Queridos fieles y devotos de San Vicente, diácono y mártir: Les anuncio un año de gracia del Señor y les deseo que alcancen abundantemente la gracia de este Año Jubilar.

En efecto, con motivo de la celebración de los 400 años del Voto del pueblo de Los Realejos a San Vicente, el Santo Padre Benedicto XVI, por medio de la Penitenciaria Apostólica, nos ha concedido el privilegio de un Año Jubilar que se celebrará en la iglesia de San Vicente de los Realejos (Tenerife) y durante el cual se podrá obtener la Indulgencia Plenaria.

Es una efemérides que nos llena de gozo y me complace felicitar al pueblo de Los Realejos por la fidelidad en su devoción a San Vicente a lo largo de cuatrocientos años, así como por la ilusión y empeño que han puesto en la preparación de este Año Jubilar que deseamos y esperamos produzca abundantes frutos espirituales en todos los fieles que participen en los actos organizados.

El Año Jubilar nos ha de llevar a todos a una conversión de nuestro corazón a Jesucristo, es decir, a tomar conciencia de nuestra condición de “cristianos” y a vivir como tales. Como San Vicente en su época, vivimos en un mundo en el que muchos ignoran, e incluso rechazan, los valores religiosos y si nos descuidamos fácilmente se enfría nuestra fe y en nada nos distinguimos de los que no creen, ni se nota que “somos de Cristo”. El signo de esta conversión será participar de los dones que con ocasión de los años jubilares la Iglesia fija como medio para recibir esta gracia del cielo. O sea: que habiendo recibido los sacramentos de la penitencia y la comunión eucarística, acojamos el don de la Indulgencia Plenaria como signo de la sobreabundancia del perdón de Dios y de nuestra voluntad de seguir a Cristo apartándonos del mal y del pecado, y emprender nuevos caminos de conversión. Como rezamos en el Salmo 50: “Oh Dios crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu Santo Espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso…”

La celebración de los “años jubilares” se remonta al Pueblo de Israel en el Antiguo Testamento, donde ya tenía el significado de celebrar el perdón de Dios y de renovación de la fe en Él. La palabra “jubilar” viene de “iubilum” que significa alegría y gozo. Es la alegría que viene de la fe y de saber que Dios es siempre fiel en su amor hacia nosotros y nunca nos abandona al poder del pecado, sino que compadecido tiende la mano a todos. Un año jubilar es, por así decir, hacer “borrón y cuenta nueva” porque Dios nos ama, nos perdona, nos regenera y con su salvación nos devuelve la alegría.

Cuando una persona está a punto de morir en un accidente o por una enfermedad grave, pero felizmente sobrevive, se suele decir que “volvió a nacer”. Pues bien, el Año Jubilar es un acontecimiento gozoso porque nos permite liberarnos de esos pecados y enfermedades espirituales que ponen en peligro nuestra vida cristiana y con la gracia de Dios podemos ser curados y recuperar la frescura de una fe viva, de modo que, como nos enseña el Concilio Vaticano II: “Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan, con el ejemplo de su vida y el testimonio de la palabra manifiesten el hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que le ha fortalecido en la confirmación” (AG 11).

Así lo hizo San Vicente, que vivió su fe y amor a Jesucristo hasta el extremo de entregar su vida como prueba del amor más grande. Le ofrecieron muchos regalos y premios si dejaba la religión de Cristo, sin embargo San Vicente dijo: “Estamos dispuestos a padecer todos los sufrimientos posibles, con tal de permanecer fieles a la religión de Nuestro Señor Jesucristo”. Y así fue, no aceptó los regalos que le ofrecían y por no renegar a su fe le sometieron a las más espantosas torturas. Ni con los regalos ni con el martirio lograron doblegar su voluntad. San Agustín en uno de sus sermones dedicados al santo dice: “Contemplamos con los ojos de la fe al mártir san Vicente, vencedor en todo. Venció en las palabras y venció en los tormentos, venció en la confesión de la fe y venció en la tribulación, venció abrasado por el fuego y venció al ser arrojado a las olas, venció, finalmente, al ser atormentado y venció al morir por la fe”.

Y, en otra ocasión, dijo el propio San Agustín: “De dos maneras ataca el mundo a los seguidores de Cristo: los halaga para seducirlos, los atemoriza para doblegarlos. De los dos ataques salió vencedor San Vicente. Por nuestra parte, no dejemos que nos domine el propio placer, no dejemos que nos atemorice la ajena crueldad, y habremos vencido al mundo. En uno y otro ataque sale al encuentro Cristo, para que el cristiano no sea vencido. La constancia en el sufrimiento que contemplamos en el martirio de San Vicente es humanamente incomprensible, pero la vemos como algo natural si en este martirio reconocemos el poder divino”

Este heroísmo de la fe de San Vicente fue posible por la fuerza del Espíritu Santo que recibió en el Sacramento de la Confirmación. La memoria de su vida debe estimularnos a todos nosotros, que también estamos fortalecidos por el Espíritu Santo, a llevar una vida honrada y religiosa, coherente con nuestra identidad cristiana, sin dejarnos seducir por “el pecado del mundo” ni acobardarnos ante la indiferencia y el desprecio de quienes no tienen en cuenta o abiertamente rechazan a Dios. Aprovechemos esta ocasión de gracia que es el Año Jubilar para afianzarnos en nuestra fe y adhesión a Jesucristo y pidamos a San Vicente que nos de valentía para practicar y proclamar esta fe en cualquier lugar y circunstancia, pues sin el testimonio público de nuestra fe y de nuestra caridad no hay verdadera vida cristiana.

Para conseguirlo haremos bien en guiarnos por la exhortación que nos ofrece la Palabra de Dios en la segunda carta de San Pedro: “Poned todo empeño en añadir a vuestra fe la virtud, a la virtud el criterio, al criterio el dominio propio, al dominio propio la constancia, a la constancia la piedad, a la piedad el cariño fraterno, al cariño fraterno el amor. Estas cualidades, si las poseéis y van creciendo, no permiten ser remisos e improductivos en la adquisición del conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. El que no las tiene es un cegato miope que ha echado en olvido la purificación de sus antiguos pecados. Por eso, hermanos, poned cada vez más ahínco en ir ratificando vuestro llamamiento y elección. Si lo hacéis así, no fallaréis nunca, y os abrirán de par en par las puertas del reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2Pe. 5,1-11).

El Año Jubilar es una ocasión privilegiada para dar a Dios el lugar que le corresponde en nuestra vida y empeñarnos más seriamente en el cumplimiento de su voluntad, por eso, con palabras de san Pablo les digo: “como si Dios exhortara por medio de nosotros, en nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios! … Y como cooperadores suyos que somos, os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios. Pues dice él: En el tiempo favorable te escuché y en el día de salvación te ayudé. Mirad ahora el momento favorable; mirad ahora el día de salvación” (2Cor. 5,20-6,2). Para que la gracia del Año Jubilar no caiga en saco roto tenemos que acudir a la histórica iglesia de San Vicente con el corazón arrepentido y regresar después a casa, a nuestros quehaceres y trabajos, a nuestras parroquias y comunidades, con el corazón renovado por la gracia de Dios, con la certeza del amor de Cristo recibido y el gozo de ser sus discípulos. La gracia de Dios no sólo cura del pecado, sino que sana hasta la raíz misma del pecado y penetra en el corazón, lo transforma y nos da la libertad de los hijos de Dios.

Con el deseo de que quienes participen en este Año Jubilar de San Vicente en Los Realejos lo hagan con fe y amor, para que así, con un corazón disponible, el Señor les pueda colmar con toda clase de bienes de tal modo que sean felices en esta vida y alcancen la vida eterna, de corazón le bendice,

“Todo de todos”,

† Bernardo Álvarez Afonso

         Obispo Nivariense