obispo92 años con los emigrantes

15 de enero de 2006

Hoy, 15 de Enero de 2006, igual que viene haciéndolo ininterrumpidamente desde hace noventa y dos años, la Iglesia Católica celebra la Jornada anual de las Migraciones o el “Día del Emigrante”, como se le llamó durante algún tiempo. Actualmente se la denomina “Jornada del Emigrante y del Refugiado”. Noventa y dos años que ponen de manifiesto la preocupación y dedicación de la Iglesia católica por aquellos que tienen que abandonar su tierra y su familia forzados por situaciones económicas, políticas y –a veces- religiosas.

Es ésta una Jornada en la que se invita a los cristianos a tomar conciencia del fenómeno migratorio y a adoptar ante los inmigrantes un comportamiento acorde con nuestra fe. Una Jornada en la que, como pequeño gesto solidario y evangelizador, destinamos la colecta que se hace en todas las misas de este domingo a la acción pastoral de la Iglesia con los inmigrantes. Una acción que abarca tanto los aspectos asistenciales y de acogida, como de asesoramiento jurídico, formación laboral, así como la importantísima integración en nuestras parroquias, donde han de sentirse estas personas como en casa, compartiendo la fe con los católicos de aquí y colaborando en la vida parroquial.

Quizá no hemos caído en la cuenta de la importancia del modesto trabajo que la Iglesia hace con los inmigrantes. Sobre todo para los que son cristianos (sean africanos, latinoamericanos, o del este europeo), el simple hecho ir a una parroquia como uno más y el  poder participar y entender una misa, que es la misma que celebra en su tierra, constituye un elemento de integración y de unidad, en la diversidad de razas y culturas, que la fe en Jesucristo hace posible.

El Papa Benedicto XVI, en su Mensaje para esta 92ª Jornada, hace notar que las migraciones pueden considerarse hoy como uno de los signos de los tiempos. Los cristianos debemos, pues, conocer bien el mundo en que vivimos y los signos de los tiempos, desde los cuales hemos de sentirnos interpelados y llamados a dar la respuesta adecuada desde el Evangelio.

A este respecto se nos dice en Iglesia en Europa, Exhortación Apostólica Post-sinodal: “Entre los retos que tiene hoy el servicio del Evangelio de la esperanza se debe incluir el creciente fenómeno de la inmigración, que llama en causa la capacidad de la Iglesia para acoger a toda persona, cualquiera que sea su pueblo o nación de pertenencia. Estimula también a toda la sociedad europea y sus instituciones a buscar un orden justo y modos de convivencia respetuosos de todos y de la legalidad, en un proceso de posible integración”.

Por lo que se refiere a España, llama poderosamente la atención el cambio experimentado en el movimiento migratorio en las dos últimas décadas. El Siglo XX, que desde el comienzo hasta los años 80 se caracterizó por las sucesivas emigraciones de españoles a América y a determinados países europeos, experimenta en los últimos años una inversión de tendencia. En el año 1990 había en España una población extranjera aproximada de un cuarto de millón, sólo quince años más tarde ha sobrepasado los 3 millones y medio de seres humanos. El porcentaje de extranjeros sobre la población total es ya aproximadamente del 8,4%.

En nuestra misma Diócesis cuando celebramos el Sínodo, en 1998 (hace apenas 7 años), ya la Asamblea Sinodal dirigió un mensaje a “nuestros emigrantes”. En ese momento, aunque ya contábamos migración interior y estaban retornando muchos compatriotas, apenas se percibían nuestras islas como territorio receptor de inmigrantes extranjeros.

Este dato es suficientemente elocuente y confirma el hecho de todos conocido de que España, y dentro de ella Canarias, ha pasado de ser un país de emigración a un país de inmigración. Sin embargo, conviene seguir teniendo muy presente ese 2,7% de españoles (algo más de un millón) que aún viven en el extranjero.

No hay una sola provincia donde no haya una presencia inmigrante, aunque es cierto que la oscilación es bastante variable de unas provincias a otras: La misma va del 1,7% al 5% en las que menos, hasta el 10%-18,5% en las que más. En algunos lugares concretos puede haber un 30% de extranjeros inmigrantes. En la actualidad la mayor parte de los no nacionales en nuestro país proceden por este orden de América Latina, Unión Europea, África, Europa del Este y Asia.

Ahí están las cifras que, con toda probabilidad, seguirán aumentando.  No nos engañemos, además de las necesidades personales y familiares de quienes emigran en busca de una vida mejor, también nosotros necesitamos de los inmigrantes para poder seguir manteniendo nuestro actual modo de vida. Consecuentemente, ya es hora de pensar en serio que nuestro futuro pasa por la aceptación e integración de estas personas, como ciudadanos de pleno derecho, en el normal desarrollo de nuestra sociedad.

En esa tarea la Iglesia está llamada a desempeñar un papel de primer orden, ya que Ella por naturaleza es “católica”, es decir, abierta a todos y capaz de acoger a todos. Como nos enseña el Vaticano II: “De todas las gentes de la tierra se compone el Pueblo de Dios, porque de todas recibe sus ciudadanos, que lo son de un reino, por cierto no terreno, sino celestial. Pues todos los fieles esparcidos por la haz de la tierra comunican en el Espíritu Santo con los demás, y así “el que habita en Roma sabe que los indios son también sus miembros”.

 

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense