliz y pronunciar la acción de gracias, dijo: «Tomad, bebed; ésta es mi sangre».

Lo creemos, sin argumentos o razonamientos, ante todo, porque así lo ha dicho Jesucristo y nosotros creemos en su palabra. Además, por experiencia personal sabemos que “el cuerpo de Cristo, entregado por nosotros es alimento que nos fortalece y su sangre derramada por nosotros es bebida que nos purifica”.

Pongamos un ejemplo: Si estoy cansado de caminar, me siento sediento y débil; entonces, si tomo agua y un poco de chocolate, y me vuelven las fuerzas, no en necesario estar haciendo pruebas para demostrar que el agua y el chocolate me han dado energía, me lo dice la experiencia.

La experiencia de toda la Iglesia es que la comunión del Cuerpo de Cristo es el alimento que supera nuestras debilidades espirituales y nos da vida eterna: “Quien come mi carne y bebe mí sangre, tiene vida eterna”, son palabras del propio Jesucristo. Que también nos dice que no hay otro alimento alternativo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros».

Estamos firmemente persuadidos de que recibimos como alimento el cuerpo y la sangre de Cristo. El pan y el vino de la Eucaristía no son elementos simples y comunes: son nada menos que el cuerpo y la sangre de Cristo, de acuerdo con la afirmación categórica del Señor; y aunque los sentidos te sugieran lo contrario, la fe nos permite conocer la verdadera realidad.

La fe nos da, pues, esta certeza: lo que parece pan no es pan, aunque tenga gusto de pan, sino el cuerpo de Cristo; y lo que parece vino no es vino, aunque así lo parezca al paladar, sino la sangre de Cristo.

“Tomad y comed, esto es mi cuerpo…” Nos dice Jesucristo cada vez que celebramos la Santa Misa.

¿Qué significa para nosotros comer el cuerpo de Cristo? ¿Qué tenemos que hacer para que este alimento espiritual produzca su efecto en nuestra vida?

Al ofrecernos su Cuerpo en la Eucaristía, Cristo nos dice algo así como “recibid y haced vuestro todo mi ser”, hasta el punto que cada uno de nosotros pueda decir -como san Pablo- “vivo yo, más no yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”. Una vida así es la prueba de autenticidad de que estamos comulgando bien, pues si la eucaristía no produce este efecto e nosotros, no es porque la eucaristía le falte dinamismo, sino porque nosotros no aprovechamos su vitalidad. Es decir, puede ser como “comamos el Cuerpo de Cristo” pero en el fondo lo le recibimos porque no estamos dispuestos a dejarnos transformar por él, o porque como Judas comulgamos su cuerpo con el corazón en contra del propio Jesús.

Un ejemplo del efecto de la Eucaristía en la vida de una persona lo tenemos en nuestro San José de Anchieta. Decía de él el Papa San Juan Pablo II:

¿De dónde sacó el padre Anchieta la fuerza para realizar tantas obras en una vida consumada toda en pro de los demás, hasta morir, extenuado, cuando todavía estaba en plena actividad?

Desde luego, no de una salud de hierro. Al contrario; siempre tuvo una salud precaria. Durante sus viajes apostólicos, hechos a pie y sin ayuda, sufrió continuamente en su cuerpo las consecuencias de un accidente que había tenido siendo joven.

¿Tal vez sacó su fuerza de su talento y dotes humanas? En parte, sí; pero eso no lo explica todo. Solamente con esa afirmación no se llega a la verdadera raíz.

El secreto de este hombre era su fe: José de Anchieta era un hombre de Dios. La unión con Dios profunda y ardiente; el apego vivo y afectuoso a Cristo crucificado y resucitado presente en la Eucaristía; el tierno amor a María: ahí está la fuente de donde mana la riqueza de la vida y actividad de Anchieta, auténtico misionero, verdadero sacerdote”.

Como en el Padre Anchieta, también, con nosotros Dios puede hacer cosas grandes, nos alimentamos con el Cuerpo de Cristo.

En la Eucaristía, en un gesto supremo de amor, Jesucristo se da a sí mismo y al recibirlo en la comunión nosotros aceptamos y disfrutamos este amor de Cristo, quedamos por así decir, afectados por el amor de Cristo. El mismo amor que le movió a hacerse hombre por nosotros y a morir en la cruz, es el mismo amor con que ahora nos comunica su propia vida como alimento espiritual, alimento que nos fortalece para el bien y nos purifica del mal.

Ahora bien, aceptar la Eucaristía, acercarse a comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es estar dispuesto a dejarse asimilar por Cristo, a que nuestra vida sea la suya, a que nos infunda su manera de pensar, de sentir y de actuar. Comulgar el Cuerpo de Cristo es hacer nuestra su generosidad, desear que nuestro corazón arda como el suyo, darnos por los demás con un amor como el suyo.

Se trata de estar “poseídos por Cristo”. Pertenecemos a él y Él nos pertenece. “Quien come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él”.

La Eucaristía hace posible que el amor de Dios se derrame en nosotros e impregne todo nuestro ser. Es lo que siempre nos ha enseñado la Iglesia: la comunión del Cuerpo de Cristo es el alimento espiritual que acrecienta en nosotros el amor a Dios y al prójimo.

Por eso, el hacer coincidir “Corpus Christi” y “Día de Cáritas” no responde a una decisión arbitraria. Entre Eucaristía y caridad hay una relación de causa-efecto, pues “la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. En este admirable Sacramento se manifiesta el amor “más grande”, aquel que impulsa a “dar la vida por los propios amigos”…

San León Magno, allá por el siglo V, decía: “La participación del Cuerpo y Sangre de Cristo no hace otra cosa sino que pasemos a ser aquello que recibimos”. Es decir, al comulgar el Cuerpo de Cristo pasamos a ser, como el mismo Cristo, personas que aman y se desviven por los demás.

Profundizando en este pensamiento, el Papa Benedicto XVI, decía: “la Eucaristía impulsa a todo el que cree en Cristo a hacerse “pan partido” para los demás y, por tanto, a trabajar por un mundo más justo y fraterno. Pensando en la multiplicación de los panes y los peces, hemos de reconocer que Cristo sigue exhortando también hoy a sus discípulos a comprometerse en primera persona: “dadles vosotros de comer” (Mt. 14,16). En verdad, la vocación de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con Jesús, pan partido para la vida del mundo”.

Qué importante es esta afirmación. Un cristiano que quiera ser digno de tal nombre tiene que “ser, junto con Jesús, pan partido para la vida del mundo”.

Esto significa que, para un cristiano, todo lo que él es, todo lo que sabe, todo lo que tiene, todo lo que puede,… no es —no debe ser— únicamente suyo, ni usarlo sólo para su propio provecho o beneficio, sino que, a ejemplo de Cristo, convierte su existencia en “alimento para la vida del mundo”.

En la Fiesta del Corpus Christi, junto al amor que mostramos a Cristo con las celebraciones litúrgicas, los cantos, las alfombras y adornos en las calles, debemos honrarle, también y más especialmente, sirviendo a nuestros hermanos más pobres y necesitados, puesto que éste es el culto que más agrada a Dios, como ya nos dejó dicho el apóstol San Juan: “Si alguno que posee bienes de la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad” (1Jn. 3,17-18).

La Fiesta del Corpus Christi reclama la “Fiesta de los Pobres”, que son el Cuerpo Sufriente de Cristo. No son dos fiestas, sino una sola con dos dimensiones. Cristo es uno solo: el que está presente en la Eucaristía es el mismo que está presente en los pobres. Sería una contradicción, y hasta sacrilegio, recibirle y honrarle en el Santísimo Sacramento y despreciarle en los pobres.

Desde el comienzo mismo de la Iglesia siempre se ha practicado “la comunicación cristiana de bienes” en la misma celebración de la Misa, poniendo así de manifiesto que el compartir los bienes se inspira en la Eucaristía que es el Sacramento de la Caridad. Ya desde la época apostólica se viene haciendo “la colecta” en las misas, mediante la cual los cristianos comparten sus bienes que luego se distribuyen para ayudar a los más necesitados.

“Día de Corpus” y “Día de Caritas” van juntos, porque el amor de Cristo se hace “Caridad”, afectiva y efectiva, en aquellos que con fe y amor comen su Cuerpo y le adoran en el Santísimo Sacramento. Si no es así, es que está ocurriendo aquella tremenda acusación que Jesús hizo a los fariseos de su tiempo, y a los fariseos de hoy, “este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me rinden está vacío”

Colaboremos con el trabajo de CÁRITAS, tanto con nuestros medios económicos, como con nuestras actitudes renovadas y, también, ofreciéndonos como voluntarios en las Cáritas parroquiales y arciprestales o en los distintos proyectos de atención a inmigrantes, transeúntes, personas sin techo, centros de mayores, enfermos de SIDA, etc.

Alentemos la colaboración a favor de CÁRITAS y difundamos la cultura de la solidaridad y el apoyo a los que pasan por dificultades. Aprendamos a renunciar al consumismo, a la sociedad de la abundancia, el derroche y disfrute a toda costa.

Estemos atentos, nunca indiferentes, a las necesidades y el dolor de tantísimos hermanos que, cerca o lejos de nosotros, esperan una mano amiga que les ayude a salir de su situación de pobreza.

Al hacerlo, estamos honrando el Cuerpo de Cristo de una manera efectiva y estamos dando autenticidad a nuestra celebración de hoy. Que así sea.

2018-06-04T08:10:45+00:00junio 4th, 2018|De parte del Obispo|0 Comments
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